PISA 2025: la otra brecha de la transición energética
Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 5'
Por Fitzgerald Cantero Piali
América Latina dispone de energía, minerales y recursos estratégicos. Su lugar en la nueva economía dependerá de la capacidad que desarrolle para transformarlos en conocimiento, tecnología y bienestar.
Los adolescentes que participaron en PISA 2025 tendrán alrededor de treinta años en 2040. Serán los técnicos, ingenieros, investigadores, empresarios, trabajadores, docentes y gobernantes de una economía más electrificada, automatizada y digital. Deberán operar redes complejas, integrar energías renovables, gestionar almacenamiento, utilizar inteligencia artificial, adaptar ciudades a nuevas condiciones climáticas y desarrollar industrias capaces de competir en mercados tecnológicos.
Por eso, los resultados de PISA no son solamente una noticia educativa: anticipan parte de la capacidad que tendrán nuestros países para transformar sus recursos en desarrollo.
Una señal global
El 8 de setiembre, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos presentó los resultados de PISA 2025. Más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías participaron.
La edición tuvo las ciencias como área principal, volvió a medir lectura y matemáticas e incorporó, por primera vez, una evaluación del aprendizaje en el mundo digital, que examina cómo los estudiantes construyen conocimiento y resuelven problemas mediante herramientas computacionales.
PISA no mide cuánto contenido recuerda un estudiante. Evalúa si puede usar lo aprendido para interpretar información, analizar evidencias, resolver problemas y tomar decisiones frente a situaciones nuevas. No mide la inteligencia innata: observa competencias que las sociedades pueden desarrollar mediante la educación, el acompañamiento familiar, la calidad de sus instituciones y las oportunidades que ofrecen a sus jóvenes.
Los resultados muestran un deterioro que no afecta únicamente a América Latina. Entre 2015 y 2025, el promedio de la OCDE cayó 28 puntos en lectura y 22 en matemáticas, mientras que ciencias también retrocedió, aunque de forma más moderada. Cerca de uno de cada cinco estudiantes de la OCDE presenta un desempeño inferior al nivel básico en las tres áreas simultáneamente.
La distancia latinoamericana
El deterioro global no elimina la brecha latinoamericana. Para dimensionarla, realicé un promedio simple (no ponderado por población) de los trece países latinoamericanos que participaron en PISA 2025. Es una referencia sobre el orden de magnitud del desafío, no un indicador regional oficial.
En ciencias, el promedio simple latinoamericano fue de 399 puntos, frente a 482 en la OCDE; en lectura, 389 frente a 461; en matemáticas, 370 frente a 463; y en resolución computacional de problemas, 418 frente a 500. Los trece países quedaron por debajo de la OCDE en las cuatro áreas.
Cuando se promedian de la misma forma las proporciones nacionales, cerca de la mitad de los estudiantes latinoamericanos presenta un desempeño inferior al nivel básico simultáneamente en ciencias, lectura y matemáticas, frente al 19,7% de la OCDE. En el otro extremo, el 11,9% de los estudiantes de la OCDE alcanza un desempeño avanzado en al menos una de esas tres áreas; el promedio latinoamericano no llega al 1%.
Enfrentamos, por tanto, dos problemas simultáneos. Una proporción muy importante de nuestros jóvenes no alcanza las competencias fundamentales. Y la región forma una proporción muy reducida de estudiantes con capacidades avanzadas para sostener sistemas científicos, tecnológicos e industriales de alta complejidad.
No estamos ante una diferencia limitada a las aulas. Estamos ante una brecha que puede condicionar la productividad, la innovación, la calidad institucional y la posición internacional de América Latina durante las próximas décadas. Los resultados no determinan el destino de un país, pero sí ofrecen una señal sobre las capacidades con las que ingresará al futuro.
Del recurso natural a la capacidad productiva
América Latina y el Caribe cuentan con condiciones excepcionales para la nueva economía energética. Las energías renovables se acercan al 70% de la generación eléctrica regional. La región dispone de recursos hidroeléctricos, solares, eólicos y geotérmicos, petróleo, gas, biomasa y minerales estratégicos.
Pero la disponibilidad de recursos no determina por sí sola dónde se generará el mayor valor. Una región puede exportar cobre, litio, petróleo, gas o hidrógeno y, al mismo tiempo, importar los equipos, los sistemas de control, los programas informáticos, las patentes y el conocimiento necesarios para aprovecharlos. Puede proporcionar energía para centros de datos, minerales para baterías y metales para redes eléctricas, mientras que los semiconductores, los algoritmos, las tecnologías y las decisiones estratégicas se desarrollan en otras partes del mundo.
El litio no diseña baterías. El cobre no planifica redes eléctricas. El sol y el viento no desarrollan sistemas de almacenamiento.
Entre el recurso natural y el desarrollo existe una infraestructura decisiva: las capacidades humanas. Las matemáticas permiten modelar sistemas, optimizar procesos, estimar costos y gestionar riesgos. Las ciencias permiten comprender materiales, fenómenos físicos, impactos ambientales y nuevas tecnologías. La lectura hace posible interpretar normas, evaluar argumentos, comprender contratos y distinguir evidencias. La resolución computacional de problemas permite trabajar con datos, experimentar con modelos, programar, detectar errores y utilizar herramientas digitales de manera productiva.
El informe añade una advertencia sobre la inteligencia artificial. En la OCDE, casi ocho de cada diez estudiantes han utilizado chatbots para aprender y cerca de la mitad lo hace al menos semanalmente. El vínculo con el rendimiento es complejo: quienes aprenden a evaluar la información generada tienden a obtener mejores resultados, pero el acceso a esas oportunidades es desigual. La inteligencia artificial puede ampliar el aprendizaje; no reemplaza la comprensión que permite utilizarla con criterio.
Estas competencias no son externas a la transición energética. Forman parte de su infraestructura. Por eso, la agenda no puede limitarse a entregar dispositivos o anunciar carreras de moda. Debe asegurar lectura, matemáticas y ciencias desde los primeros años; fortalecer la formación docente; ampliar la educación técnica; estimular la investigación y la innovación; y conectar escuelas, universidades y empresas con los sectores estratégicos, incluida la energía.
Uruguay merece una lectura específica: sus estudiantes obtuvieron 445 puntos en ciencias, 423 en lectura, 405 en matemáticas y 462 en resolución computacional, según el perfil nacional de PISA 2025. Uruguay mejoró nueve puntos en ciencias frente a 2022 y mantiene una posición favorable en la región, pero sigue por debajo de la OCDE y registra una brecha socioeconómica de 87 puntos en ciencias. La fortaleza relativa no debería ser motivo de complacencia, sino una base para avanzar.
En la transición energética solemos hablar de redes, minerales, generación y almacenamiento. PISA obliga a recordar otra infraestructura, menos visible y más decisiva: la capacidad de las personas para comprender, crear y decidir. Sin ella, la región podrá tener recursos, pero no capturar el mayor valor de la nueva economía.
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