Otro 25 de agosto
Viernes 21 de agosto de 2026. Lectura: 6'
Por Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti recorre el largo y complejo proceso que condujo a la independencia oriental y explica por qué el 25 de agosto de 1825 fue un decisivo acto de soberanía, aunque todavía no significara la independencia absoluta de la República.
No es fácil entender el nacimiento de este país. Entre 1811, en que comienza la revolución emancipadora, y el 18 de julio de 1830, en que se aprueba nuestra primera Constitución, eligiéndose a Fructuoso Rivera como presidente de la República, hay 19 azarosos años. Por supuesto, antes hay un pasado colonial y luego vendrá una vida republicana en que también nuestra independencia estará en vilo en algunos momentos, como en 1843, cuando el rosismo pone sitio a Montevideo, la Nueva Troya, que resistirá heroicamente hasta 1852 el penoso asedio.
Tan complejo es ese proceso que nuestra primera ley de feriados establece cuatro: el 25 de mayo de 1810 (comienzo de la revolución en Buenos Aires), el 20 de febrero de 1827 (batalla de Ituzaingó entre las Provincias Unidas y el Imperio de Brasil), el 4 de octubre de 1828 (el canje de las ratificaciones de la Convención Preliminar de Paz entre los contendientes, que reconoce de pleno derecho la independencia del Estado Oriental) y el citado 18 de julio. Como se advierte, la última fecha es la única que sobrevive. Todo esto nos va diciendo de qué modo distinto veían su pasado nuestros primeros legisladores y de qué modo los posteriores fueron modificando su criterio.
Lo notable es que, siendo colonia española, nadie recuerda cuándo termina su dominio. Fue en junio de 1814, cuando Alvear recibe su rendición en Montevideo. No siendo un personaje apreciado por los nuestros, nadie ha querido darle valor alguno a ese episodio, que fue nada menos que el final del gobierno español en el Río de la Plata.
Pensemos además que, cuando se produce el vacío de la monarquía española y el comienzo del proceso emancipador, en lo que hoy es nuestro territorio regían tres jurisdicciones distintas: la del gobierno montevideano, desde la ciudad hasta Maldonado al este y el arroyo Cufré al oeste; la de Buenos Aires, en Colonia y su comarca hacia el noreste; y la de Yapeyú, en lo que hoy es Artigas, Salto y Paysandú. Un gran mérito de Artigas fue justamente darle unidad a la gente de ese territorio, insuflarle una identidad que partía desde el puerto montevideano y luego una concepción política republicana.
Volviendo al 25 de agosto de 1825, recordemos que, desde 1817, Montevideo estaba ocupado por los portugueses, al mando de Carlos Federico Lecor, un gran militar que había servido con Wellington en las guerras napoleónicas de la península ibérica. Esa invasión lusitana había sido estimulada desde Buenos Aires para terminar con el artiguismo y este, en ese momento, se divide. Oribe y Bauzá desconocen la autoridad de Artigas y se van a Buenos Aires con sus fuerzas, al amparo del invasor. Quedan solos Artigas y Rivera en la campaña. Luchan tres años tremendos hasta caer definitivamente en 1820. Ahí Artigas emprende el camino del exilio al Paraguay, del que nunca volverá, y Rivera pacta con el invasor. Le asegura paz a cambio de que le respeten el mando de sus Dragones, se proteja a los poseedores de tierra y se libere a los jefes presos en Río de Janeiro, entre los que figuraban nada menos que Lavalleja, Bernabé Rivera y Otorgués.
Anexada la provincia al Imperio como Cisplatina, en 1823 el Cabildo de Montevideo intenta una rebelión que, pese al apoyo, no logra adhesión. Esta sí se da en 1825, cuando la Cruzada que abandera el propio Lavalleja logra el fundamental concurso de Rivera. Este triunfa en Rincón el 24 de septiembre y el 12 de octubre, don Juan Antonio comanda en Sarandí una victoria fundamental.
Así llegamos a ese 25 de agosto, cuando se convoca una Sala de Representantes designados por los cabildos de los seis departamentos de la provincia. Votó tres leyes. La primera declaró la nulidad de los actos de incorporación a Portugal y Brasil; la segunda dispuso la unión a las Provincias Unidas del Río de la Plata; y la tercera, que, mientras no se incorporaran a ellas, usarían el pabellón tricolor de la Cruzada con la consigna de Libertad o Muerte.
El 24 de octubre, el Congreso Constituyente en Buenos Aires acepta la reincorporación de la Provincia Oriental. El Imperio declara la guerra. Se forma el llamado Ejército Nacional (o Republicano) al mando de Carlos de Alvear, que librará la batalla de Ituzaingó. Si bien en el terreno fue una victoria rioplatense, no resultó decisiva, pues, replegándose, el ejército brasileño se preservó. Ante la indecisión, vendrá la fulgurante campaña de las Misiones de Rivera, que llevará la guerra al interior de Brasil. Los dos contendientes habían pedido una misión británica que conducía Lord Ponsonby. Esta llegará a su fin con la Convención Preliminar de Paz, en la que el Imperio y las Provincias Unidas reconocían la independencia jurídica y política del Estado Oriental.
Como se aprecia, el 25 de agosto no fue “la” independencia de nuestra República tal cual la conocemos. Lo era ante Brasil, pero no ante Argentina, donde Buenos Aires ejercía ya un predominio indiscutible. Sin embargo, era un corajudo acto de soberanía. Los brasileños seguían dueños de Montevideo y Colonia. Hasta ese momento, Buenos Aires tampoco se había decidido a apoyar. Se precisaron las victorias de Rincón y Sarandí para que ello ocurriera.
El 25 de agosto, la reincorporación a las provincias argentinas preservaba aún la idea artiguista. No obstante, lo hacía sin condiciones. No estaban las Instrucciones a los diputados como en 1813 y tampoco se resguardaba la autonomía militar que había sido cuestión esencial del Jefe de los Orientales desde la llamada Precisión del Yí de 1812. Era una anexión sin garantías, como incluso lo señala nuestro historiador mayor, don Eduardo Acevedo. De ahí que, cuando luego de la reconquista de las Misiones el país alcance su independencia absoluta, recién se estará ante el “artiguismo posible”, como dice Oscar Padrón Favre. El artiguismo del propio Artigas había sido imposible por el peso de un Buenos Aires hegemónico. Él nunca lo aceptó, como nunca se resignó Rivera.
Esa independencia no era una invención diplomática de Lord Ponsonby, tesis de algunos historiadores revisionistas. Como decía don Juan Pivel Devoto, los ingleses no están en Rincón, ni en Sarandí ni en las Misiones. Ni habían estado en Las Piedras ni en Guayabos.
La forja del sentimiento independentista del país se había generado en ese largo lapso que evocamos. Son muchos años de sacrificios. De pesares, de ruinas económicas, de exilios y prisiones, de saludes quebrantadas por el rigor de las campañas. De momentos profundos de desazón, como el que llevó a Artigas al exilio. Si ese pueblo se mantuvo unido y logró que se le reconociera en su identidad fue porque había una idea de país, de libertad, de democracia, que representaron, cada uno a su modo, los caudillos que protagonizaron la gesta.
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