Edición Nº 1105 - Viernes 6 de noviembre de 2026

Oscar Larroca, peleador callejero de la cultura

Edición Nº 1105 - Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 4'

Por Eduardo Irigoyen García

Con motivo de la aparición del nuevo libro de Oscar Larroca, el autor reivindica el pensamiento crítico, la libertad intelectual y el saludable ejercicio de discutir, incluso —y especialmente— con quienes nos incomodan.

Hay gente con la que uno disfruta coincidir. Y hay otra, bastante menos cómoda pero quizá más necesaria, con la que disfruta discutir, intercambiar ideas y hasta llevarse algún disgusto intelectual.

Oscar Larroca pertenece a esta segunda categoría.

Y lo digo como un elogio.

Todavía no leí Inmersos en la imagen. Representación, Realismo, Relato, su nuevo libro, que se presenta el próximo 10 de noviembre en Linardi y Risso. Pero conozco buena parte de sus artículos, sus reflexiones y sus intervenciones públicas. Así que algo puedo anticipar: no parece ser un libro de esos que uno termina, acomoda en la biblioteca y sigue tranquilamente con su vida. Más bien sospecho que es de los que dejan algunas preguntas dando vueltas por la cabeza.

Oscar es, a mi manera de verlo, un peleador callejero de la cultura.

Un barrabrava de la libertad de pensamiento.

No porque tenga siempre razón, ni porque uno deba comprarle todo lo que escribe, sino porque no parece dispuesto a aceptar mansamente las consignas de moda, las verdades reveladas por el último comité de buenas conciencias o las interpretaciones que llegan con el sello de alguna autoridad intelectual.

Y eso, en estos tiempos, ya es bastante.

Mirar detrás de lo aparente

Hay algo que me interesa particularmente de sus escritos: esa insistencia en mirar detrás de las imágenes, de las palabras y de los relatos que se nos presentan como si fueran la realidad misma. Porque una cosa es la realidad y otra la representación que hacemos de ella. Y otra, bastante distinta, el relato que construimos para explicarla, interpretarla o, llegado el caso, manipularla.

Vivimos rodeados de imágenes. Nos informamos a través de ellas, discutimos, juzgamos y construimos buena parte de nuestras opiniones a partir de representaciones que muchas veces ni siquiera nos detenemos a examinar. La imagen ya no sólo muestra: también selecciona, oculta, condiciona y puede terminar sustituyendo aquello que pretende representar.

Y ahí aparece una cuestión que atraviesa buena parte de las preocupaciones de Larroca: ¿qué pasa cuando dejamos de discutir sobre los hechos y comenzamos a discutir solamente sobre los relatos que alguien construyó acerca de esos hechos?

Me interesan también sus cuestionamientos a ciertas formas de supremacismo cultural, a la reparación histórica convertida en obligación ideológica y a esa tendencia bastante extendida a juzgar una obra artística por la identidad, el origen o las características personales de quien la creó o de quienes aparecen representados en ella.

El arte no necesita comisarios ideológicos

No significa negar las injusticias históricas, desconocer las desigualdades ni ignorar que el arte está atravesado por su tiempo y por la sociedad en la que nace. Significa algo bastante más sencillo: que ninguna causa, por noble que se presente, debería quedar eximida del pensamiento crítico. La cultura tampoco puede convertirse en una oficina de certificación ideológica donde se determina qué se puede representar, quién está autorizado a hacerlo y qué interpretación debemos aceptar.

En algunas de estas cuestiones coincido con Oscar. En otras tengo mis matices, y seguramente habrá unas cuantas en las que terminaremos discutiendo. Pero justamente ahí está lo interesante. Me gusta coincidir con él, pero reconozco que disfruto especialmente cuando me incomoda, cuando me obliga a detenerme y repensar algo que hasta entonces creía bastante firme.

No necesito que piense como yo. Tampoco necesito que me dé la razón. Prefiero un interlocutor que me plantee una buena pregunta antes que diez que me devuelvan, prolijamente envuelto, lo mismo que acabo de decir.

El enorme placer de que nos contradigan

Quizá por eso me entusiasma la aparición de este libro. Porque hacen falta más libros así. Libros que no vengan a tranquilizarnos, que no nos acaricien las convicciones ni nos confirmen que estamos del lado correcto de todas las cosas. Libros que abran discusiones, que nos obliguen a mirar de nuevo y que nos recuerden que pensar no es repetir una consigna, por más atractiva que resulte.

La cultura necesita menos obediencia y más curiosidad. Menos guardianes de la verdad y más gente dispuesta a discutirla. Menos miedo a equivocarse y más libertad para revisar lo que pensamos.

Así que, Oscar, espero leer pronto Inmersos en la imagen. Y espero también que después de leerlo tengamos unas cuantas cosas para discutir.

Que no es poca cosa.

Por favor, no aflojes.

Que de conformistas y aplaudidores ya estamos bastante bien provistos.

En mi caso, me tienen podrido.



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