El diagnóstico del ministro Oddone es consistente, pero la desaceleración persistente plantea interrogantes sobre los tiempos de la reactivación.
Las recientes intervenciones públicas del ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone, delinean con claridad una hoja de ruta conceptual para el crecimiento del país. En foros empresariales, encuentros sectoriales y comunicaciones oficiales, el jerarca ha insistido en dos ideas centrales: el rol estratégico del agro como motor de la economía y la necesidad de avanzar en reformas microeconómicas que mejoren la competitividad y la eficiencia del aparato productivo.
El mensaje es consistente y coherente. Uruguay —ha señalado Oddone— no puede aspirar a crecer solo por la vía de la macroeconomía ni por la ilusión de convertirse en un país “barato”. La apuesta pasa por mejorar costos, corregir distorsiones regulatorias, ganar productividad y aprovechar las ventajas comparativas de sectores que ya demostraron capacidad de adaptación e innovación, como el agropecuario.
Sin embargo, junto a ese discurso ordenado y técnicamente sólido, persiste una inquietud que atraviesa al sector privado y a buena parte del sistema económico: la desaceleración continúa y aún no aparecen señales claras de recuperación generalizada.
No hay dudas de que el sector agropecuario sigue siendo uno de los principales amortiguadores del ciclo económico. Oddone lo ha destacado con razón: la transformación tecnológica del agro, su inserción internacional y su capacidad exportadora explican buena parte de la resiliencia del país en los últimos años. En un contexto regional e internacional volátil, el agro sigue aportando divisas, empleo indirecto y estabilidad relativa.
El problema es que ese impulso no logra derramarse con suficiente fuerza sobre el resto de la economía. Sectores vinculados al mercado interno, a los servicios, a la industria y a la inversión privada continúan mostrando señales de cautela. El consumo no despega con claridad, la inversión espera definiciones y la competitividad sigue erosionada por factores conocidos: costos altos, tipo de cambio débil y rigideces estructurales.
El propio ministro ha reconocido, con franqueza poco habitual en la política, que Uruguay “no es un país para hacer negocios rápidos”. La frase, más que una advertencia, funciona como diagnóstico: el crecimiento será lento, trabajoso y dependerá de reformas graduales más que de shocks expansivos.
La agenda de reformas microeconómicas anunciada por Oddone apunta en la dirección correcta. Energía, logística, regulación, innovación y funcionamiento de mercados aparecen como ejes para reducir costos sistémicos y mejorar la competitividad. Es una estrategia que privilegia la consistencia y la sostenibilidad antes que soluciones coyunturales.
No obstante, también es una agenda de efectos diferidos. Las reformas microeconómicas, por definición, requieren tiempo, negociación política y adaptación del sector privado. Sus resultados no suelen ser inmediatos ni visibles en el corto plazo, lo que alimenta la sensación de estancamiento mientras la economía transita una meseta prolongada.
Ahí surge la preocupación central: ¿cómo evitar que la desaceleración se transforme en una normalidad aceptada? ¿Cómo sostener expectativas de inversión y empleo mientras las reformas maduran y el contexto internacional sigue siendo incierto?
Oddone ha mostrado sensibilidad frente a estos dilemas. Ha escuchado los reclamos por competitividad, ha reconocido las limitaciones estructurales y ha evitado promesas grandilocuentes. Esa prudencia es un activo político y técnico. Pero también implica un costo: en ausencia de señales claras de recuperación, la economía corre el riesgo de entrar en una fase de resignación, donde la estabilidad sustituye al crecimiento como objetivo implícito.
El desafío del equipo económico no es menor. Deberá convertir un diagnóstico correcto en resultados perceptibles, aun sabiendo que el margen de maniobra es acotado. Mientras tanto, la preocupación persiste: el país parece estar haciendo lo correcto en términos de diseño, pero aún no logra cambiar el ritmo de una economía que se desacelera sin encontrar el punto de inflexión.
El rumbo planteado por el ministro Oddone es serio, consistente y técnicamente defendible. El problema no es la dirección, sino el tiempo. Y en economía, el tiempo también cuenta. Si la desaceleración se prolonga sin señales visibles de recuperación, la presión social y empresarial irá en aumento, incluso frente a un discurso responsable y honesto.
La pregunta que queda abierta no es si las reformas son necesarias —lo son—, sino cómo atravesar el período intermedio sin que la economía pierda dinamismo, expectativas y confianza. Ahí se juega buena parte del desafío económico del próximo tiempo.