Nunca fui ricotero
Viernes 3 de julio de 2026. Lectura: 5'
Por Eduardo Irigoyen
Nunca fue parte de la liturgia ricotera, pero siempre le intrigó el fenómeno. A partir de la figura del Indio Solari, Eduardo Irigoyen reflexiona sobre la necesidad humana de pertenecer, la construcción de identidades colectivas y las distintas formas en que argentinos y uruguayos viven el entusiasmo y las multitudes.
Lo digo sin culpa. A casi un mes de su muerte, confieso que nunca fui a un recital de los Redondos o del Indio Solari. Me gustaba su música, pero jamás hice una peregrinación para verlo ni discutí durante horas el significado de alguna de sus letras.
Sin embargo, siempre me fascinó el fenómeno.
No el músico.
El fenómeno.
Porque el Indio Solari fue mucho más que un gran compositor. Fue uno de esos raros casos en que un artista deja de pertenecer al mundo de la música para convertirse en un hecho social, casi antropológico.
Los argentinos suelen decir, con ese orgullo tan suyo, que tienen el mejor público del mundo. Exageran, probablemente, pero no mucho. Alcanza con mirar cualquiera de aquellos recitales. Alcanza con ver lo que ocurría en las misas ricoteras para entender el fenómeno sociocultural.
Decenas de miles de personas recorriendo cientos de kilómetros. Familias enteras. Amigos. Banderas. Asados. Campamentos improvisados. Excesos. Desbordes. Horas de ruta para compartir apenas un par de horas de música.
Eso ya no era un recital; era una peregrinación.
Y lo más curioso es que el centro de esa liturgia no eran canciones fáciles ni optimistas. Eran letras oscuras, cerradas, llenas de imágenes que cada uno interpretaba a su manera. Tal vez ahí estuviera parte del secreto. El Indio nunca entregaba respuestas; ofrecía un territorio donde cada uno encontraba las propias.
Siempre me hizo gracia esa costumbre de algunos ricoteros de explicar sus letras con una solemnidad casi religiosa. Como si existiera una única interpretación correcta. Nunca lo creí. Justamente su grandeza consistía en lo contrario: cada canción era un espejo donde miles de personas veían algo distinto.
El Indio también expresa otra característica profundamente argentina: la necesidad de pertenecer a una comunidad emocional gigantesca. Esa pulsión que convierte un recital en una misa, un partido de fútbol en una epopeya y, a veces, un líder político en una figura casi sagrada. No es casualidad que algunos lo hayan querido convertir en profeta. En la Argentina, las multitudes no solo acompañan: abrazan, veneran, discuten, mitifican.
Por eso me producen mucha incomodidad y rechazo quienes, desde el otro lado, observan esas imágenes con desprecio, como si vieran una masa irracional, inculta, incapaz de pensar por sí misma.
Cambian las palabras, pero el gesto es antiguo. Es la misma mirada elitista que alguna vez habló del “aluvión zoológico”. La misma que sigue creyendo que, si una multitud es pobre, mestiza, ruidosa o peronista, deja de ser pueblo para convertirse en una amenaza. La misma que todavía encuentra una manera elegante de decir “negros de mierda”.
Una multitud puede entusiasmar, asustar o incomodar. Lo que nunca debería provocar es desprecio, prejuicios o racismo.
Y, sin embargo, reducir todo aquello al peronismo también sería un error. Porque esa necesidad de pertenecer es mucho más vieja y mucho más profunda que cualquier partido político. El peronismo la interpretó como pocos. Pero no la inventó.
Tampoco es exclusivamente argentina.
En Uruguay también buscamos tribus. También necesitamos sentir que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. Cambian los símbolos, cambian las formas, cambia el volumen. Somos bastante menos ruidosos y mucho más contenidos que nuestros vecinos. Pero la necesidad es exactamente la misma.
Quizás por eso muchas veces no entendemos ciertos fenómenos juveniles. Los miramos desde nuestra cómoda penillanura suavemente ondulada, esa geografía que también terminó moldeando un carácter nacional donde la prudencia suele ser una virtud y el entusiasmo excesivo despierta sospechas. Todo lo que desborda incomoda. Todo lo que convoca multitudes genera prevención. Todo lo que huele a fiesta permanente parece esconder alguna forma de irracionalidad.
En Uruguay no solo desconfiamos del poder; muchas veces también desconfiamos del entusiasmo. Nos resulta más cómodo el escepticismo que el éxtasis. El que grita demasiado, baila demasiado, cree demasiado o disfruta demasiado suele despertar una ironía inmediata. Como si la intensidad fuera una forma de ingenuidad.
Nos cuesta entender que miles de jóvenes recorran el país para una rave, para un festival de música electrónica o tropical, que acampen durante días para ver a un artista, que organicen comunidades enteras alrededor de un streamer, un cantante de trap, un videojuego o una causa ambiental.
Desde el mundo adulto solemos despachar todo eso con una sonrisa condescendiente. “Ya se les va a pasar.” “Son modas.” “No entienden nada.”
Quizás el problema sea exactamente el contrario.
Quizás somos nosotros los que hace tiempo dejamos de entender qué significa crecer en una época donde las instituciones tradicionales —la política, los sindicatos, los clubes sociales e incluso muchas familias— ya no ofrecen los mismos espacios de identidad que ofrecían hace cincuenta años. Cuando esas estructuras pierden fuerza, aparecen otras. No necesariamente mejores.
Porque todos necesitamos pertenecer a algo.
Necesitamos un relato compartido, un lenguaje común, una emoción colectiva que nos recuerde que no estamos solos.
El Indio construyó eso para varias generaciones de argentinos.
Otros artistas lo hacen hoy de maneras completamente diferentes. Y dentro de veinte años aparecerán otros que hoy ni siquiera imaginamos.
Lo interesante no es juzgarlos desde afuera. Lo interesante es preguntarse qué están buscando quienes encuentran allí un hogar simbólico.
Esa respuesta excede largamente al Indio.
Nunca fui ricotero.
Pero siempre admiré esa extraordinaria capacidad que tienen algunos artistas para dejar de tener público y empezar a tener una porción nada despreciable de pueblo.
Porque cuando eso ocurre, ya no estamos hablando de música, sino de una sociedad que, aunque sea durante unas horas, consigue reconocerse en el espejo de una multitud.
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