Nostalgia con gomina (y otras glorias de la época)
Edición Nº 1096 - Viernes 4 de setiembre de 2026. Lectura: 3'
Por Susana Toricez
La autora recrea, con humor y una memoria poblada de marcas, modas y costumbres, un día cualquiera de aquellos años en que la gomina resistía huracanes y la modernidad llegaba a la oficina en forma de máquina de escribir eléctrica.
Desperté como nuevo, me lavé la cara con energía y me puse el equipo de alta gala: mi gabán de corte señorial, los pantalones oxford, con un vuelo que abanicaba los tobillos a cada paso, y, por si refrescaba, sobre la camisa Porex lavada con Lavol Azul, el gamulán bien abrigado. Parecía un extra del cine de oro o un espía internacional atrapado en los años setenta.
Agarré el portafolios con solemnidad ejecutiva —listo para la batalla diaria de ir a marcar tarjeta—, pero decidí hacer una escala técnica en la peluquería.
Salí de allí impecable, reluciente y con tanta gomina en el pelo que ni un huracán hubiera movido un solo cabello de su sitio.
En el quiosco de la esquina me detuve a comprar una cajilla de Philip Morris y un paquete de pastillas Trineo de eucaliptus y menta.
Así, balanceando el vicio con la frescura glacial en el aliento, eché a andar a paso firme.
Antes de llegar, saludé al diariero con un gesto de galán, compré el diario El Día y seguí mi camino.
Entré a la oficina y marqué la tarjeta con la frente en alto.
Mi melena, inmune a la gravedad, combinaba a la perfección con la estela de mi perfume Old Spice y mi reloj Citizen.
Al verme tan elegante, no faltó quien me dijera que estaba muy churro y se lamentara de no tener su cámara Polaroid.
Adentro, mis compañeros estaban de fiesta probando una novedad tecnológica: la máquina de escribir eléctrica.
El debate estaba picado; varios pensaban que la máquina era un fiasco y un cachivache, jurando que la fiel Remington no se cambiaba por nada. Al fondo, entre papeles carbónicos, sonaban bajito Los Iracundos, y en la Spica de alguien se oía la música del Sexteto Electrónico Moderno, mientras la charla fluía alegremente.
Uno de ellos repartía candels para todos y contaba que había ido a bailar a Ton Ton; otro presumía de haber tomado un helado en cucurucho en Papito, en 18 y Río Negro; y no faltaba quien recordara su ida a la playa luciendo sus Ray-Ban, short, romanitas y la piel reluciente de aceite de coco.
Cuando terminó la jornada, el clima se vino abajo y, como no había traído trinchera, tuve que estrenar el pilot para proteger el gamulán.
Tras un día frío de aquellos, llegué a mi casa, abrí el portón y me dispuse a tomar un vermut como aperitivo reparador.
Acomodé la antena sobre el televisor hasta enganchar la señal y, mientras cenaba un buen plato caliente y tomaba una Teem, miré el informativo.
El día terminó felizmente y me fui directo a descansar, sabiendo que mi nuevo colchón, mi acolchado Alondra y mis frazadas de La Aurora me estaban esperando.
Siempre es bueno que la nostalgia nos haga sonreír.
¿Verdad?
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