“No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”
Viernes 17 de julio de 2026. Lectura: 6'
Por Eduardo Irigoyen
En los años ochenta, mientras Uruguay y buena parte de América Latina recuperaban la democracia después de dictaduras sangrientas, Luca Prodan y Sumo resumían el clima de una generación con la frase del título, que parecía un grito existencial.
Había ansiedad, sin duda, pero también esperanza. Después de años de censura, persecución y miedo, la juventud quería recuperar el tiempo perdido. Libertad. Democracia. Sexo. Pelo largo. Rock. Futuro.
Más de cuatro décadas después, la urgencia sigue intacta, aunque cambió completamente de naturaleza. Ya no es el clamor contra un régimen autoritario, sino el síntoma de una ciudadanía que percibe que las democracias avanzan demasiado despacio frente a problemas demasiado grandes. Vivimos en la época del envío en el día, de las series que se consumen de un tirón, de los videos de quince segundos y de una inteligencia artificial que responde en segundos. Nos acostumbramos a la gratificación inmediata y terminamos esperando que las instituciones funcionen con la velocidad de TikTok. Cuando no lo hacen, muchos concluyen que simplemente no sirven.
“Nadie te pisa, nadie te invita”
Ese cambio cultural tiene consecuencias políticas evidentes. En El Salvador, Nayib Bukele mantiene niveles de aprobación extraordinarios porque millones de personas sienten, por primera vez en décadas, que pueden caminar tranquilas por sus barrios. El cambio es real y sería absurdo negarlo. También lo es que organismos como Human Rights Watch y Amnistía Internacional denuncian miles de detenciones arbitrarias, restricciones al debido proceso y un deterioro creciente de la independencia judicial.
La paradoja no podría ser más clara: la democracia protege derechos, pero la inseguridad cotidiana también los destruye. Cuando el miedo domina la vida diaria, una parte importante de la sociedad empieza a aceptar que algunas garantías constitucionales sean sacrificadas en nombre del orden.
Algo parecido ocurre en México. Claudia Sheinbaum heredó una enorme popularidad de Andrés Manuel López Obrador y la mantiene. Gobierna con un fuerte respaldo ciudadano, mientras diversos analistas, juristas y organismos internacionales advierten sobre una creciente concentración de poder y el debilitamiento de los contrapesos institucionales. La reforma del Poder Judicial es un riesgo para la independencia de la Justicia y una puerta a la politización de los tribunales. A ello se suman las tensiones con organismos autónomos, las críticas a la prensa independiente y una narrativa que identifica al gobierno con “el pueblo”, relegando a la oposición y a los órganos de control. Es una deriva de rasgos mesiánicos, donde la legitimidad electoral parece utilizarse para justificar una creciente concentración del poder.
No son procesos idénticos (en la competencia de autócratas, Bukele le gana a Sheinbaum por lejos), pero responden a una lógica común: la eficacia inmediata comienza a competir con los límites institucionales propios de una república.
Una democracia no se mide solo por cómo se ganan las elecciones, sino también por cómo se preservan las instituciones que limitan a quienes las ganan.
“Sería bueno que pidieras que la tierra se mueva”
La política siempre tuvo algo de espectáculo. Hoy, además, compite contra Netflix, Instagram, YouTube y un celular que vibra cientos de veces por día. Nunca la atención humana fue un recurso tan escaso. Herbert Simon, premio Nobel de Economía, lo anticipó hace medio siglo: “Una abundancia de información crea una pobreza de atención.”
La política terminó adaptándose a ese ecosistema. Los discursos duran treinta segundos. Los programas de gobierno se condensan en un meme. Los candidatos ya no prometen solamente resolver problemas; prometen resolverlos antes del próximo fin de semana.
Sin embargo, la democracia tiene un problema de marketing: fue diseñada para funcionar lentamente. Una ley necesita discusión. Los jueces investigan. Los fiscales presentan pruebas. El Parlamento negocia. La prensa pregunta. La oposición controla. Todo eso lleva tiempo y, precisamente por eso, limita el abuso del poder.
Karl Popper sostenía que el gran mérito de la democracia no consiste en elegir gobernantes perfectos, sino en poder reemplazarlos sin derramar sangre. Montesquieu había llegado a una conclusión semejante dos siglos antes: la división de poderes existe para impedir que alguien pueda hacer todo lo que quiera. Pero en tiempos dominados por la ansiedad permanente, esos frenos empiezan a verse como obstáculos. La deliberación parece debilidad. Los controles parecen burocracia. Las garantías individuales parecen privilegios.
La frase de Luca Prodan también describe bastante bien a buena parte del electorado contemporáneo.
Queremos menos impuestos, pero mejores hospitales; más policías, pero menos gasto público; jubilaciones más altas, pero menor déficit fiscal; combustibles baratos, pero empresas públicas rentables; universidades de excelencia, pero sin aumentar la inversión.
Queremos vivir como Noruega con la presión tributaria de Paraguay.
Si es posible, para el lunes.
No, mejor… ¡ahora mismo!
¡Ya!
Existe además un componente biológico. Las plataformas digitales fueron diseñadas para producir pequeñas descargas permanentes de dopamina. Cada notificación, cada “me gusta”, cada compra con un clic alimenta la expectativa de una recompensa inmediata. La democracia funciona exactamente al revés. Produce beneficios lentos, acumulativos y muchas veces invisibles.
Las instituciones exitosas suelen ser aburridas. Tal vez esa sea una de las razones por las que sobreviven.
“Para vos, lo peor es la libertad”
En este contexto, Uruguay sigue siendo una excepción valiosa. No porque sea perfecto: tiene homicidios, narcotráfico, pobreza infantil, burocracia, corporativismos y un crecimiento económico menor que el que podría alcanzar. Pero conserva algo extraordinariamente escaso en América Latina: confianza institucional, alternancia pacífica, una Justicia relativamente independiente, libertad de prensa y una cultura política que, pese a todos sus defectos, todavía respeta las reglas del juego. No es poca cosa.
Pero incluso aquí, la impaciencia asoma: cada vez hay más voces que piden soluciones rápidas a problemas como el narcotráfico o la inseguridad, lo que podría poner a prueba la resistencia de sus instituciones.
Cada vez aparecen más voces convencidas de que problemas complejos pueden resolverse con una ley, un decreto o un líder providencial. La experiencia latinoamericana sugiere exactamente lo contrario. Los atajos suelen terminar siendo los caminos más largos.
Quizás el problema ya no sea solamente político, sino profundamente cultural. Vivimos en una civilización que perdió la capacidad de esperar. Si una página demora cinco segundos en cargar, creemos que Internet dejó de funcionar. Si un paquete tarda cuarenta y ocho horas en llegar, sentimos que somos víctimas de una conspiración logística. Si un gobierno no resuelve en un año problemas acumulados durante décadas, concluimos que fracasó.
Nos acostumbramos a que casi todo fuera instantáneo, excepto aquello que realmente importa.
La educación necesita años. La ciencia necesita décadas. La confianza entre ciudadanos requiere generaciones. La democracia también.
Probablemente Luca Prodan nunca imaginó que aquella frase punk terminaría describiendo con tanta precisión el clima político del siglo XXI. Seguimos sin saber exactamente qué queremos, pero seguimos queriéndolo ya.
Quizá el mayor desafío de nuestras democracias sea recordar una verdad incómoda: las soluciones milagrosas casi nunca existen. Las reformas profundas son lentas, los cambios culturales todavía más, y las instituciones que hoy nos parecen tediosas son, muchas veces, las mismas que mañana impedirán que un gobernante haga exactamente aquello que hoy aplaudimos y que, con el tiempo, podríamos lamentar.
Porque la paciencia no es solo una virtud moral: en democracia, también es el precio que pagamos por evitar que el afán de velocidad nos lleve a atajos peligrosos.
|
|
 |
La trazabilidad no controla a los pobres: controla al Estado
|
La licuadora frentista Julio María Sanguinetti
|
Julio, el Mes de la República
|
Luis Batlle Berres, un líder popular hijo de su tiempo
|
El clima de negocios también se deteriora
|
Cuando el problema no es la comunicación
|
Cuando las advertencias convergen
|
Las alarmas fiscales ya se encendieron
|
Castillo promete jubilar antes, pero elude explicar quién pagará la cuenta
|
¿Punto final?
|
Rendición de cuentas: el otro yo del doctor Merengue Elena Grauert
|
El petróleo no va a desaparecer Fitzgerald Cantero Piali
|
Manini y el Frente Amplio: ¿afinidades inadvertidas? Juan Carlos Nogueira
|
Cuando cambian los motores, ¿cambian las tarifas? Angelina Rios
|
“No sé lo que quiero, pero lo quiero ya” Eduardo Irigoyen
|
Laicidad sin miedo: por qué el Parlamento debe invitar a León XIV Marcela Pérez Pascual
|
Copa Mundial de la FIFA 2026: hacia una mayor precisión de la reglamentación para el uso de los símbolos nacionales Gabriela y Roberto Pena Schneiter
|
Lust, Salle y la vieja estrategia de dividir para reinar Gonzalo Durañona
|
Construyendo nidos Susana Toricez
|
La campaña antiargentina
|
La inteligencia de no tocar lo que funciona
|
El Mar de Azov deja de ser un santuario: por qué los ataques ucranianos a la “flota fantasma” pueden cambiar la guerra
|
Los aranceles de Trump irrumpen en la campaña brasileña
|
Frases Célebres 1089
|
Así si, Así no
|
ENTRE DICHOS
|
|