No por sabios sino por viejos
Viernes 27 de febrero de 2026. Lectura: 4'
Por Julio María Sanguinetti
Oddone lo tiene claro. El Presidente también. El Frente Amplio no. Todavía cree que puede gastar más, que tiene márgenes para el cumplimiento del famoso programa, que del diálogo social se esperan maravillosas propuestas y se vuelve a hablar hasta de los 60 años como edad ideal de retiro jubilatorio.
Los hechos empiezan a ser progresivamente alarmantes. La semana pasada Sabre anunció un reajuste que afectará a varios cientos de empleados. Ambev en Paysandú está con luz amarilla y lo de Ancap no da para mucho más en la ciudad otrora vanguardia industrial del país. Si recordamos lo de Yazaki, que fue un impacto muy fuerte en Colonia, y el caso de otras empresas multinacionales que vienen reduciéndose o alejándose del país, el tema se hace problema. Decimos esto no como juego de palabras, sino recordando a un amigo griego, muy aristotélico, que dice que en el Uruguay no hay temas, nadie habla de temas, sólo de problemas. Parece ser que ahora esto se ha hecho real. Ya la situación fiscal y el estado de la economía están pasando a nivel de real problema.
Se votó el presupuesto con facilidad. La oposición colaboró y, si bien señaló claramente que los datos de recaudación y crecimiento previstos como base eran demasiado optimistas, no se hizo cuestión. Ahora se ha desnudado la situación: los parámetros eran realmente “rosados” y el déficit, lejos de reducirse, se ampliará. Ese 4,7% publicado puede todavía tener algún ajuste cuando se termine la medición del PBI, pero en todo caso el déficit, que en 2024 fue de 2.600 millones, ahora estará alrededor de los 3.700.
En lo monetario, el Banco Central ya hizo lo que puede hacer ante la caída del dólar, fenómeno internacional que se hace más agudo en nuestro ámbito por el déficit del que estamos hablando. Y porque en general nuestros costos de servicios públicos y seguridad social son elevados.
No soy economista, pero tantos años adentro del Estado dan una percepción de la realidad que, aun sin la precisión de los números, nos permiten ver esa realidad del día a día que los porcentajes esconden y los números mágicos no alarman. En efecto: a cualquier ciudadano de a pie que le digamos que algo es 4,7% pensará que no es grave, sea de lo que sea que se esté hablando. Como decía Roberto de Oliveiras Campos, el legendario economista brasileño, todo lo que sea menos de un 10% es razonable, sea para hablar de ganancias o de calcular intereses, y como no hay ninguna razón para sostenerlo, todo debería ser consecuencia de que los humanos tenemos un condicionamiento psicológico a partir de que tenemos diez dedos en las manos y en los pies…
Ese ciudadano entiende, sin embargo, que 3.700 millones de dólares a pedir prestados este año es mucho dinero. Sobre todo si ya se deben algo así como 60 mil millones, que hace un 63% del PBI, o sea del conjunto de lo que el país produce en bienes y servicios.
Estamos en el límite. El propio Ministro señaló como límite de la deuda pública un 65% del PBI. A partir de allí se nos viene la noche y no la alborada esperada de tener la mayor categoría en las calificadoras de riesgo, como se propone el Ministro.
Si pensamos que estamos en el comienzo de un gobierno, la situación se hace más compleja, porque ya sabemos que al final, más cerca de la elección, no hay modo de administrar de modo austero las presiones políticas. Dicho esto, nuestro gobierno tendrá que entrar en algo parecido a una “economía de guerra”, como decía nuestro amigo Raúl Alfonsín, que fue una víctima de ella por los desajustes financieros.
No tiene sentido que estemos comprando una estancia en 35 millones de dólares para intentar un programa colonizador inventado ad hoc como justificación de un romántico gesto de homenaje a un personaje querido. No había necesidad alguna. Nos la creamos. Como ahora, en lugar de buscarle la vuelta al episodio de Cardama, nos introducimos en un largo juicio que terminará en el gobierno que viene; habremos dado por perdidos 30 millones de dólares y, como se anuncia, saldremos a la disparada a contratar lanchas patrulleras oceánicas a precios también oceánicos, seguramente el doble que el del contrato original.
El problema para nuestro Presidente y el Ministro de Economía es que se ponen serios en los gastos, o nos llevará el viento.
¿De qué nuevas inversiones hablaremos si continuamos este camino?
El sindicalismo, a su turno, tiene que asumir que no están en juego los salarios, sino el empleo.
Estamos en el borde de todo. No lo decimos por sabios, que no lo somos, pero sí por viejos.
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