Edición Nº 1080 - Viernes 8 de mayo de 2026

Nathalie Barbé: si no gano, no vale

Viernes 8 de mayo de 2026. Lectura: 4'

Por Santiago Torres

Cuando el veredicto popular no coincide con su agenda, el sindicalismo decide que “no lauda”: la confesión de Nathalie Barbé expone una deriva inquietante, donde el voto ciudadano se relativiza y las urnas pasan a ser apenas un trámite prescindible.

El discurso de Nathalie Barbé el pasado 1° de mayo, en su doble condición de presidenta de la ATSS, integrante del Secretariado del PIT-CNT y delegada en el llamado “Diálogo Social”, no fue una pieza más del ritual sindical. Fue, más bien, una declaración de principios inquietante: cuando el veredicto popular no coincide con la tesis sindical, entonces —según Barbé— ese veredicto simplemente “no laudó nada”.

La frase, reiterada también en declaraciones a La Diaria y recogida por diversos medios, es tan brutal en su sinceridad como grave en sus implicancias. “Acá nadie laudó nada”, sostuvo muy jarifa la dirigente, en referencia directa al plebiscito previsional de 2024, impulsado por el PIT-CNT (en rigor, por el Partido Comunista), que fue rechazado de forma contundente por la ciudadanía.

Conviene detenerse en el alcance de esa afirmación. Un plebiscito es, en la arquitectura institucional uruguaya, el mecanismo de decisión más directo y más fuerte que existe. No es una encuesta, no es un “mensaje”, no es una instancia deliberativa abierta: es una resolución soberana. Decir que “no laudó nada” equivale, en los hechos, a negar la esencia misma de ese instrumento.

Y aquí aparece el núcleo del problema: no se trata de una diferencia de interpretación técnica sobre la seguridad social. Se trata de una concepción política que coloca la voluntad de un colectivo —por numeroso o movilizado que sea— por encima del pronunciamiento ciudadano.

Barbé no se limitó a cuestionar el resultado. Fue más allá: llamó a “volver a luchar” por lo mismo que la población ya rechazó en las urnas. Es decir, no a convencer nuevamente a la ciudadanía, sino a reabrir por otras vías lo que el voto cerró. La pregunta es inevitable: ¿para qué impulsaron un plebiscito si, de antemano, su resultado no iba a “laudar nada”?

La comparación que la propia dirigente ensayó con el plebiscito sobre los allanamientos nocturnos resulta, en este punto, tan oportuna como reveladoramente absurda. Es oportuna porque muestra que el mecanismo es el mismo; absurda porque omite lo esencial: quienes promovieron aquella reforma aceptaron su derrota. No intentaron reinterpretarla, no afirmaron que “no laudó nada”, no buscaron atajos para reescribir lo decidido. Simplemente reconocieron que la ciudadanía había hablado.

Ese contraste deja en evidencia una diferencia de fondo: para algunos actores políticos y sociales, el plebiscito es un instrumento vinculante; para otros, parece ser apenas una instancia táctica, válida solo si confirma sus postulados.

Otro de los ejes del discurso de Barbé —y de sus declaraciones públicas— apunta contra las AFAP. Según su planteo, estas “siguen participando de lo que más les beneficia: el lucro, que son las inversiones”. La afirmación, repetida con insistencia, incurre en una simplificación que raya en la desinformación.

Las AFAP no lucran con los ahorros previsionales de los trabajadores. Eso está expresamente prohibido por el marco legal. Su ingreso proviene de las comisiones y, en todo caso, de las inversiones realizadas con su propio capital —la llamada “Reserva Especial”—, no con los fondos de los afiliados. Confundir deliberadamente ambos planos no es un detalle técnico: es instalar una idea falsa en un debate que exige precisión.

Más aún, al insistir en esa narrativa, Barbé no solo cuestiona un modelo, sino que sugiere un esquema en el que cualquier intermediación privada en el sistema previsional sería, por definición, ilegítima. Es una posición ideológica válida en el plano del debate, pero no en el de los hechos cuando se la presenta como una denuncia de prácticas inexistentes.

Lejos de la indignación fácil, corresponde agradecerle a Nathalie Barbé su franqueza. Al afirmar sin rodeos que el plebiscito “no laudó nada”, ha explicitado con claridad una forma de entender la democracia que muchas veces se insinúa, pero pocas se dice en voz alta.

Y esa claridad, incómoda pero necesaria, permite ordenar el debate donde corresponde: no solo en qué sistema previsional queremos, sino en algo más básico y decisivo: las reglas de juego de la democracia liberal.



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