Edición Nº 1084 - Viernes 12 de junio de 2026

Mujica odia pero se considera odiado

No vamos a hablar una vez más, de la incontinencia verbal de nuestro Presidente José Mujica. Tampoco de su vocabulario arrabalero o soez —cuando no, ambos— ni de sus continuas inconstitucionalidades ni de sus disparatadas invocaciones a los Kun San o el atorrantismo de los uruguayos. Hoy vamos a hablar del odio que destila en una intervención radial y que atribuye a otros.

En efecto, Mujica dedicó parte de su audición radial de M-24 a criticar a la oposición: “Hasta ayer, blandiendo encuestas, decían que nos caíamos a pedazos, que era inevitable el desmoronamiento. Hoy, casi con amargura, se quejan del pueblo y hablan de fenómenos colectivos extraños y difíciles de explicar”.

“Si fueras peón rural o hubieras sido una sirvienta sin reconocimiento entenderías muchas cosas”. Desgraciadamente, con el cuerpo caliente del desenlace electoral ya comenzó la ‘lima sorda’ de aquellos que nos odian y que además tienen el manejo de los grandes medios de comunicación y comienzan a sembrar distancias entre ‘astoristas’ y ‘mujiquistas’ o entre el Presidente actual y el que probablemente puede venir. Sobran antecedentes de este tipo y así seguirán”.

“(…) Fieles a sus intereses, pero sobre todo a sus visiones de clase. Nos odian porque somos de abajo. No pueden aceptar que gobernemos. Es cierto que todas las grandes corrientes políticas del país son policlasistas, y eso hizo que aprendamos a convivir, pero la influencia de quienes viven de un salario es muy fuerte en nuestra corriente política”.

Esa colérica diatriba, al parecer, fue instigada por un editorial de El País que sostenía: “los fenómenos sociales son a veces difíciles de entender”, y planteaba la paradoja que a un gobierno que tuvo casos de abuso y soberbia como el de PLUNA o ASSE, los ciudadanos todavía lo premien con más votos.

Sobre “la lima sorda”, muy bien escribe Martín Aguirre, que “todo Uruguay sabe que la relación entre Mujica y Vázquez no es de amor precisamente. Y quienes trabajan en los medios lo saben mejor que nadie, porque sus contactos tanto en el mujiquismo como en el astorismo no pasa día sin que manden algún chisme para intentar perjudicar al otro. Eso sí, siempre pidiendo anonimato y amparándose en el señor Fuentes. El propio Mujica es fuente habitual de esa prensa “de derecha” y cuando lima, lejos de ser sordo, hace un ruido bárbaro”.

Extraña sobremanera que ninguno de los colectivos que anda defendiendo a las minorías no haya puesto el grito en el cielo por la expresión “sirvienta” para la empleada del hogar. No queremos imaginar lo que hubiese sido si ese vocablo lo utilizara un candidato opositor. Esos catones de la moral le hubiesen prendido fuego, como a Juana de Arco. Pero Mujica tiene patente de corso, ya lo sabemos.

El Presidente parecería ignorar que la enorme mayoría de los votantes blancos y colorados también viven de un salario y que en todo caso hay muchos frenteamplistas —todos los clientes beneficiados con planes sociales— que no son asalariados sino subsidiados.

Pero lo realmente grave es ese odio que le sale por los poros recordando —quizás— sus épocas tupamaras, en las cuales sin ningún prurito “ajusticiaban” (es decir, asesinaban); imponían la justicia revolucionaria (es decir, secuestraban) y expropiaban (es decir, robaban).

Esa instigación al odio de clases con falacias, atacando a los medios de comunicación, es injustificada cuando éstos han sido más que benévolos con el Presidente y el gobierno y Mujica ocupa decenas de minutos diarios en las radios y los canales de televisión uruguayos.

Es el mundo al revés. Mujica insulta y es la oposición que es agresiva. Mujica denosta al adversario y es la oposición la que lo trata a él como a un enemigo.

No señor Presidente, si a ustedes los odian, no es porque sean “de abajo”. También lo eran don Tomás Berreta y Daniel Fernández Crespo (por poner sólo dos ejemplos) hace más de 50 años y a nadie se le ocurría discriminarlos por el origen. Haga su mea culpa y si es que ese odio existe, averigüe los motivos, que ciertamente no son por razones de cuna.



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