Mucha militancia y poco curso: el curso de la Udelar sobre Palestina e Israel — Parte II
Viernes 11 de setiembre de 2026. Lectura: 8'
Por Jonás Bergstein
La asistencia a las primeras clases confirmó las dudas iniciales: bajo el nombre de la Universidad de la República, el curso ofrece una única interpretación del conflicto y sustituye el análisis académico por la militancia política.
Hacia fines del pasado mes de julio, desde este Correo comentábamos el entonces reciente lanzamiento de un curso de la Udelar bajo el sugestivo título Palestina e Israel, Nakba, conflicto y genocidio. Visiones desde la Udelar. En aquella ocasión habíamos compartido con nuestros lectores la duda central que el curso nos planteaba: ¿se trataba de un verdadero curso universitario o, más bien, de una plataforma de propaganda y militancia política, todo ello con el nombre de la Universidad?
Tal como estaba previsto en el cronograma anunciado, el curso comenzó en el pasado mes de agosto y en él nos inscribimos. Nuestra asistencia a dos clases y media en la sede del PIT-CNT de la calle Jackson fue suficiente —diríamos, incluso, sobradamente suficiente— para despejar nuestra duda. El lector lo advertirá de inmediato.
Empecemos por algunas de las expresiones vertidas en la tercera clase del curso, a cargo del profesor Christian Mirza:
“El sionismo es un proyecto colonial por asentamiento, que forzosamente supone el desplazamiento de personas”.
“El sionismo terminó instaurando un régimen genocida: que no titubee la subsecretaria Csukasi, que no titubee Orsi”.
“Si les gusta hablar del régimen iraní, hablen también del régimen sionista”.
“El muro de la vergüenza que limita la movilidad de los pueblos en su propio territorio”.
“Oslo I y Oslo II no son más que una continuidad de la ocupación y del colonialismo”.
“El Estado de Israel se enmarca en la definición de terrorismo de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 2006”.
“Ese Estado terrorista llega a su paroxismo con los bombardeos de Israel posteriores al 7 de octubre”.
Otros aspectos del curso son igualmente elocuentes y militan en la misma dirección: (1) En el salón donde se imparten las clases, al fondo, se venden calcomanías: una dice “No es guerra, es genocidio” y otra, “Palestina libre”. (2) En ese mismo mostrador también se venden camisetas con la leyenda “Viva la lucha del pueblo palestino”. (3) El tomo 2 del material bibliográfico distribuido en clase contiene textos con títulos tales como Deberes y obligaciones de la Unión Europea para poner fin a las políticas israelíes de traslado forzoso, colonialismo y apartheid en Jerusalén Este ocupada, o subtítulos como “Sionismo: la limpieza étnica antes de la limpieza étnica; el sionismo como proyecto de colonización de asentamiento (…)”. (4) También al fondo del salón, cuando me retiré de la última clase, se me ofreció un volante —con el pie de firma de la Coordinación por Palestina—. El volante convocaba a una marcha prevista para el 8 de octubre, con consignas tales como “Marchamos contra el genocidio”, “En solidaridad con Palestina” y “No es una guerra, es un genocidio”. (5) En esa misma tercera clase se hizo presente el embajador de la Autoridad Palestina en Uruguay.
Hasta acá los hechos tal cual son, sin ningún tipo de condimento ni apreciación de este cronista. A nuestro juicio, acá no puede haber dos lecturas: lo expuesto precedentemente nos habla de un curso donde se enseña una única versión. No se presentan las dos campanas, ni dos perspectivas, ni autores con enfoques diversos. Nadie pretende “hacer ciencia” y llegar a la verdad. Tampoco existen las mentadas “visiones desde la Udelar”, sino una versión única que se proyecta en todo lo que concierne al curso: en las exposiciones docentes —no recordamos ninguna mención a la probada presencia judía en Palestina al menos desde el 1.650 AC hasta hoy, ni al plan de partición de la Comisión Peel de 1937, ni al nefasto papel del muftí de Jerusalén, “un organizador de asesinos”, al decir de Paul Johnson—; en las camisetas —no vimos ninguna con la bandera o el escudo de Israel—; en la bibliografía —no vimos un solo texto favorable a Israel—; en los volantes que se reparten, y en la presencia del embajador de Palestina. ¿Se ha invitado a comparecer al embajador de Israel?
A eso debemos agregar la dinámica de las clases. Fuimos al curso con la esperanza de analizar los hechos; es decir, qué pasó, cómo, cuándo, dónde y por qué. Nada de eso pudimos encontrar: vimos pocos hechos y muchas tesis. Desde nuestro punto de vista, no hubo ningún análisis de los acontecimientos ni de los autores, sino que, por el contrario, los docentes —y, sobre todo, algunos de los estudiantes más militantes (¿beligerantes?)— se abocaron a desarrollar sus posturas sobre el pretendido colonialismo sionista. Prácticamente podría decirse que no hubo preguntas, sino afirmaciones irreductibles.
En fin. Para nosotros, la conclusión solo puede ser una: de curso universitario esto no tiene absolutamente nada.
Con todo, y por aquello de que de todo y de todos se aprende, quisiéramos compartir con el lector algunas de las muchas lecciones que estas clases nos han dejado:
Primero. Desde el 7 de octubre hasta hoy asistimos a una escalada creciente del asedio contra Israel, que termina proyectándose también sobre los judíos en general. Con una peculiaridad: cada paso que da la militancia sobrepasa un poco más el límite marcado por los actos de provocación que lo precedieron. La tendencia siempre es ir a más, nunca a menos. Este curso se inscribe en esa misma tendencia.
Segundo. Y esto se vincula con lo anterior. Este curso no sale de la nada. Es producto de una agenda, de la misma estrategia de avance sistemático que acabamos de mencionar: en el caso concreto, copar las universidades mediante la demonización y la deslegitimación de Israel. Es una espiral ascendente de la cual, lamentablemente, nada sano ni constructivo puede salir. Simplemente porque, como dijo el fallecido presidente José Mujica hacia el final de sus días, “a partir del odio nada bueno se puede construir”.
Tercero. Hay un grupo de personas —no podríamos decir cuántas, pero ciertamente las vimos en el curso— que están dispuestas a redoblar la apuesta. Son personas que no vacilan en cancelar al docente; es decir, en interrumpirlo y tomar la palabra cuando algo de lo que dice no les gusta. Un ejemplo lo ilustra acabadamente. El último de los docentes cuya clase presencié —Marcos Wasem, quien adoptó una postura que entendí como no beligerante— intentó hacer un poco de historia y explicó que, con el paso de los años, algunos de los principales cuadros de la central obrera Histadrut habían pasado a ocupar posiciones relevantes en el gobierno israelí. A continuación, acotó: “Es como si el PIT-CNT tomara las riendas del gobierno en Uruguay”. ¡Para qué! ¡Cómo le saltaron encima dos de esas estudiantes! No podían aceptar que se pretendiera parangonar o establecer algún tipo de analogía entre la Histadrut y el PIT-CNT. Y después me dicen —agregamos nosotros— que esto no es antisemitismo. Entonces, ¿qué es? ¿Prosemitismo?
Con esto pretendemos significar que, si un grupo de personas se atreve a promover bajo el mote de curso universitario lo que en definitiva no es más que una arenga o un manifiesto panfletario en favor de la causa de Hamás; si un grupo de personas hace caso omiso de los llamados formulados en el Parlamento —y de los planteos de juristas como Teresa Gnazzo— a propósito de la violación de la laicidad, y sigue de largo como si nada y a como dé lugar —para decirlo en criollo: les importó un bledo—, es porque, en definitiva, está dispuesto a eso y a mucho más.
Cuarto. La vieja discusión entre antisemitismo y antisionismo ha perdido su razón de ser; o, al menos, ha pasado a ser bastante menos relevante. Nos explicamos. El propio profesor Mirza negó ser antisemita. Retóricamente, se preguntó: “¿Cómo voy a ser antisemita?”. Sea antisemita o no, todos sabemos que cursos como este y las cosas que en él se dicen —lo mismo que la marcha del 8M con su muñeco diabólico, la representación de El mercader de Venecia, las expresiones de Doña Bastarda y tantas otras manifestaciones— promueven el racismo; es decir, el antisemitismo. ¿Qué importancia tiene si son antisemitas o no? No lo sé ni me parece especialmente relevante, porque el daño que unos y otros causan es esencialmente el mismo. Lo que sí sé es que fomentan el odio a los judíos; es decir, una forma de racismo: el antisemitismo. A las cosas por su nombre. Y eso sus promotores lo saben, pero no les importa.
En suma. No vemos nada errado en el dictado de un curso sobre el conflicto entre israelíes y palestinos. Tampoco vemos nada errado en que ese curso incluya la visión expuesta en estas clases. Pero si esta es la única perspectiva que se ofrece —la de la narrativa palestina más radical, según la cual Israel es solamente un usurpador colonialista, sin matices y en blanco y negro—, entonces esto se parece mucho más a propaganda partidaria que a un curso universitario.
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