Monseñor del Castillo
Viernes 6 de marzo de 2026. Lectura: 2'
La muerte de Monseñor Luis del Castillo S. J. cierra una vida dedicada al pensamiento, la fe y la construcción institucional. Sacerdote respetado y figura central en la consolidación de la Universidad Católica del Uruguay, su trayectoria dejó una huella profunda en la vida religiosa, educativa y cultural del país.
El fallecimiento de Monseñor Luis del Castillo priva a la sociedad uruguaya de una figura que en el último medio siglo fue una referencia moral y un actor protagónico en el mundo religioso y cultural.
Personalmente lo conocí en los tiempos de la dictadura, a través de otro gran amigo católico, el Dr. Juan Vicente Chiarino. Siempre fue su presencia gratificante y, en la medida de sus posibilidades, ayudó a aliviar los conflictos y penurias de la situación.
Estuvimos muy cerca cuando él lideró la transformación del Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras en Universidad Católica. Un decreto postrero de la dictadura le había dado un reconocimiento de dudosa legalidad, que se discutía al retornar la democracia. Los hechos imponían una convalidación genérica de los actos del gobierno saliente, pero ese, específicamente, era muy discutido: en algunos casos por quienes se oponían a la existencia de universidades privadas y en otros por quienes, aun aceptándolas, reclamaban una ratificación legal.
Personalmente creía en su aporte, razón por la cual le pedí a Monseñor del Castillo que el 1º de marzo tuviera la Universidad Católica funcionando, del modo que se pudiera, pero abierta. Recuerdo haberle dicho que mis correligionarios que reclamaban una ley —que sería de interminable debate— me podían pedir que abriera la discusión, pero no que cerrara una universidad. Así fue, y en marzo de 1985 del Castillo inauguró ese centro de estudios, abriendo un camino que luego se extendió con éxito.
De esas gestiones nació una afectuosa relación. Muchas veces le llamé para conversar de temas no solo de la educación, porque su palabra o su actuación siempre eran un aporte.
Se sabe que no participo de religión alguna, pero no por ello soy indiferente a lo que ocurre en ese ámbito. Por eso puedo expresar que en el tiempo del Rectorado o en sus Obispados fue del Castillo un eminente ciudadano. Me consta también que fue un gran sacerdote, reconocido unánimemente, con una admirable vocación, que luego de tantos cargos relevantes en nuestro país marchó a Cuba a una sacrificada y modesta labor pastoral.
Ante su fallecimiento saludamos la vida cumplida cabalmente por este gran uruguayo. Le hacemos llegar también nuestro fraterno saludo a sus familiares y, en general, a la grey católica por la que tanto trabajó.
J. M. S.
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