Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026

Mohamed VI y la modernización autoritaria

Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 7'

Mohamed VI modernizó Marruecos, fortaleció su economía y convirtió al reino en una potencia regional. Pero también preservó un sistema en el cual el gobierno administra, el Parlamento discute y el monarca decide. Su progresivo alejamiento de la escena pública y la preparación del príncipe heredero abren ahora una transición tan silenciosa como trascendente.

La crisis migratoria que desde fines de julio mantiene a Ceuta bajo una extraordinaria presión no es solamente un problema español ni un nuevo episodio del prolongado desencuentro entre Europa y África. Las decenas de miles de personas que cruzaron desde territorio marroquí, las muertes producidas durante aquella entrada masiva y los miles de migrantes que todavía permanecen en la ciudad autónoma obligan también a mirar hacia Marruecos. A propósito de lo que ocurre en Ceuta, vale la pena examinar el país que Mohamed VI ha modernizado durante más de un cuarto de siglo, así como el sistema político profundamente autoritario que preservó detrás de esa transformación.

Marruecos celebra este miércoles elecciones legislativas. Veintisiete partidos competirán por los 395 escaños de la Cámara de Representantes y, una vez conocidos los resultados, Mohamed VI designará al jefe del gobierno entre las filas de la fuerza más votada. Habrá campaña, escrutinio, negociaciones y una nueva mayoría parlamentaria. Pero el verdadero centro del poder no estará en ninguna sede partidaria, sino en el Palacio Real.

Esa es la singularidad del sistema marroquí. Formalmente, se trata de una monarquía constitucional, democrática, parlamentaria y social. En los hechos, el rey no se limita a reinar: gobierna, arbitra, orienta y conserva la última palabra en las cuestiones fundamentales. Es jefe del Estado, comandante supremo de las Fuerzas Armadas y «Comendador de los Creyentes», condición que le otorga además una autoridad religiosa que ningún dirigente electo puede disputar.

La Constitución aprobada en 2011, en medio de las protestas de la llamada Primavera Árabe, amplió las atribuciones del Parlamento y del jefe del gobierno, pero preservó intacto el núcleo del poder monárquico. El rey preside el Consejo de Ministros, controla la defensa, la seguridad, la política exterior y los asuntos religiosos, participa en los principales nombramientos y puede disolver las cámaras. El Ejecutivo administra el país, pero las grandes orientaciones estratégicas emanan del Palacio.

Mohamed VI comprendió, desde que sucedió a su padre Hasán II en 1999, que la monarquía debía cambiar para no correr la suerte de otros regímenes autoritarios de la región. Su respuesta no fue democratizar plenamente el poder, sino modernizar su ejercicio. Abandonó parte de la retórica severa de su padre, impulsó la Comisión de Equidad y Reconciliación para examinar los abusos de los llamados «años de plomo» y promovió en 2004 una reforma del Código de Familia que mejoró la situación jurídica de las mujeres.

También transformó la fisonomía económica del país. Marruecos desarrolló autopistas, puertos, trenes de alta velocidad, parques industriales y proyectos de energía renovable. Atrajo inversiones en los sectores automotor y aeronáutico, convirtió a Tánger Med en uno de los grandes centros logísticos del Mediterráneo y se posicionó como una plataforma entre Europa, África y el mundo árabe.

Los resultados son visibles. La economía creció 4,9% en 2025, su mejor desempeño en una década, impulsada por la inversión pública, la recuperación agrícola y las obras vinculadas con el Mundial de fútbol de 2030. Marruecos ofrece estabilidad, infraestructura y previsibilidad en una región donde esos tres bienes escasean.

Pero detrás de esa imagen de éxito aparece otro país. El crecimiento no se distribuye de manera uniforme, las diferencias entre la costa atlántica y el interior siguen siendo profundas, el desempleo juvenil es muy elevado y la participación de las mujeres en el mercado laboral continúa siendo excepcionalmente baja. El propio rey admitió en 2025 que Marruecos no podía seguir siendo «un país de dos velocidades».

Esa contradicción define buena parte de su reinado. Mohamed VI ha construido un Marruecos moderno, pero no necesariamente inclusivo; competitivo, pero atravesado por redes de privilegios; abierto a la inversión extranjera, pero incapaz de ofrecer oportunidades suficientes a millones de jóvenes. Las protestas y los intentos de emigración hacia Europa no expresan solamente pobreza. Revelan la frustración de una generación conectada con el mundo, que observa las grandes obras y los anuncios internacionales mientras padece dificultades para acceder a un empleo, una vivienda o servicios públicos de calidad.

La decepción se dirige principalmente contra los partidos, el gobierno y la administración. La Corona procura mantenerse por encima del desgaste cotidiano: si una política funciona, forma parte de la visión real; si fracasa, la responsabilidad recae sobre los ministros. Es una arquitectura política particularmente eficaz. El rey conserva la capacidad de decidir sin asumir plenamente los costos de la gestión, mientras los gobernantes electos responden por decisiones cuyo margen para modificar suele ser limitado.

Esa misma concentración de poder tiene su reverso en las libertades públicas. Marruecos posee prensa, oposición, asociaciones civiles y elecciones competitivas, pero existen límites que nadie puede atravesar sin riesgo: la monarquía, el islam y la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Periodistas, activistas y dirigentes críticos han enfrentado procesos judiciales, vigilancia, intimidación y condenas. La autocensura es una parte estructural del sistema.

En política exterior, en cambio, el balance del monarca es difícil de discutir. Mohamed VI convirtió la cuestión del Sáhara Occidental en el eje de toda la diplomacia marroquí. Rabat ofrece cooperación económica, control migratorio, inteligencia antiterrorista y acceso a África; a cambio, exige que sus socios respalden, o al menos no cuestionen, su soberanía sobre el territorio.

La estrategia produjo resultados. Estados Unidos reconoció la soberanía marroquí en 2020; España abandonó su tradicional ambigüedad y apoyó el plan de autonomía; otros países europeos se aproximaron a la posición de Rabat y, en 2025, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas consideró que una autonomía real bajo soberanía marroquí podía constituir la solución más viable.

Marruecos aprendió además a utilizar con notable eficacia su posición geográfica. Es socio de Estados Unidos, mantiene relaciones con Israel, negocia con China, profundiza su presencia en África y se presenta ante Europa como barrera frente a la inmigración irregular y el terrorismo. Esa capacidad le permite ejercer una influencia desproporcionada respecto de su tamaño económico. Mohamed VI no convirtió al reino en una gran potencia, pero sí en un país que ninguna potencia puede ignorar.

La principal incógnita ya no se refiere, sin embargo, a su política exterior, sino a la continuidad del régimen. El rey, de 63 años, ha reducido sus apariciones públicas, permanece largos períodos fuera del país y presenta problemas de salud que el Palacio comunica con extrema reserva. Su ausencia en determinados momentos delicados ha comenzado a generar preguntas que antes apenas se formulaban.

Al mismo tiempo, el príncipe heredero Moulay Hassan, de 23 años, asume funciones cada vez más visibles. En mayo fue designado coordinador de las oficinas y servicios del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Reales, el mismo puesto que Mohamed VI había ocupado cuando era heredero. El mensaje resulta inequívoco: la sucesión no se anuncia, pero se prepara.

Marruecos no parece encontrarse ante una crisis dinástica. La monarquía alauita posee legitimidad histórica, religiosa y nacional, y no existe hoy una fuerza política capaz de disputarle el poder. Pero la eventual llegada de Moulay Hassan abrirá una etapa nueva. El heredero recibirá un Estado más fuerte y desarrollado que el que recibió su padre, aunque también una sociedad más joven, exigente y menos dispuesta a aceptar que la modernización económica sustituya indefinidamente a la participación política.

Ese será el legado ambivalente de Mohamed VI. Modernizó Marruecos sin democratizarlo plenamente; abrió la economía sin desmontar el sistema de privilegios; amplió ciertos derechos mientras preservaba zonas vedadas a la crítica; y convirtió a su país en un actor internacional de primer orden sin resolver sus fracturas internas.

Las elecciones de este miércoles determinarán quién gobernará Marruecos durante los próximos años. No determinarán, sin embargo, quién ejercerá el poder. Mientras Mohamed VI permanezca en el trono, esa respuesta seguirá siendo la misma.



La foto de la infamia
La diplomacia no es un adorno
Julio María Sanguinetti
Otra semana colorada para recorrer
Rincón: la victoria que cambió la campaña de 1825
Federalismo republicano y federalismo autoritario
Cuba y Orsi: la voz de la “barra” en la ONU
Orsi y el Compromiso de Santiago: de las declaraciones a la acción
El enchastre personal como método
Negocian y negocian mientras el país espera por el Puerto
El Parlamento no es una escribanía
¿Y si Lula pierde?
Luis Hierro López
El viejo odio que volvió a ser respetable
Santiago Torres
Cómo entender la generosidad de nuestro país con Brasil en materia de cupos de exportación
Tomás Laguna
PISA 2025: la otra brecha de la transición energética
Fitzgerald Cantero Piali
La conducta de algunos políticos también erosiona la confianza
Juan Carlos Nogueira
Cuando el delito tiene cara de adolescente
Angelina Rios
Cuando la estabilidad no alcanza
Ruth Furtenbach
Entre Loretta y Naty Menstrual
Eduardo Irigoyen García
A tapa cerrada
Marcela Pérez Pascual
Brasil ante una elección decisiva: qué puede cambiar en el Mercosur
Alvaro Valverde Urrutia
Raquelita
Susana Toricez
Mohamed VI y la modernización autoritaria
La prensa que el poder no puede elegir
Rusia votó, pero no eligió
Dos rebeliones contra el centro político alemán
Medio siglo de crueldad y mentiras
Groenlandia no cambia de bandera, pero sí de equilibrio
Frases Célebres 1099
Así si, Así no
ENTRE DICHOS
Inicio - Con Firma - Ediciones Anteriores - Staff Facebook
Copyright © 2024 Correo de los Viernes.