Militar por Lula o la épica del voto ajeno
Viernes 4 de setiembre de 2026. Lectura: 6'
Desde filas del Frente Amplio surgió la exhortación a apoyar la reelección de Lula da Silva en Brasil y a frenar así el supuesto avance regional del “fascismo”. El entusiasmo es comprensible desde el punto de vista ideológico. Lo que cuesta bastante más entender es qué diablos significa, en términos prácticos, que un uruguayo “milite” en una elección brasileña.
Hay consignas políticas que tienen la virtud de sonar formidables mientras nadie cometa la imprudencia de preguntar qué significan.
“Militar por Lula”, por ejemplo.
La expresión surgió en los últimos días entre dirigentes del Frente Amplio preocupados por la elección presidencial brasileña del próximo 4 de octubre. La preocupación existe y tiene una explicación perfectamente racional: Luiz Inácio Lula da Silva es hoy el gran aliado ideológico del gobierno uruguayo en una región que se ha ido desplazando electoralmente hacia la derecha. Una victoria de Flávio Bolsonaro cambiaría apreciablemente el paisaje político regional y dejaría al Frente Amplio bastante más solo de lo que ya se siente.
Hasta ahí, nada especialmente misterioso. Lo interesante comienza después.
Según informó Joaquín Silva en El País, el ministro de Trabajo, Juan Castillo, dijo ante militantes frenteamplistas que había que hacer algo e incluso “prender velas para que Lula gane en Brasil”. Constanza Moreira llevó su entusiasmo todavía más lejos y bromeó con que sacaría “credenciales falsas para ir a votar, si pudiera”. Blanca Rodríguez resumió el estado de ánimo con una frase casi dramática: toda la esperanza estaba puesta en Brasil.
La primera propuesta, hay que reconocerlo, parece la más operativa: prender velas.
Porque entre encender una vela en Villa Española y colocar una lista de Lula dentro de una urna brasileña existe aproximadamente la misma distancia electoral que entre rezar para que Peñarol gane el campeonato y presentarse en Los Aromos dispuesto a jugar de nueve.
Los uruguayos, pequeño detalle burocrático inventado por la democracia, no votamos en Brasil.
Brasil tiene más de 158 millones de electores habilitados para las elecciones de 2026. Los brasileños residentes en el exterior también pueden votar, exclusivamente para presidente y vicepresidente, y la Justicia Electoral registra 918.876 ciudadanos habilitados fuera del país. En Uruguay existen lugares de votación en Montevideo, Artigas, Chuy y Río Branco.
De modo que, sí, un frenteamplista podría eventualmente localizar a un brasileño habilitado para votar en Uruguay, explicarle las bondades del cuarto mandato de Lula y confiar en que el hombre no estuviera ya perfectamente enterado de quiénes son Lula y Bolsonaro después de varias décadas de polarización política brasileña.
También podría escribir en X, compartir videos en Instagram, reenviar propaganda por WhatsApp, ponerse una camiseta roja, cantar alguna canción del PT o explicarle al almacenero de la esquina que el futuro de América Latina depende del resultado del 4 de octubre.
Todo perfectamente legítimo. La incógnita es cuántos votos mueve.
La elección brasileña, además, no parece precisamente necesitar del auxilio electoral de un comité de base montevideano. Lula y Flávio Bolsonaro están librando una competencia de dimensiones continentales, con campañas nacionales, estructuras partidarias gigantescas, televisión, redes sociales, actos multitudinarios y millones de electores. Una encuesta de RealTime Big Data divulgada el 1º de setiembre ubicó a Lula en 38% y a Bolsonaro en 30% para la primera vuelta y a ambos empatados en 44% en una eventual segunda vuelta.
No parece sencillo imaginar que semejante elección vaya a resolverse porque desde el comité de base de La Comercial salieron quince compañeros particularmente inspirados.
Naturalmente, todo esto no significa que el resultado brasileño sea irrelevante para Uruguay. Es exactamente al revés.
Brasil es nuestro principal vecino, una de nuestras mayores contrapartes comerciales y el socio decisivo del Mercosur. Que gobierne Lula o Flávio Bolsonaro importa. Mucho. También importa al gobierno de Yamandú Orsi, que mantiene una evidente afinidad política con Lula y que observa con preocupación cómo los gobiernos afines ideológicamente se han ido haciendo más escasos en la región. El País recogió incluso la expresión de una fuente oficial según la cual el escenario regional sería muy diferente “con Lula” que “sin él”.
Eso es política exterior.
Otra cosa es transformar esa preocupación razonable en una especie de convocatoria a las brigadas internacionalistas del mate y la torta frita.
Porque quizá allí esté la verdadera utilidad de “militar por Lula”.
No en Brasil. En Uruguay.
La consigna sirve para la política doméstica frenteamplista. Permite recuperar un lenguaje épico que siempre resultó eficaz para cohesionar a la izquierda: hay una batalla continental, avanza el fascismo, las fuerzas progresistas resisten y cada militante vuelve a sentirse parte de una causa histórica que supera largamente la discusión mucho menos romántica sobre crecimiento económico, seguridad pública, empleo, déficit fiscal o gestión.
El adversario ya no es solamente un senador brasileño que aspira a la Presidencia. Es “el fascismo que viene a pasos agigantados”, según Castillo.
Y contra el fascismo, como se sabe, nadie quiere quedar como el compañero que faltó a la reunión porque tenía dentista.
La palabra también cumple otra función interesante: borra la frontera entre solidaridad y eficacia.
Uno puede apoyar a Lula desde Uruguay. Puede preferir que gane Lula. Puede desear fervorosamente que gane Lula. Puede incluso —como sugirió Castillo— apelar al departamento celestial correspondiente y prender velas.
Pero “militar” supone otra cosa. Supone intervenir políticamente para conseguir votos.
Y ahí aparecen algunas dificultades logísticas:
Los electores están en Brasil.
Las urnas están en Brasil.
Los candidatos están en Brasil.
La campaña se desarrolla fundamentalmente en Brasil.
Y los uruguayos siguen estando, por esas obstinaciones de la geografía, en Uruguay.
Constanza Moreira percibió perfectamente el inconveniente cuando bromeó con las credenciales falsas. Es una buena broma precisamente porque contiene la respuesta: para que la militancia uruguaya tuviera una influencia electoral directa verdaderamente interesante habría que empezar por conseguirle derecho al voto.
Sería además bastante curioso imaginar la situación inversa.
Supongamos que dentro de cuatro años Flávio Bolsonaro fuera presidente de Brasil y exhortara públicamente a miles de militantes del PL a “militar” en Uruguay para impedir que el Frente Amplio ganara las elecciones.
Es probable que en Montevideo se descubrieran rápidamente palabras algo distintas a “solidaridad internacional”.
“Injerencia” podría ser una de ellas.
Por eso quizá convenga dejar las cosas en su verdadera dimensión.
El Frente Amplio quiere que gane Lula. El gobierno uruguayo preferiría relacionarse con un Brasil gobernado por Lula. Muchos frenteamplistas consideran que una victoria de Bolsonaro sería una pésima noticia para la región.
Todo eso es perfectamente comprensible.
Pero de allí a convocar a los uruguayos a “militar por Lula” hay un pequeño salto hacia la grandilocuencia.
Los brasileños decidirán quién gobierna Brasil.
Los frenteamplistas uruguayos podrán mirar, alentar, publicar mensajes, cruzar los dedos y, si siguen el consejo del ministro Castillo, prender alguna vela.
Aunque acaso esto último sea, de todas las formas de militancia propuestas, la que tenga exactamente las mismas posibilidades de cambiar el resultado que casi todas las demás.
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