Milei y los límites del ajuste
Viernes 16 de octubre de 2026. Lectura: 4'
La rebaja de las previsiones de crecimiento del FMI confirma las dificultades de la economía argentina. Javier Milei consiguió avances importantes en el ordenamiento fiscal y la lucha contra la inflación, pero la debilidad de la actividad, el deterioro social y la insuficiente recuperación de los ingresos alimentan un creciente malhumor ciudadano. Por ahora, el recuerdo de los desastrosos años del kirchnerismo continúa siendo su principal protección política.
El gobierno de Javier Milei enfrenta una paradoja cada vez más evidente: ha conseguido ordenar aspectos fundamentales de la economía argentina, pero no logra que esos avances se traduzcan en una mejoría sostenida de la vida cotidiana. La estabilización macroeconómica, imprescindible para superar el desastre heredado, comienza a mostrar sus limitaciones cuando no viene acompañada de crecimiento, empleo y recuperación del poder adquisitivo.
El Fondo Monetario Internacional acaba de proporcionar una señal de alarma. Redujo del 3,5% al 2,1% su previsión de crecimiento para 2026 y del 4% al 3,5% la correspondiente a 2027. Después de haber crecido un 4,5% en 2025, la economía argentina enfrenta una desaceleración mucho más pronunciada de lo esperado. Peor aún, la nueva proyección la sitúa por debajo del crecimiento previsto para América Latina, del 2,3%.
Sería injusto desconocer los méritos de Milei. La eliminación del déficit fiscal crónico y la drástica reducción de la inflación representan conquistas de primera magnitud en un país devastado por décadas de irresponsabilidad económica. El kirchnerismo dejó una herencia de inflación descontrolada, distorsiones cambiarias, subsidios insostenibles, intervencionismo arbitrario y pérdida de confianza. Milei tuvo el coraje de enfrentar problemas que otros gobiernos prefirieron ignorar.
Sin embargo, el ordenamiento de las cuentas públicas no equivale automáticamente al progreso económico. La inflación, aunque considerablemente menor, continúa siendo elevada, mientras los salarios, las jubilaciones y los ingresos familiares siguen sometidos a fuertes presiones. Para millones de argentinos, llegar a fin de mes continúa siendo una tarea angustiante.
Los indicadores sociales y productivos confirman estas dificultades. La pobreza, que había disminuido significativamente durante 2025, volvió a aumentar del 28,2% al 32,3% en el primer semestre de 2026, aunque todavía permanece por debajo de los niveles heredados del gobierno de Alberto Fernández. El desempleo alcanzó el 7,9% en el segundo trimestre y buena parte de la industria, la construcción y el comercio atraviesa serias dificultades. Mientras la energía y la minería muestran perspectivas favorables, amplios sectores vinculados al mercado interno continúan estancados.
El gobierno parece confiar excesivamente en que la estabilidad macroeconómica generará, casi espontáneamente, una expansión de la inversión y el empleo. Pero la estabilidad, aunque indispensable, no es suficiente. La apertura económica y la competencia resultan necesarias para modernizar una estructura productiva largamente protegida, pero deben acompañarse de condiciones razonables de competitividad, financiamiento e inversión. De lo contrario, existe el riesgo de destruir capacidades productivas antes de que aparezcan otras capaces de sustituirlas.
Todo esto comienza a tener consecuencias políticas. El malhumor ciudadano crece y se refleja en los estudios de opinión. Encuestas recientes registran niveles de desaprobación del gobierno cercanos al 60%, mientras una mayoría expresa preocupación por la marcha de la economía. A ello contribuye el estilo permanentemente confrontativo del Presidente, más dispuesto a descalificar a sus críticos que a reconocer las dificultades de su propia gestión.
Milei cuenta, sin embargo, con una ventaja política formidable: el recuerdo todavía muy vivo de los nefastos años del kirchnerismo. Millones de argentinos no han olvidado la inflación galopante, la corrupción, el despilfarro de recursos públicos y el deterioro institucional. Muchos de quienes hoy cuestionan al gobierno siguen considerando que el regreso del kirchnerismo sería una alternativa todavía peor. Ese recuerdo funciona como un poderoso amortiguador del descontento.
Pero semejante ventaja tiene límites. A medida que transcurre el mandato, la responsabilidad por la situación económica deja de atribuirse exclusivamente a la herencia recibida y comienza a recaer sobre quienes gobiernan. El pasado puede explicar la paciencia de una sociedad, pero no justificar indefinidamente la ausencia de resultados.
La Argentina necesita perseverar en la disciplina fiscal, consolidar la estabilidad monetaria y abandonar definitivamente las recetas populistas que tantas veces la condujeron al fracaso. Pero también necesita crecimiento, empleo y un horizonte de progreso que alcance a sectores mucho más amplios de la población.
El desafío de Milei ya no consiste solamente en demostrar que podía ordenar una economía desquiciada. Consiste en probar que su programa puede construir una sociedad más próspera y menos empobrecida.
Por ahora, el recuerdo del kirchnerismo sigue jugando a su favor. Pero ningún gobierno puede sostener indefinidamente su legitimidad sobre la comparación con un pasado desastroso. Tarde o temprano, los ciudadanos dejarán de preguntarse si están mejor que bajo sus antecesores y comenzarán a exigir, sencillamente, estar mejor.
Ese momento parece estar acercándose.
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