Mientras vuelan los drones
Viernes 13 de marzo de 2026. Lectura: 4'
Por Julio María Sanguinetti
Entre drones, guerras y amenazas nucleares, el conflicto con Irán vuelve a exponer la fragilidad del orden internacional y el dilema de las democracias frente a regímenes que hacen del fanatismo religioso una política de Estado.
Se puede criticar a Netanyahu, se puede pensar que se equivoca cuando puebla de colonos judíos la Cisjordania, se puede incluso suponer que el avance sobre Gaza pudo ser algo menos destructivo, pero lo que nadie puede discutir de buena fe es que había allí un agredido y un agresor, que había alguien que tenía todo el derecho —y el deber— de enfrentar con los medios a su alcance la crueldad de un ataque llevado adelante por una organización que pretende su desaparición.
También se puede cuestionar que los EE.UU. se asuman policía universal de la democracia y se introduzcan en la guerra que Israel llevaba adelante para defender su existencia, ahora con el apoyo de todo el mundo árabe. Podrían los EE.UU. no haber intervenido, pero en todo caso lo han hecho y tampoco nadie de buena fe puede decir que lo hizo del mal lado. Por el contrario, están defendiendo a un Estado democrático que desde que nació hace 78 años está enfrentando agresiones.
Lo más perverso del ataque a Israel por Hamás el 7 de octubre de 2023 es que, además de su crueldad infinita en lo humano, iba destinado a impedir un proceso de paz inédito, en que todos los países del mundo árabe coincidían con Israel en el Pacto de Abraham. Faltaba Arabia Saudita, la capital de los “sunitas”, y ahí entonces se desencadenó el ataque que nos ha llevado a donde estamos. Pese a todo, no han logrado su objetivo porque hoy todos apoyan a EE.UU. e Israel, y la agresión de Irán les ha alcanzado en su ceguera fanática.
Vuelvo a EE.UU. Podrá discutirse, repito una vez más, que asuma ese rol mundial, pero si no es EE.UU., ¿quién puede detener a un Estado teocrático, fundado sobre el fanatismo, que aspira a tener a su disposición armamento atómico? Los ayatolás no razonan sólo con criterio político. En otra dimensión del pensamiento, su misión redentora y sus brazos armados son la espada de Dios que ha de terminar con sus enemigos. Por eso pretenden ser potencia atómica y están a muy pocos pasos de alcanzarlo. La Organización Internacional de Energía Atómica lo ha denunciado. Ha mostrado más de una vez cómo han violado sus compromisos y cómo venían negociando y negociando para ganar tiempo.
¿Había que esperar a que un gobierno de la teocracia totalitaria o sus ramas terroristas tuvieran ese armamento para luego lamentarlo?
Se invoca el derecho internacional. ¿Dónde estaba en el mes de enero cuando el régimen sofocaba una gran rebelión femenina con una verdadera matanza de miles y miles de personas? ¿Qué hizo la comunidad internacional cuando se hablaba de cinco mil, diez mil —no se sabe cuántos asesinados— pero en todo caso varios miles? No se organizó, por lo menos en nuestro medio, ninguna manifestación feminista de solidaridad con esas heroicas mujeres que pretenden simplemente tener una vida y no agonizar en medio de esos negros ropajes y velos que las degradan e invisibilizan. Decimos esto porque los temas internacionales tienen no sólo valor en esa dimensión, sino que adquieren el valor de definiciones para nuestra convivencia. Que agresiones como la de Hamás a Israel o matanzas como las de Irán no sean abominadas simplemente porque EE.UU. está en el costado opositor revela la sobrevivencia de una izquierda antiyanqui trasnochada.
El tema que estamos observando a esta altura, al jueves 12, es que no hay noticia del uranio enriquecido; no se ha informado de que realmente se haya podido liquidar ese riesgo en un régimen iraní que difícilmente caiga, salvo que se diera una riesgosísima invasión.
No se podría quedar a mitad de camino, como de algún modo —y salvadas las mil distancias del tema— está ocurriendo con Venezuela, en que no se ha fijado fecha para una elección democrática. Si hace diez meses se pudo hacer una elección en que claramente triunfó la oposición, quiere decir que hay todos los mecanismos para poder hacerla en pocos meses. No es Irán. Hay un sistema electoral. Sin embargo, estamos con un presidente de EE.UU. encantado con el tema petrolero, feliz en su relación con la presidenta en funciones Delcy Rodríguez y distante de la heroica líder opositora.
Estamos asistiendo a extraños procesos, en que va cambiando el rumbo. El objetivo de las guerras con Irán es destruir su armamento nuclear y su capacidad de agresión. El de la bienvenida deposición de Maduro es democratizar Venezuela.
No deja de preocuparnos cuando no se ven claros los objetivos. Y cuando fuerzas afines al gobierno se alinean ciegamente con los totalitarios del mundo.
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