Edición Nº 1097 - Viernes 11 de setiembre de 2026

Meloni: la estabilidad como victoria y como coartada

Viernes 11 de setiembre de 2026. Lectura: 9'

El gobierno italiano acaba de superar el récord de permanencia de Silvio Berlusconi. En un país acostumbrado a derribar gabinetes con desconcertante facilidad, haber alcanzado los 1.413 días constituye un mérito político indiscutible. Pero la duración también vuelve más exigente el balance: Giorgia Meloni ha demostrado que sabe gobernar y conservar el poder; todavía debe probar que puede transformar Italia.

La celebración organizada en Bari tuvo algo más que un propósito conmemorativo. Con el lema «El gobierno más estable, la Italia más fuerte», Giorgia Meloni quiso convertir un dato cronológico en la principal credencial de su administración. Desde el 4 de setiembre, el suyo es oficialmente el gobierno de mayor duración de la historia de la República Italiana, al haber superado los 1.412 días del segundo gabinete de Silvio Berlusconi, que gobernó entre 2001 y 2005.

La precisión es importante. Se trata del gobierno —es decir, del mismo gabinete sin una recomposición formal— más longevo desde la instauración de la República en 1946. Berlusconi permaneció más tiempo consecutivo como presidente del Consejo porque, después de la caída de su segundo gobierno, encabezó inmediatamente un tercero. El récord de Meloni es, por tanto, institucionalmente correcto, aunque algo menos espectacular de lo que su propaganda pretende.

De todos modos, no debe minimizarse. Italia ha tenido 68 gobiernos desde la posguerra y durante décadas convirtió la inestabilidad en una característica casi inseparable de su sistema político. Coaliciones frágiles, partidos que cambiaban de alianzas, primeros ministros derribados por sus propios socios y gabinetes técnicos llamados a administrar las emergencias fueron parte del paisaje habitual. En ese contexto, que Meloni haya mantenido unida durante casi cuatro años una coalición integrada por Hermanos de Italia, la Liga y Forza Italia representa un éxito político real.

Una política mucho más hábil de lo previsto

Cuando llegó al poder en octubre de 2022, Meloni generaba una profunda desconfianza fuera de Italia. Su partido tenía raíces posfascistas, su discurso era duramente soberanista y sus antiguos elogios a dirigentes como Viktor Orbán alimentaban el temor de que Roma se sumara al bloque de países enfrentados con Bruselas.

Nada de eso ocurrió en la medida anunciada. Meloni no abandonó sus convicciones conservadoras ni su retórica identitaria, pero entendió rápidamente que gobernar Italia era muy distinto de dirigir un partido de protesta. Moderó su euroescepticismo, mantuvo el compromiso italiano con la OTAN, respaldó con firmeza a Ucrania y construyó una relación pragmática con las instituciones comunitarias.

Esa adaptación explica buena parte de su supervivencia. Meloni consiguió conservar la adhesión de su electorado más duro mientras se presentaba en Bruselas, Washington y las principales capitales europeas como una dirigente previsible. No rompió con Europa: procuró influir sobre ella desde la derecha. Tampoco protagonizó el choque fiscal que muchos anticipaban. Por el contrario, su gobierno fue considerablemente más prudente con las cuentas públicas que varios de sus predecesores.

Su mayor logro ha sido, precisamente, esa normalización. Una fuerza nacida en los márgenes del sistema pasó a ocupar su centro sin provocar una crisis institucional. Meloni dejó de ser vista como una amenaza inmediata para convertirse en una interlocutora necesaria. En una Europa debilitada por gobiernos frágiles, coaliciones problemáticas y liderazgos desgastados, su continuidad le otorgó un peso internacional que Italia no siempre había tenido.

Las cuentas ordenadas, pero una economía que apenas avanza

La estabilidad política ayudó a tranquilizar a los mercados y permitió reducir progresivamente el déficit. La Comisión Europea estima que este bajará del 3,1% del producto en 2025 al 2,9% en 2026. Sin embargo, la deuda pública continuará aumentando y llegaría al 138,5% del producto este año y al 139,2% en 2027.

La disciplina fiscal constituye un mérito, especialmente para un gobierno que había llegado prometiendo rebajas tributarias, protección social y una política económica más expansiva. Pero no debe confundirse orden con dinamismo. La economía italiana continúa creciendo muy poco: la Comisión prevé apenas 0,5% para 2026 y 0,6% para 2027. Buena parte de la inversión sigue sostenida por los fondos europeos del Plan de Recuperación y Resiliencia, mientras permanecen sin resolver los problemas históricos de baja productividad, exceso de burocracia, fragmentación empresarial y enormes diferencias entre el norte y el sur.

El mercado laboral ofrece una imagen más favorable. En julio había 24.370.000 ocupados, 307.000 más que un año antes; el desempleo se situaba en 5,8% y el empleo permanente había crecido con fuerza. Sin embargo, la tasa de ocupación era todavía de apenas 63,2%, la desocupación juvenil alcanzaba el 18,9% y la participación femenina seguía mostrando debilidades.

Meloni puede reivindicar, entonces, más empleo y una administración fiscal responsable. Lo que no puede exhibir es un salto en productividad, salarios reales o crecimiento potencial. La pérdida de poder adquisitivo continúa pesando sobre el consumo y la inflación prevista para 2026 supera el aumento esperado de las remuneraciones. El gobierno consiguió que Italia dejara de inspirar temor financiero, pero todavía no logró que volviera a inspirar entusiasmo económico.

Inmigración: resultados y promesas incumplidas

El otro terreno donde Meloni dispone de cifras favorables es la inmigración irregular. Entre el 1.º de enero y el 31 de agosto de este año desembarcaron en Italia 19.497 personas, frente a 42.693 durante el mismo período de 2025. Los retornos forzosos y voluntarios también aumentaron: fueron 5.754 hasta fines de agosto, contra 4.291 un año antes.

La caída de los desembarcos es considerable y sería absurdo desconocerla. Los acuerdos con países del norte de África, el endurecimiento de las normas de asilo y la mayor presión sobre las redes de tráfico produjeron efectos. Pero tampoco puede atribuirse todo el descenso exclusivamente a las medidas italianas: los flujos migratorios dependen de conflictos, rutas, condiciones climáticas y decisiones de los países de origen y tránsito.

Además, el proyecto más publicitado por Meloni —los centros de procesamiento de migrantes en Albania— no funcionó como había sido anunciado. Las decisiones judiciales impidieron que se convirtiera en el gran modelo de externalización de solicitudes de asilo imaginado por Roma. Las instalaciones terminaron utilizándose principalmente para personas ya sometidas a procedimientos de expulsión desde territorio italiano.

La política migratoria resume bastante bien al gobierno: resultados parciales, una comunicación muy eficaz y una distancia apreciable entre las promesas originales y las realizaciones concretas.

Muchas leyes de seguridad, pocas reformas estructurales

La principal objeción al balance de Meloni aparece al observar sus grandes proyectos institucionales. La elección directa del presidente del Consejo —presentada por ella como «la madre de todas las reformas»— quedó detenida después de su aprobación inicial en el Senado. La reforma judicial fue rechazada en referéndum y la autonomía diferenciada reclamada por la Liga sufrió severos recortes de la Corte Constitucional.

El gobierno fue mucho más eficaz para aprobar medidas de seguridad y orden público: nuevos delitos, endurecimiento de penas, restricciones frente a ocupaciones, protestas, motines carcelarios, violencia juvenil e inmigración irregular. También redujo de cuatro a tres las franjas del impuesto a la renta y sustituyó el llamado ingreso de ciudadanía por prestaciones más restrictivas y condicionadas a la búsqueda de empleo.

Hay allí una orientación política reconocible, pero no una revolución conservadora. Meloni modificó prioridades, endureció el discurso del Estado y corrigió algunos excesos asistencialistas. No consiguió, en cambio, llevar adelante las reformas profundas con las que justificaba la necesidad de una mayoría sólida y duradera.

Ese es el aspecto más incómodo de su récord. Los gobiernos anteriores podían atribuir su impotencia a la brevedad de sus mandatos. Meloni ya no dispone de esa excusa. Tuvo mayoría parlamentaria, cohesión suficiente y casi cuatro años de continuidad. Si las reformas estructurales no llegaron, no fue porque faltara tiempo.

La estabilidad también tiene causas ajenas

La longevidad del gobierno no responde solamente a la capacidad de Meloni. También obedece a la debilidad de sus socios y a la fragmentación de la oposición.

Hermanos de Italia continúa siendo claramente la fuerza dominante de la coalición. Matteo Salvini perdió centralidad y Forza Italia, después de la muerte de Berlusconi, carece de una figura capaz de disputar el liderazgo. Ninguno de los dos socios tiene interés en provocar una crisis que probablemente los debilitaría todavía más. La disciplina de la coalición se explica tanto por la autoridad de Meloni como por el instinto de conservación de quienes la acompañan.

La oposición, a su vez, no ha conseguido construir una alternativa convincente. El Partido Democrático, el Movimiento 5 Estrellas y las fuerzas centristas pueden coincidir contra Meloni, pero todavía les cuesta acordar un programa, un liderazgo y una estrategia común. Mientras la elección aparezca como una disyuntiva entre la continuidad de la actual coalición y el regreso a la inestabilidad, la primera ministra conservará una ventaja poderosa.

Paradójicamente, la amenaza más novedosa surge por su derecha. El exgeneral Roberto Vannacci y su partido Futuro Nacional rondan el 8% en las encuestas, captando a votantes que consideran que Meloni se volvió demasiado moderada, europeísta e institucional. La primera ministra deberá decidir si enfrenta esa competencia reafirmando su pragmatismo o si endurece nuevamente su discurso, con el riesgo de perder el electorado moderado que conquistó durante estos años.

El mérito y el límite

Giorgia Meloni merece el reconocimiento de haber proporcionado estabilidad a un país que durante demasiado tiempo confundió la vitalidad democrática con la sucesión interminable de gobiernos. Mantuvo cohesionada una alianza compleja, actuó responsablemente en política exterior, evitó aventuras fiscales, mejoró las cifras de empleo y redujo significativamente los desembarcos de inmigrantes.

También incumplió buena parte de sus promesas más ambiciosas. La economía sigue estancada, la deuda continúa creciendo, los salarios arrastran años de deterioro y las grandes reformas institucionales quedaron paralizadas o fueron rechazadas. Su gobierno ha sido más competente para administrar que para transformar, más exitoso en la construcción de poder que en la modernización del Estado.

El récord, por eso, puede leerse de dos maneras. Es una victoria personal extraordinaria y una demostración de que la derecha italiana aprendió a gobernar dentro de las instituciones europeas. Pero también elimina la coartada tradicional de la política italiana. Después de 1.413 días, Meloni ya no puede pedir que se la juzgue por lo que habría hecho si hubiera dispuesto de tiempo.

El tiempo lo tuvo. Lo que resta saber es si la estabilidad será recordada como el punto de partida de una transformación o simplemente como el mayor logro de un gobierno que duró mucho más de lo que cambió.



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