Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026

Medio siglo de crueldad y mentiras

Edición Nº 1099 - Viernes 25 de setiembre de 2026. Lectura: 11'

Por Marcelo Birmajer

En su nuevo libro, Mario Firmenich se mantiene idéntico a sí mismo: reivindica los '70 como una guerra civil, falsea la historia y se inventa un Perón a su medida.

Mario Eduardo Firmenich, uno de los fundadores y principal dirigente de Montoneros, acaba de publicar Orígenes. Las raíces de nuestra militancia, un libro de más de 600 páginas donde reconstruye la formación ideológica de la organización armada y propone, al mismo tiempo, su propia lectura de la historia argentina.

Lo leí completo. No resultó fácil, pero dado que Firmenich fue una figura central de la tragedia argentina de la década del ’70, vale la pena saber cómo piensa hoy quien durante años dispuso de la vida de centenares de personas, tanto de integrantes de su propia organización como de civiles argentinos a los que consideraba sus enemigos: empresarios, periodistas, comerciantes, trabajadores, niños.

A diferencia de muchos de quienes luego reivindicaron a Montoneros, Firmenich no niega que en la Argentina haya existido una guerra civil. La reivindica. Tampoco sostiene que su organización fuera una agrupación política perseguida por sus ideas. Reconoce que Montoneros quería tomar el poder y se consideraba una organización político-militar.

Firmenich escribe que los Montoneros se asumían como integrantes de una organización “urbana, peronista y revolucionaria”, capaz de recurrir a distintos métodos de lucha: clandestina durante las dictaduras y legal bajo gobiernos elegidos por el pueblo. Agrega que por eso aceptaron con naturalidad la estrategia electoral tanto en 1973 como en 1983. Es una primera mentira contundente apenas en las primeras páginas del libro. En 1973, Montoneros aceptó el triunfo de Cámpora y luego el regreso al país de Perón. Pero el 25 de septiembre de ese año, apenas dos días después de la elección que llevó nuevamente a Perón a la presidencia, la organización asesinó a José Ignacio Rucci, uno de los hombres más importantes del sindicalismo y una pieza central del poder del presidente recién elegido.

Aceptar un resultado electoral no consiste solo en admitir que alguien ganó una elección. Consiste también en aceptar que ese presidente gobierne. Si a las pocas horas de su asunción, uno de sus principales lugartenientes es asesinado, es falso decir que la organización que lo ejecutó estuviera reconociendo la autoridad de las urnas. Montoneros continuó su actividad armada durante la democracia peronista y, en 1974, durante el gobierno de Isabel, anunció su regreso a la clandestinidad. Así, desconoció sucesivamente a Cámpora, al propio Perón y a su viuda.

Firmenich recurre a su propio diccionario —de tipo esotérico— para rechazar la denominación de su organización como “terrorista”. Dice que se trata de una etiqueta usada para demonizar a Montoneros y sostiene que la lucha armada clandestina contra un gobierno dictatorial puede ser ilegal, violenta y subversiva, pero que eso no la convierte en terrorista.

El argumento podría comenzar a discutirse si la actividad de Montoneros se hubiera limitado a combatir a una dictadura. Pero ya vimos que no fue así y podríamos agregar: proporcionalmente, Montoneros mató a más argentinos durante la democracia peronista, entre 1973 y 1976, que los que asesinó en el período dictatorial entre 1976 y 1983. Aunque valga una aclaración al respecto: a la mayor cantidad de sus propios combatientes, la conducción de la orga los sacrificó despiadadamente en los años del Proceso.

En el comienzo

Montoneros perpetró su asesinato “fundacional” durante el gobierno de Onganía. Su víctima fue Pedro Eugenio Aramburu, que en ese momento no sólo no formaba parte de la dictadura de la Revolución Argentina, sino que era además un adversario del propio Onganía. Tres años más tarde, ya con la democracia restablecida, continuaron las matanzas y secuestros contra civiles indefensos. Y también los ataques arteros y criminales contra las Fuerzas Armadas y de seguridad. Lanzaron una guerra civil injustificable e inexplicable.

Uno de sus actos terroristas más célebres fue el secuestro de los hermanos Born, en septiembre de 1974. Una organización político-militar que secuestra a dos jóvenes empresarios y le exige a su padre 60 millones de dólares bajo amenaza de asesinarlos está practicando terrorismo, no importa qué nombre prefiera darle a esa acción. Otro secuestro, inquietantemente menos recordado, fue el del director del diario El Día de La Plata, David Kraiselburd. Tras 22 días de cautiverio, los montoneros lo asesinaron el 17 de julio de 1974. La víctima era un librepensador, antifascista, defensor de la libertad de expresión y la democracia, con raíces socialistas.

En el volante que emitió Montoneros para justificar este asesinato se incluyó como acusación que Kraiselburd era “sionista”. Aquella barbarie hoy es vuelta a poner en palabras con las adecuaciones religiosas contemporáneas de Firmenich, que datan de sus tiempos de fundamentalista católico, al servicio del fundamentalismo islámico. En la página 143 escribe: “Los ejércitos del Tigre de los Llanos llevaban una bandera con la consigna «Religión o muerte» […] Es fácil comprender el significado político de esta bandera si nos imaginamos una consigna de este tipo en la actualidad, en un país del mundo islámico invadido por las tropas «liberales y laicas» de la OTAN”. Más adelante le rinde pleitesía a la organización islamonazi de Yasser Arafat, la OLP, de la cual Montoneros fue furgón de cola en Líbano. Con su colaboración organizaron la denominada Contraofensiva Estratégica entre 1979 y 1980, la mayor masacre que la conducción montonera les infligió a sus propios terroristas, desde luego que con la inestimable ayuda de Massera y otros jerarcas de la dictadura.

Firmenich recuerda el secuestro y asesinato de Aramburu y sostiene que Montoneros no actuó con crueldad. Como prueba de ello ofrece un detalle: después de ejecutarlo, los montoneros pidieron públicamente a Dios piedad por su alma. Es difícil imaginar una mejor síntesis de su combinación entre fanatismo religioso y violencia política: un grupo saca engañado de su casa a un hombre, lo secuestra, organiza una parodia de juicio y lo fusila. Luego considera que no fue cruel porque rezó por él. Todo el relato tiene algo de farsesco.

Si Firmenich hubiera conducido una revolución victoriosa, fundado un Estado o transformado de algún modo la sociedad argentina, aun siendo igual de criminal, posiblemente sus palabras serían leídas con el obligado pragmatismo que se le concede a un interlocutor influyente. La victoria suele otorgar incluso a los peores dirigentes un aura retrospectiva de seriedad. Pero Firmenich no puede mostrar nada parecido. Montoneros no produjo ni una mejora laboral que pueda reivindicar ni una ley ni una reforma social ni una institución perdurable. No mejoró en ningún aspecto la realidad argentina. Dejó muertos, terror, trauma y una contribución decisiva al clima que desembocó en la peor tragedia política argentina de la segunda mitad del siglo XX. Sin poder, sin victoria y sin resultados que exhibir, queda desnudo el pensamiento delirante que justificaba aquella violencia.

Después del indulto otorgado por Carlos Menem (que los montoneros pagaron con el dinero robado de manera infame a los Born), Firmenich recapitula que durante años fue demonizado por los medios y presentado como alguien merecedor de una censura absoluta. Pero al mismo tiempo relata que, apenas recuperada su libertad, apareció en televisión y concedió entrevistas. En una de ellas, reporteado por Enrique Llamas de Madariaga, llegó a sostener que él no impartía órdenes concretas dentro de Montoneros. Que las decisiones surgían de una suerte de consenso interno y que los miembros de la organización sabían cada uno por su cuenta qué debían hacer.

Hay criminales de la política que asumen su responsabilidad: no es el caso del asesino Firmenich, el jefe de una organización vertical, clandestina y militarizada. Pese a ello, cuando llega el momento de hacerse cargo de sus actos, el mando se evapora. En una conocida conversación con Gabriel García Márquez, Firmenich afirmó que Montoneros estaba preparada para perder más de 1.500 cuadros. Ahora, en Orígenes, vuelve a hablar de una “moral revolucionaria” opuesta al individualismo liberal: quien privilegia su propia seguridad, sostiene, pone en riesgo a sus compañeros y a la organización. Pero esa moral revolucionaria parece haber sido bastante más exigente con los terroristas súbditos que con el propio Firmenich y los otros capangas de la conducción: Roberto Pernía y Fernando Vaca Narvaja. A ellos no les tocaron ni un pelo, mientras que muchos de sus terroristas súbditos fueron secuestrados, torturados y asesinados. No parece una situación particularmente convincente de desprecio por el individualismo. Menos aún al quedarse con el botín de los Born.

Firmenich recuerda la detención de su esposa en 1976 y afirma que ella resistió la tortura sin delatarlo. A lo largo del libro insiste en la idea de que un militante lo suficientemente formado moralmente puede resistir el tormento, y que delatar bajo tortura constituye una falla revolucionaria. Probablemente sea la afirmación más cruel que dirige contra sus súbditos terroristas. Firmenich no fue torturado. Y juzga, desde esa impunidad, a quienes efectivamente estuvieron en manos de torturadores.

El cuerpo humano tiene límites. La tortura fue diseñada precisamente para quebrarlos. Convertir la resistencia física al tormento en una prueba de pureza moral es trasladar a la víctima una responsabilidad que agrava las consecuencias del tormento para quienes sobrevivieron. Por otra parte, la esposa de Firmenich en verdad ni siquiera fue torturada: la mantuvieron en una prolija detención y la liberaron inexplicablemente a los tres meses. Inversamente, a Norma Arrostito, la más destacada de entre las terroristas mujeres, no sólo la torturaron y mantuvieron desaparecida, sino que la obligaron durante meses a convencer al resto de sus compañeros cautivos de que habían sido derrotados. Luego, la asesinaron.

Verdadero peronismo

Quizás el apartado más patético, en términos conceptuales, de Orígenes, sea el modo en que Firmenich reinventa a Perón. Montoneros se definía como peronista. Firmenich insiste en que el peronismo era un movimiento esencialmente cristiano y revolucionario. En un momento, recuerda el conflicto de Perón con la Iglesia Católica y menciona la adhesión del líder a un “acto espiritista” de la Escuela Científica Basilio cuyo lema era “Jesús no es Dios”. Firmenich considera aquello una provocación incomprensible por parte de Perón. Pero si el peronismo es cristiano y, tal como su nombre lo indica, lo conduce Perón, y éste adhiere públicamente a una consigna incompatible con el cristianismo, existe un problema lógico irresoluble.

Firmenich no lo resuelve. Conserva su definición del peronismo y desmiente, quizás telepáticamente, a Perón. O bien Perón pensaba algo opuesto a su adhesión a la Escuela Científica Basilio, o bien el propio General no era peronista. Lo mismo ocurre cuando recuerda una anécdota en la que Perón aseguraba haberle dado un consejo a Mussolini en los años de su estadía en Italia. Firmenich reproduce el relato, pero enseguida explica que Perón estaba fanfarroneando, que la anécdota narrada era falsa. Que no le creamos a quien consideraba su líder, sino a él, a Firmenich. Y vuelve a hacerlo con el golpe militar de 1943. Perón reivindicó muchas veces su participación, que fue además el punto de partida de su carrera política. Firmenich, sin embargo, sostiene que el papel del por entonces coronel fue marginal y que también respecto a aquel episodio “se mandaba la parte”. Un dirigente terrorista que pasó su vida política proclamándose peronista termina explicándonos que Perón no era exactamente como Perón decía. El verdadero sería aquel que Firmenich necesita para justificar a Montoneros.

Medio siglo después de los hechos, hoy sabemos que el putsch montonero fracasó, que sus principales decisiones políticas condujeron al desastre y que la orga se diluyó, quedando con vida sus tres principales gerifaltes. Perdía fundó un partido político llamado OLP antes de morir de muerte natural en 2024. Su apellido profetizaba su destino político militar.

La historia de Montoneros, narrada por Firmenich, no me recuerda a Tupac Amaru —tal como Firmenich pretende en su libro—, sino a otro peruano tristemente célebre: Abimael Guzmán, el Camarada Gonzalo. Fundador y jefe principal de Sendero Luminoso, el grupo terrorista maoísta peruano. El mismo que comenzó su plan criminal ahorcando perros en postes en las calles de Lima para criticar la política económica del por entonces recién asumido líder chino Deng Xiaoping. Ese delirio infame y protagónico por medio del crimen enlaza con la biografía de Montoneros escrita por Firmenich. Las huellas insensatas de sangre que dejan en la Historia.



Marcelo Birmajer, escritor y guionista argentino, publicó originalmente este artículo en el medio argentino "Seúl". Por abordar un libro reciente del exjefe montonero Mario Eduardo Firmenich y ofrecer una mirada sobre un capítulo particularmente controvertido de la historia argentina, Correo de los Viernes lo reproduce por estimarlo de interés para sus lectores.



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