Me duele mi país
Viernes 1 de mayo de 2026. Lectura: 3'
Por Susana Toricez
El miedo cotidiano y la desconfianza ya no son excepciones, sino hábitos incorporados en la vida urbana. En este testimonio, una madre reconoce cómo tuvo que enseñarle a su hijo a cuidarse en una sociedad que siente más insegura y desorientada, y plantea una crítica directa a las decisiones políticas que, a su entender, erosionaron la autoridad, la educación y la convivencia.
Hace unos días me sorprendí diciéndole a mi hijo exactamente todo lo opuesto a lo que traté de enseñarle desde niño.
Entre otras cosas, le dije que por la calle no confiara en nadie, que no le diera pena lo que veía y que, en caso de una discusión, se alejara sin más.
Me sentí tan mal que hubiera querido decirle, al final, que no me hiciera caso. Pero no. Me contuve, porque en realidad es lo que pienso.
Yo misma camino por Montevideo siempre con recelo; no confío en nadie.
¡Y eso es tan triste! Pero es la realidad que estamos viviendo en nuestro querido país.
Ir por la vereda o por la calle mirando siempre para todos lados, no entablar conversación con nadie y, en caso de un problema en el tránsito, ayudar sin discutir o, sencillamente, alejarse.
¡Qué tristeza siento al escribir esto! No soy yo.
Son mis palabras, pero no son los conceptos con los que me formé ni con los que he formado a mi hijo.
Esa dicotomía entre lo que soy y la forma de comportarme me hace sentir tan alejada de lo que fue mi Uruguay: el que supe recorrer despreocupadamente, disfrutando de otra sociedad.
Ahora piso basura, tropiezo con carpas en las veredas, veo personas con expresiones psiquiátricas en sus rostros por doquier.
Cruzo por esquinas céntricas a oscuras y respiro con tranquilidad cuando llego a un lugar donde hay seguridad y buena iluminación.
Hace tiempo que no uso ningún accesorio: ni relojes, ni cadenas ni caravanas; nada que sea apenas vistoso.
No soy yo. Tengo miedo.
¿Qué nos pasó como sociedad? ¿Por qué estamos como anestesiados? ¿Cuál es la razón por la que soportamos tantas miserias humanas?
Todos tenemos una idea bastante aproximada de la causa de estos males.
Causas que, según esta visión, se consolidaron durante largos quince años y continúan desde entonces.
Es precisamente por eso que, a esta altura, estoy convencida de que los gobiernos del Frente Amplio tienen como efecto generar sociedades más pobres, con miedo y con menos educación.
Reclamando todo tipo de derechos, dejaron a los padres y a los maestros sin autoridad.
Le hicieron creer a toda una generación que cualquier corrección era violencia, que si los padres daban un correctivo podían ser denunciados.
Los docentes tampoco podían hacer nada, porque cualquier reto o intento de poner orden terminaba en problemas para ellos.
Nos hicieron creer que criar hijos libres era criarlos en el vacío.
A los niños les enseñaron que toda exigencia era abuso, y hoy vemos las consecuencias.
Aquellos futuros ciudadanos crecieron sin límites y sin rumbo.
Encima, les dejaron la droga al alcance de la mano, deterioraron la educación, soltaron a una generación entera; algunos hicieron negocios y se llenaron los bolsillos, y ahora quieren echarle toda la culpa a quienes estaban educando.
Hoy señalan a los padres, cuando fueron ellos quienes durante años debilitaron la autoridad de la familia y de la escuela.
Falló el Estado, falló el sistema, y ahora quieren que los padres arreglemos solos el desastre que ellos mismos provocaron.
Por eso, NADIE HACE NADA.
Ante este Estado omiso, debería ser una obligación denunciar cada situación degradante que nos afecte como ciudadanos.
Está en nosotros hacerlo cada vez que tengamos oportunidad.
Pero, por sobre todo, está en nosotros votar en las próximas elecciones por alguien que comparta los valores con los que nos formamos y que hoy parecen haberse perdido.
En definitiva, votar por quien le importe de verdad el ciudadano honesto y su educación, que son los pilares de nuestra sociedad.
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