Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

Marset y nuestros muchachos

Viernes 20 de marzo de 2026. Lectura: 5'

Por Julio María Sanguinetti

La captura del narcotraficante Sebastián Marset vuelve a poner en primer plano el espectáculo del gran crimen organizado, con su mezcla de violencia, dinero y corrupción. Pero detrás de esa historia novelesca se esconde un drama mucho más profundo: el de una sociedad que convive con el crecimiento del consumo de drogas y sus devastadoras consecuencias en miles de jóvenes y familias.

La caída del célebre Marset nos introduce en ese mundo de fantasía propio de las habituales seriales norteamericanas. No hubo resistencia, lo que le hubiera dado más resonancia, más glamour, pero por lo menos hay una flota de avionetas y otros elementos del libreto usual. El caso genera, además, un sesgo muy particular porque era vox populi que el requerido estaba en Santa Cruz de la Sierra y que hasta jugaba al fútbol con un nombre cambiado. Solo nombre, no rostro, porque el que fue preso es igual al que se conocía y al que entrevistó la periodista Patricia Martín, que estuvo con él y su familia durante tres extraños días. Da la impresión de que actuaba con una insólita sensación de impunidad, pero la prisión de su esposa, según se dice, ha sido un golpe fuerte para quien ya estaba viviendo en la soledad de los afectos, dimensión sentimental que también ha aparecido en el relato.

Como fue claro el ministro paraguayo con Ignacio Álvarez, la policía boliviana poco o nada hacía hasta que cambió el gobierno y rápidamente se llegó a la captura del narcotraficante. Si alguien ha quedado expuesto son los gobiernos anteriores, el de Evo Morales y su hoy alejado heredero. Es muy notoria la complicidad de las autoridades. Es el gran riesgo de este tipo de delincuencia, cuya capacidad de corromper con una combinación de dinero y amenazas tiene solo los límites del heroísmo.

La DEA se llevó a Marset a los EE. UU. y allí se inician actuaciones judiciales. Está también requerido por Bolivia y Paraguay, no por Uruguay, donde hasta ahora no se le habían atribuido actividades ilícitas. Cuando se le otorgó el famoso pasaporte ni Interpol lo tenía requerido. La publicidad sobre su nombre y la leyenda ha sido posterior. Con mucha demagogia algunos voceros frentistas pretenden vincular todo el tema al pasaporte (absolutamente legal en su momento) y el propio ministro intenta treparse al éxito, saltándose muchos escalones, porque nada tuvimos que ver en esta feliz operación policíaca y militar.

Todo esto es lo novelesco. Lo dramático está detrás. Empieza en la hipocresía de que se lanza la Operación Lanza del Sur, cuando el mayor mercado de la droga está en el Norte, el lavado está en el Norte y no se tienen noticias sobre algún gran narcotraficante del Norte. Aparentemente allí no los hay. Tampoco entidades financieras que lavan dinero. Por supuesto, eso no nos exonera, pero mortifica esta dualidad de criterio.

El drama sigue de verdad entre nosotros. Por el tráfico, obviamente, pero tanto o más por la demanda. Personalmente creo que la regulación de la marihuana ha hecho daño a la percepción colectiva del vicio. Ha bendecido la droga que se reconoce como el inicio, la droga que hace mucho daño pero a más largo plazo, diluyendo así su impacto. Es muy difícil lograr una educación reactiva para las drogas cuando se persigue el cigarrillo pero se legitima la marihuana. El tabaco paga impuestos. La marihuana nada, y cuando se osa gravarla se dice que estamos ayudando al narco porque los consumidores se pasarán de la producida por el sistema estatal a la clandestina. Eso pasa con el cigarrillo como con los relojes o hasta las camisas con marcas falsificadas. En todo caso, el mensaje es muy fuerte: el tabaco está maldecido, la marihuana tan promovida que comparte la exoneración de impuestos con la benemérita leche o los respetables libros.

Ocurre que el tabaco es de derecha, la marihuana es de izquierda. El cigarrillo es de viejos, la marihuana es “cool”, es canchera, es moderna. Los jóvenes de nuestro tiempo, amenazados de dispersión por la superficial lectura “en picoteo” de las redes, sufren en la marihuana un impacto directo sobre la concentración y la memoria. No es instantáneo y por eso no genera drama. Es un enemigo silencioso y solapado.

Se sabe que las prohibiciones por sí solas no son la panacea. Desde la “ley seca” de los EE. UU. y Elliot Ness persiguiendo a los delincuentes sabemos que no es el remedio mágico. A la inversa, sin embargo, tampoco es saludable banalizar el tema hasta tal punto que se está ya en un momento trágico. Basta leer la crónica policial o simplemente salir de noche a la calle y ver a los zombies arrastrando los pies o acostándose en el medio de la calle.

Hay que crear conciencia, hay que maldecir el consumo, aunque se corra el riesgo del estigma para quienes han caído. Está claro que es un enfermo y no un delincuente. Sin embargo, debe sentir que no es inocente, que se está haciendo un daño a sí mismo pero afectando también a su entorno y que si no parte de un real arrepentimiento, de la conciencia de que se ha degradado y que terminará condenado por la sociedad, tampoco llegaremos a nada. Lo hemos escuchado a gente que trabaja en este tema y que me habla de la saturación de los servicios privados y especialmente los públicos, adonde recurren los que menos recursos tienen en procura de las esquivas rehabilitaciones.

Es un tema molesto. Deprime. No da ganas de hablar de él. Las familias que lo padecen, incluso, ocultan. Como antes con la lepra. Pero sufren lo indecible.

Persigamos a todos los Marset del mundo. Pero no olvidemos que viven de muchachos que tenemos alrededor nuestro. De familias asediadas y derrumbadas por un hijo que “cayó”, como se dice habitualmente.



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