Maneco y la coherencia democrática
Edición Nº 1069 - Viernes 20 de febrero de 2026. Lectura: 3'
El 15 de febrero su cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de Manuel Flores Mora y del retorno parlamentario en 1985. Corresponde, pues, repasar su trayectoria, testimonio inquebrantable de lealtad republicana sin fisuras.
Manuel Flores Mora —“Maneco” para la memoria colectiva— fue, ante todo, un hombre de letras que llevó la palabra a la política sin degradarla: periodista fino, ensayista lúcido, historiador y parlamentario que supo convertir la argumentación en una herramienta de lealtad a las instituciones republicanas. Nacido en 1923, su vida desplegó las facetas de un intelectual en acción: la pluma, la tribuna y el escrutinio constante sobre el poder público.
Perteneciente a la llamada Generación del 45, Maneco articuló en su obra y en su práctica pública una convicción básica: el debate democrático y la crítica fundada son la mejor vacuna contra el autoritarismo. Ese ethos lo acompañó desde su práctica periodística —en diarios como Acción y más tarde en El Día— hasta su trabajo legislativo y su tránsito en el gobierno.
Político de profundas raíces coloradas, Flores Mora combinó el rigor analítico con la sensibilidad literaria. Fue diputado y senador, ocupó carteras ministeriales —Ganadería y luego Trabajo— y dejó constancia de una independencia crítica.
La dictadura de 1973 puso a prueba a varias conciencias públicas. Maneco no se escondió: convertido en uno de los más firmes opositores al régimen militar desde el primer día, mantuvo su compromiso desde la escritura y el periodismo. Participó del consejo editorial de El Día y, en los años finales del régimen, fue una voz destacada en las contratapas de la revista Jaque, páginas en las que denunció atropellos —memorable la investigación que dejó en evidencia que Vladimir Roslik había sido torturado hasta la muerte en el Batallón de Infantería N° 9 de Fray Bentos— y sostuvo, con argumentación serena y valentía pública, la vigencia de derechos y libertades. Su pluma fue, durante la oscuridad autoritaria, una luz orientadora.
Hay un gesto simbólico que sintetiza su vida: murió el 15 de febrero de 1985, el mismo día en que el Parlamento se reinstalaba y la democracia retornaba al país después de once años de dictadura. Es una imagen potente que la historia registra: la despedida de un demócrata coincide con la vuelta de las instituciones que él defendió. Su figura, así, encarna la continuidad entre pensamiento crítico y restauración republicana.
¿Por qué resuena hoy la figura de Flores Mora? Porque su ejemplo ofrece una lección práctica: la democracia no es un inventario de rituales; es una actitud sostenida por voces que no se canjean por comodidad ni por prebendas. Su coherencia —la renuncia frente a decisiones que consideró inconvenientes, la denuncia durante la dictadura, el regreso de la palabra pública— es un recordatorio de que la defensa institucional exige constancia, sutileza y, cuando la ocasión lo demanda, coraje.
Maneco enseñó que la tarea del intelectual no es la pose, sino la responsabilidad. Que la crítica, para ser eficaz, debe estar fundamentada en datos, en historia y en argumentos; que la palabra sin rigor pierde fuerza, y que la política sin principios es pura oportunidad. En tiempos en que las democracias envejecen bajo nuevas tensiones, su figura invita a reafirmar una regla simple y exigente: la lealtad a las instituciones se demuestra en los actos cotidianos, en las renuncias necesarias y en la defensa pública de los derechos fundamentales.
Hoy, al evocar a Maneco, celebramos a un hombre que supo unir la pluma al compromiso. Lo hacemos no para idealizar su figura, sino para tomarla como brújula: en la encrucijada contemporánea, la democracia necesita voces así —serias, independientes, fundadas— que pongan el acento en la verdad y no en la conveniencia. Esa es, en definitiva, la memoria viva legó al país.
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