Edición Nº 1068 - Viernes 13 de febrero de 2026

Malas noticias

Viernes 20 de diciembre de 2024. Lectura: 2'

La despedida simultánea de la emblemática radio “El Espectador” (que se convertirá en una radio deportiva) y programas como “Santo y seña” en Canal 4, representan una gran pérdida. No se trata simplemente de decisiones empresariales estratégicas, que en sí mismas no son objeto de cuestionamiento, sino de la desaparición de espacios que, cada uno a su manera, contribuyeron al debate público. Este doble desenlace, ocurrido en la misma semana, no es solo un giro en la programación de los medios, es una mala noticia para la democracia.

El periodismo, en su esencia, no es un producto más en la oferta mediática. Es un pilar fundamental de cualquier sociedad democrática, un mecanismo que permite denunciar abusos y exigir transparencia. Espacios como Santo y seña, liderado por Nacho Álvarez, se destacaron por su capacidad de poner temas sensibles sobre la mesa, investigando con rigor y generando discusiones que traspasaban los límites de la pantalla. Los diversos programas del El Espectador, por su parte, ofrecían un análisis informado y plural, vital para comprender el contexto político y social del país.

La desaparición de ambos, aunque en contextos distintos, refleja una tendencia preocupante: el desplazamiento del contenido periodístico en favor de formatos más ligeros, como deportes o entretenimiento. Canal 4, con su decisión de enfocarse en realities y concursos, y El Espectador, transformándose en una emisora exclusivamente deportiva, están apostando por estrategias que pueden ser más rentables en el corto plazo, pero que dejan un vacío significativo en el ecosistema informativo.

Esta transformación no es un problema exclusivo de Uruguay. Los medios tradicionales enfrentan enormes desafíos en todo el mundo, con audiencias fragmentadas, el ascenso de las redes sociales y un modelo económico cada vez más dependiente de ingresos publicitarios. Sin embargo, en un mercado pequeño como el uruguayo, estas decisiones tienen un impacto mucho mayor. Cada espacio periodístico que desaparece es irremplazable, porque simplemente no hay suficientes alternativas para llenar ese vacío.

Es importante aclarar que no se trata de demonizar las estrategias empresariales. Los medios son empresas, y como tales, deben adaptarse a las exigencias del mercado para subsistir. Sin embargo, cuando estas adaptaciones implican el sacrificio del contenido periodístico de calidad, el costo no se limita al ámbito empresarial. Es un costo que paga toda la sociedad.

La pregunta que surge es: ¿quién llenará el vacío que dejan estos programas? ¿Cómo se garantizará que las voces críticas y los enfoques rigurosos sigan teniendo un lugar en el espacio público? Estas son interrogantes que no solo los empresarios, sino también los consumidores de medios, deben hacerse. Porque en última instancia, la supervivencia del periodismo no depende solo de las decisiones de los dueños de los medios, sino de una ciudadanía que valore y consuma contenido de calidad.



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