Lust, Salle y la vieja estrategia de dividir para reinar
Viernes 17 de julio de 2026. Lectura: 5'
Por Gonzalo Durañona
El avance de Eduardo Lust y Gustavo Salle con su permanente cuestionamiento a los acuerdos políticos reaviva el debate sobre los límites entre la crítica legítima y el discurso antisistema. El autor sostiene —con muy buenas razones— que convertir toda negociación en sospecha erosiona la confianza en las instituciones y termina debilitando la gobernabilidad democrática.
Hay una forma de hacer política que no busca resolver problemas, sino vivir de ellos. No ordena el debate público: lo enturbia. No fortalece la confianza en las instituciones: la erosiona. Su método es antiguo: fragmentar, confundir, dividir para reinar.
En esa lógica parece moverse Lust. Su crítica al gobierno es legítima, como toda crítica política fundada. El problema aparece cuando esa crítica se convierte en una sospecha permanente sobre todos: el gobierno, la oposición, los partidos, el Parlamento y cualquier acuerdo que no termine en ruptura.
Ese discurso puede resultar atractivo en tiempos de cansancio ciudadano. Y ese cansancio existe. Muchos uruguayos sienten que trabajan cada vez más para sostener un Estado más caro, más pesado y no necesariamente más eficiente. Ven crecer el costo de vida, las tarifas, los impuestos y la burocracia, mientras la distancia entre las promesas y los resultados se amplía.
Durante quince años de Frente Amplio, ese problema no se corrigió. El Estado siguió expandiéndose, con más gasto, más estructuras, más déficit y mayor presión sobre quienes producen. Cada peso que el Estado absorbe sin devolver mejores servicios sale del trabajo, del ahorro, del consumo o de la inversión de los uruguayos.
La coalición llegó al gobierno con grandes expectativas. Cumplió compromisos relevantes: frenó nuevas cargas impositivas, aprobó la Ley de Urgente Consideración, enfrentó la pandemia y contuvo el deterioro de la seguridad. No fue un gobierno perfecto, pero gobernó en circunstancias excepcionales.
Aun así, perdió la elección frente a una campaña que hizo de la supuesta superioridad moral su principal bandera. Se presentó a la coalición como insensible o corrupta y se instaló una caricatura de su gestión. De esa derrota quedaron dos lecciones.
La primera es que no alcanza con gobernar razonablemente bien: también hay que explicar, defender y recordar lo hecho. La memoria colectiva es breve y, cuando una mentira no se responde, termina avanzando. Defender la verdad con firmeza no es agresividad; es una obligación democrática.
La segunda es que la honestidad no puede quedarse en un eslogan. El gobierno de Orsi acumuló rápidamente renuncias, cuestionamientos éticos, explicaciones insuficientes, conflictos internos y episodios como el de la camioneta, que golpearon el relato de austeridad y transparencia con el que el Frente Amplio buscó diferenciarse.
No se trata de celebrar esos tropiezos. El país necesita un gobierno que tenga éxito en seguridad, empleo, educación y crecimiento. Pero también corresponde señalar la distancia entre la prédica moral de campaña y la realidad del ejercicio del poder.
Ahora bien, defenderse de la mentira no significa romper todos los puentes. En una democracia parlamentaria, los partidos deben negociar, discutir, ceder y acordar. Eso no es una debilidad del sistema: es precisamente su funcionamiento.
Una democracia seria no puede dejarse capturar por quienes convierten toda negociación en sospecha, toda prudencia en complicidad y todo acuerdo en traición.
La fortaleza de los partidos no protege dirigentes; protege la gobernabilidad. Los partidos fuertes ordenan la representación, procesan diferencias y construyen mayorías. Cuando cada enojo se convierte en una candidatura y cada dirigente en una isla, la política se vuelve más ruidosa, más frágil y menos eficaz.
Un ejemplo lo demuestra. En la discusión sobre el límite para pagos en efectivo, el Frente Amplio proponía un tope de $100.000. El Partido Colorado negoció para elevarlo al entorno de los USD 30.000. Sin esa negociación, la restricción habría sido mucho mayor. Negociar no fue entregarse; fue mejorar una mala propuesta.
Desde la lógica de Lust, sin embargo, ese tipo de acuerdos puede presentarse como connivencia. No es una lectura ingenua. Lust conoce perfectamente cómo funciona el Parlamento y sabe que la oposición no puede limitarse a incendiar todo por cálculo electoral. También sabe que denunciar a todos suele dar más visibilidad que explicar matices.
Llama la atención, además, que esa vara moral no siempre mida a todos por igual. Lust cuestiona con dureza a la oposición responsable, pero rara vez dirige la misma severidad hacia antiguos compañeros de ruta, como Perrone, cuando acompaña al Frente Amplio en asuntos relevantes.
Uruguay ya vio una estrategia similar con Gustavo Salle: un dirigente hábil para canalizar el descontento presentándose como enemigo de todos. Reunió bajo un mismo discurso a sectores muy distintos, ofreciendo a cada frustración un culpable y a cada enojo una consigna.
El desenlace fue menos épico que el relato. El antisistema terminó instalado en el propio sistema. Salle ocupó una banca parlamentaria y también encontró lugar para su hija. Después de denunciar a todos, aceptó sin reparos las ventajas del mismo sistema que decía combatir.
Ese es el problema de estas figuras. No necesariamente buscan resolver el malestar que denuncian; muchas veces buscan administrarlo. Lo convierten en marca personal y capital político. No necesitan que la ciudadanía comprenda mejor la realidad; necesitan que desconfíe cada vez más de todo.
La crítica política es indispensable. El control parlamentario fortalece la República. Pero convertir la sospecha permanente en programa, la indignación en negocio electoral y la destrucción de la confianza pública en método de acumulación personal es otra cosa.
Oficialismo y oposición tienen una responsabilidad superior: ofrecer soluciones. El gobierno debe gobernar con transparencia y asumir sus errores. La oposición debe controlar, denunciar cuando corresponda, proponer alternativas y cuidar la institucionalidad. Nada de eso mejora con gritos, insinuaciones o moralina.
Una democracia seria necesita partidos serios. Necesita debate y confrontación, pero también estabilidad, gobernabilidad y responsabilidad. El Parlamento no existe para representar purezas individuales, sino para transformar diferencias en decisiones posibles.
Por eso conviene mirar con atención lo que Lust representa. No estamos simplemente ante un legislador crítico. Estamos ante una forma de hacer política que se alimenta de la fragmentación, necesita confundir para crecer y busca dividir para reinar.
Y eso, en un país que necesita seriedad, trabajo y responsabilidad, no es rebeldía democrática. Es oportunismo disfrazado de virtud.
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