Los silencios del pasado
Viernes 15 de mayo de 2026. Lectura: 3'
Por Luis Hierro López
A un año de la muerte de Mujica, es más posible trazar un juicio sobre su potente y variable personalidad.
José Pepe Mujica fue presidente por la voluntad popular y eso, en un país como Uruguay, sería suficiente como para decir “Fue presidente. Y punto”. Somos un pueblo que, por suerte, respeta mucho a los presidentes y a la investidura que eso significa. Haber llegado a esa condición significa una especie de olvido de todo lo que haya hecho antes, bueno o malo.
Mujica fue, además, amnistiado por la ley de 1985, por lo que la República le perdonó u olvidó sus delitos anteriores, dirigidos, precisamente, contra la República.
Fue, además, uno de los líderes más populares desde que se restauró la democracia y han sido indudables sus gestos y compromisos en favor de ella. Mujica nunca dijo “me equivoqué”, “pido perdón”, pero no hay dudas de que sus aportes a la convivencia democrática han sido sinceros y efectivos. Haber conducido al MLN después de 1985 a la vida electoral y parlamentaria, cuando muchos de sus dirigentes aún estaban armados preparándose para una nueva revuelta, debe haber sido, sin duda, una tarea muy difícil, pero lo hizo, con habilidad, paciencia y coraje. Esa fue su gran conquista.
Luego fue un presidente inconcluso, voluntarista, que dirigió un equipo de ministros y gobernantes que fue desprolijo e incompetente y que produjo una mala gestión. Nadie recuerda en Uruguay una obra que lleve su sello.
Pese a ello, volvió al llano envuelto en la popularidad y murió tras alcanzar un nivel legendario.
A pesar de toda a toda esa notable trayectoria, hay silencios en torno a su vida y a sus compromisos. Uno de ellos tiene que ver con sus acuerdos —extraoficiales, pero no por ello menos auténticos— con los militares, a propósito de temas complicados, como el de los desaparecidos, asunto en el que tanto él como su colega y fiel amigo Fernández Huidobro, quien llegó a ser nada menos que ministro de Defensa, guardaron siempre distancia de las posiciones radicales de algunos sectores frenteamplistas. Allí hay zonas de silencio que ni sus biógrafos ni los historiadores han podido desentrañar. (Agrego un comentario totalmente subjetivo: siempre me pareció que Mujica sabía algo, pero que pensaba que su revelación aumentaría la cadena de venganzas que él quería evitar). “Esto se terminará cuando estemos todos muertos”, dijo un día, proféticamente, refiriéndose a los enfrentamientos sobre el pasado reciente. Y así es, la mayoría, si no la totalidad de los protagonistas, están fallecidos, pese a que la Justicia (¿Justicia?) sigue procesando a tenientes y capitanes de aquella época con testigos poco creíbles y pruebas inexistentes o imaginadas. Tanto Mujica como su esposa Lucía han declarado que había testimonios inválidos ante los juzgados. El propio fiscal Perciballe, especializado en crímenes de lesa humanidad, dijo en algún momento que, si no había pruebas, se manejaba con la convicción suficiente, es decir, como hacían los jueces nazis.
Se acusa desde la organización Familiares y desde voceros de otras corporaciones “compañeras” a los militares por mantener silencio. Es así, los que algo sabían de los desaparecidos se han muerto hace tiempo, y se murieron sin contar toda la historia, así como hizo Mujica, quien contribuyó, desde la apertura democrática, a desmantelar el clima de venganza. Pese a ello, el instinto persecutorio se mantiene y, tras violentar la voluntad popular expresada en dos oportunidades, la Justicia sigue procesando a personas que, es muy posible, no tengan vinculación alguna con los hechos terribles de aquel tiempo.
La historia tiene sus silencios, sus vacíos y sus complejidades. Mujica lo sabía, pero el fiscal Perciballe no. Mujica dio vuelta la página; hay otros que siguen revolviendo el pasado.
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