Los recursos que nunca estuvieron parados
Edición Nº 1086 - Viernes 26 de junio de 2026. Lectura: 4'
Por Santiago Torres
La afirmación del presidente Yamandú Orsi de que las Fuerzas Armadas son “recursos” que no pueden estar “parados” revela una concepción equivocada sobre la naturaleza de la función militar. La preparación permanente no es inactividad: es, precisamente, el núcleo de la misión que toda fuerza armada profesional cumple en cualquier país.
Las palabras de un presidente siempre importan. No solo porque expresan una opinión, sino porque revelan la concepción desde la cual se ejerce el mando. Por eso me llamó la atención la afirmación del presidente Orsi al referirse a las Fuerzas Armadas: “Los recursos que el Uruguay tiene no los puede tener parados, los tiene que poder utilizar”.
La frase parece sencilla. Incluso podría interpretarse como una apelación al aprovechamiento de capacidades estatales. Sin embargo, encierra un presupuesto equivocado: que las Fuerzas Armadas constituyen un recurso que permanece inactivo hasta que el poder político decide darle alguna utilidad adicional.
Nada más lejos de la realidad.
Las Fuerzas Armadas no son maquinaria almacenada en un depósito esperando que alguien les encuentre un empleo. Su función esencial exige un entrenamiento permanente, una preparación continua y una disponibilidad constante. La capacidad militar no aparece cuando surge una emergencia; se construye todos los días, muchas veces de manera silenciosa e invisible para la ciudadanía.
El soldado que entrena, el piloto que acumula horas de vuelo, la tripulación que realiza ejercicios navales, el oficial que planifica operaciones, el personal que mantiene vehículos, aeronaves, radares o sistemas de comunicaciones, todos están cumpliendo exactamente la misión para la cual existen las Fuerzas Armadas: preservar una capacidad de defensa nacional que debe estar disponible cuando el país la necesite.
La preparación no es un tiempo muerto. Es la esencia misma de la profesión militar.
Ningún país serio considera que sus Fuerzas Armadas son recursos “parados”. Sería tan absurdo como afirmar que un cuerpo de bomberos permanece “parado” porque no hay incendios. La disponibilidad constituye precisamente el servicio que esas instituciones prestan.
Naturalmente, las Fuerzas Armadas pueden recibir otras misiones. La legislación uruguaya prevé que colaboren en múltiples tareas de apoyo al Estado: vigilancia de fronteras, apoyo logístico ante emergencias, transporte, asistencia en catástrofes, misiones de paz, campañas sanitarias o cualquier otra función que el ordenamiento jurídico y el mando superior les asignen. Pero esas tareas son complementarias, son “además de”. No sustituyen ni redefinen la razón de ser de la institución.
Confundir la misión principal con las tareas accesorias conduce a una comprensión incompleta de la función militar.
Existe, además, un problema cultural. Durante décadas se instaló en algunos ámbitos una imagen caricaturesca del militar como un funcionario improductivo: el milico panzón tomando mate abajo de un árbol, esperando que termine la jornada. Es una caricatura cómoda para el debate ideológico de cuarta, pero profundamente injusta con la realidad.
La profesión militar exige una disciplina que se ejerce todos los días, una preparación física permanente, capacitación técnica constante y entrenamiento repetitivo. La repetición es precisamente lo que permite que, cuando llega una crisis, la respuesta sea eficaz. Nadie improvisa una operación de rescate, un despliegue logístico o una misión de defensa nacional.
La paradoja de las Fuerzas Armadas es que su mayor éxito consiste, muchas veces, en que nunca deban emplear plenamente las capacidades para las que se preparan. Su sola existencia y su grado de alistamiento constituyen un factor de disuasión y una garantía para el Estado.
Por eso resulta preocupante que el propio comandante en jefe de las Fuerzas Armadas transmita una visión que parece desconocer esa lógica básica. No porque exista mala intención, sino porque revela una comprensión insuficiente de la naturaleza de la institución que dirige en la cúspide de la cadena de mando.
Quien conduce políticamente la defensa nacional no necesita ser un militar. Pero sí necesita comprender qué hace un militar cuando aparentemente "no hace nada". Porque, justamente, en ese entrenamiento cotidiano, en ese mantenimiento permanente y en esa preparación constante reside el verdadero trabajo de las Fuerzas Armadas.
Los recursos militares del Uruguay nunca estuvieron parados. Han estado, están y seguirán estando preparándose para cumplir las misiones que la Constitución, las leyes y el mando superior les encomienden. Esa preparación no es un lujo ni un tiempo muerto: es la condición indispensable para que, cuando el país los necesite, puedan responder con profesionalismo y eficacia.
Y esa es, precisamente, la naturaleza de la función militar.
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