Edición Nº 1101 - Viernes 9 de octubre de 2026

Los payasos malos

Edición Nº 1074 - Viernes 27 de marzo de 2026. Lectura: 2'

Por Susana Toricez

Una escena cotidiana en un ómnibus de Montevideo deriva en una reflexión incómoda: cuando el “arte callejero” invade sin consentimiento y cruza el límite del respeto, deja de ser expresión y se convierte en abuso. Entre la indiferencia y la falta de control, surge una pregunta inevitable: ¿todo vale en nombre del entretenimiento?

Al salir de un sanatorio que se encuentra en la Avda. Luis Alberto de Herrera, vi a dos mujeres que se abrazaban y lloraban.
Probablemente había fallecido algún familiar.
Una de ellas, aún llorando, caminó delante de mí hasta la Avda. 8 de Octubre.

Subimos al mismo ómnibus. Ella se sentó adelante, junto a la ventanilla, y yo seguí hacia el fondo del ómnibus.

A pocas cuadras de allí, subieron dos personas vestidas de payasos con una guitarra.
Se presentaron como artistas callejeros y comenzaron una especie de show, intentando que los pasajeros participaran y se integraran a su rutina.

Pasaron algunos minutos y, con sorpresa, veo que se dirigían a la señora sentada adelante, cantándole algo como “qué triste y amargada”, “mala onda”. La pobre mujer no dejaba de mirar hacia afuera, intentando no darse por aludida.
Fue tal la impotencia que sentí, que tuve ganas de levantarme y decirles que no la molestaran.

Pues la canción siguió dirigida hacia otros pasajeros, hasta que finalmente se bajaron, no sin antes volver a poner en evidencia, alegremente, a quien no les había seguido el juego.

Sólo yo sabía la causa de su tristeza, pero me pregunto: ¿hasta qué punto se puede permitir que se le falte el respeto de esa manera a alguien que no quiere participar o que necesita silencio para ordenar sus pensamientos?

¿Callejero o no, eso es arte?
¿Eso es alegría?
¿Es digna esa manera de ganarse algunas monedas, burlándose de otro ser humano?

Entiendo que si bien deben tener permiso para subirse a los ómnibus a cantar y a hacer su “arte”, no vale todo.
Todo tiene un límite.

¿Quién controla?
¿Dónde está el sentido común?
¿Y el respeto por un semejante?

Después de haber presenciado esa situación, seguí mi viaje con el sabor amargo que deja la injusticia de que alguien, mediante ese mal llamado “arte”, ridiculizara a una persona que transitaba su duelo.

Alguien debería exigir que se cumplan determinadas normas de conducta.

No vale todo, no, principalmente cuando están ausentes el respeto, la consideración por el semejante y el buen gusto, valores cada vez más escasos.



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