Los partidos históricos
Viernes 14 de agosto de 2026. Lectura: 3'
Por Luis Hierro López
Los partidos tradicionales son tan antiguos como la República —o más— y han dado base a una democracia elogiada en todo el mundo. Su vigor y actualización permanente son cimientos de la civilización uruguaya.
Con un discurso de Luis Lacalle Pou con tonos de estadista, el Partido Nacional celebró los 190 años de su fundación, que se habría producido a partir de un decreto del entonces presidente Oribe para conglomerar voluntades y dar algunas instrucciones a los funcionarios públicos, el 10 de agosto de 1836, pocos días antes de la batalla de Carpintería. El decreto no tuvo la intención expresa de fundar un partido, pero los blancos han elegido esa fecha en uso de sus derechos. Es obvio que los partidos no nacen de un día para otro, sino que son la culminación de largos procesos no siempre lineales.
Lo mismo ocurre con el Partido Colorado, que se va conformando en varias instancias, desde 1817 en adelante, cuando Rivera asume el mando militar de las tropas artiguistas. Hay quienes —me encuentro entre ellos— entienden que la fecha más propicia es 1820, cuando Rivera se queda en el terruño y se convierte en el gran caudillo oriental. Historiadores como Alfredo Lepro y —más recientemente— Padrón Favre, sugieren que en 1828 ya existía “el partido de Frutos”. Una proclama colorada de 1881, firmada, entre otros, por el gran historiador Francisco Bauzá, ubica la fecha fundacional en 1832, como respuesta a la revolución lavallejista de ese año contra el presidente Rivera. Ese testimonio es uno de los pocos, si no el único, que ha quedado escrito.
Sea como haya sido el proceso fundacional de ambas colectividades políticas, es evidente que son dos de las más antiguas a nivel universal, lo que es una seña de identidad del país.
Quiere decir que los partidos tradicionales tienen una extensa historia, motivo por el cual anteriormente eran criticados por la izquierda, que anteponía la interpretación de que ella estaba integrada por partidos “de ideas” que eran mejores que los tradicionales. Ahora ya no se ejerce esa crítica, en la medida en que también el Frente Amplio se viene convirtiendo en una colectividad tradicional y va perdiendo su rigor ideológico.
Colorados y blancos fueron primero divisas o banderías, pero ya representaban ideales y sentimientos diferenciados, lo que llevó a ambos bandos a enfrentamientos armados y sangrientos durante todo el siglo XIX. El siglo XX permitió la superación de esa etapa, con contribuciones de esas dos grandes corrientes para construir las instituciones que nos caracterizan: voto secreto y obligatorio, justicia electoral irreprochable a través de una Corte de la que nadie duda; plenas libertades para las actividades partidarias y absoluta libertad de prensa; representación proporcional en el Parlamento y tantas otras virtudes que caracterizan al país.
Es legítimo que los colorados sintamos orgullo por nuestro pasado —como los blancos lo sentirán por el suyo—, que, si bien tuvo etapas tumultuosas, siempre estuvo ligado a la construcción de la nación y ha dejado marcas imborrables. Nuestra identidad como colectividad política es fuerte y generosa y, más allá de los resultados electorales, hay una marca registrada que no va a desaparecer.
En ese sentido, y a la espera del análisis que realice el Partido respecto a los mejores acuerdos electorales posibles, me permito señalar, con humildad impregnada de una fuerte convicción, que nuestra identidad y valor político como colectividad —cuyo norte es siempre el mejor destino del país, más allá de su conveniencia sectorial— no se pone en riesgo por hacer acuerdos, sino que se debilita al resignar su derecho y su deber de influir decisivamente en el presente y en el futuro del país.
La discusión interna de los colorados, entonces, debería girar en torno a cuál es el mejor camino para que nuestras ideas y propósitos estén representados en el próximo gobierno e influyan en nuestro destino nacional.
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