Edición Nº 1082 - Viernes 15 de mayo de 2026

Los ojos del inmigrante

Viernes 15 de mayo de 2026. Lectura: 2'

Por Susana Toricez

Quienes llegan desde países marcados por la persecución, el miedo o la falta de libertades terminan revelándonos algo que los uruguayos muchas veces damos por sentado: que vivir sin temor, opinar libremente y caminar con tranquilidad no es una rutina inevitable, sino una fortuna extraordinaria.

Nosotros, que nacimos con el derecho a quejarnos de la lluvia, del precio de la yerba o del gobierno de turno como quien comenta el clima, a veces nos olvidamos de los colores de nuestra vida.

Caminamos por la rambla dando por sentado que el horizonte es un espacio abierto y no un muro. Sin prisa porque siempre va a estar ahí. Nadie nos va a impedir recorrerla cada vez que tengamos ganas.

Y entonces llegan ellos. Vienen con los ojos todavía sin esperanza, trayendo en la maleta un silencio que pesa más que la ropa.

Al principio, uno los mira desde la orilla de nuestra calma y de nuestra “llovizna” emocional.

Les ofrecemos un mate, casi por inercia, y es ahí, en el gesto de compartir, donde empieza la verdadera lección.

El inmigrante que viene de la asfixia no habla de política; habla de la libertad como si fuera un trozo de pan recién horneado.

Te mira a la cara cuando decís una opinión prohibida en su tierra y ves cómo se tensa, esperando un golpe que aquí no llega.

De ellos aprendemos que la libertad no es una estatua de bronce ni un feriado en el calendario: es el milagro de caminar sin mirar por encima del hombro ni temer al minuto siguiente.

Nos enseñan a leer lo que tenemos. Donde nosotros vemos un trámite lento, ellos ven una institución que funciona sin pedirle el alma a cambio. Donde nosotros vemos un vecino gritón, ellos ven a alguien que tiene voz.

Donde nosotros vemos un mercado con fruta fresca, ellos ven el mismísimo Paraíso.

Al final, lo que un uruguayo aprende es a mirarse en el espejo de ese inmigrante, para reconocer su propia fortuna.

Nos devuelven la capacidad de asombro.

Nos enseñan que la democracia sabe a café compartido en una mesa, sin miedo a que el café sea la última cena.

Aprendemos, básicamente, que lo que para nosotros es un simple paisaje, para ellos es el cielo entero.

Y que el aire, cuando se puede respirar hondo, es la única riqueza que realmente importa y debe valorarse.

La valiosa consigna debería ser siempre: LA LIBERTAD.

La misma libertad de la que disfrutamos los uruguayos y que es la gloria misma para la mayoría de los inmigrantes.

Aprendamos de ellos.



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