Los extremos de la vida
Viernes 12 de junio de 2026. Lectura: 1'
Por Susana Toricez
El frío de la mañana no sólo congela el aire; a veces tiene la asombrosa capacidad de suspender el tiempo.
Hoy, mientras el termómetro insistía en recordarnos la crudeza del invierno, la vereda de mi edificio se convirtió en el escenario de una complicidad silenciosa y perfecta.
Caminaban juntos, a la par, desafiando la helada, un abuelo y su nieto.
Lo primero que capturó mi atención no fue la escena en sí, sino el espejo en el que decidieron mirarse antes de cruzar la puerta: salieron vestidos casi iguales. Mismos abrigos pesados, gorros calzados hasta las cejas y bufandas idénticas que les daban dos vueltas al cuello, protegiendo del viento sus respectivas historias.
Resulta conmovedor observar los dos extremos de la vida unidos por un mismo abrigo y un mismo andar.
Por un lado, la fragilidad de quien ya ha recorrido casi todo el camino, con la espalda sutilmente encorvada por el peso de los años y las vivencias.
Por el otro, la misma fragilidad, aunque en su versión tierna y prematura, la del niño que apenas empieza a descubrir el mundo, pero que camina con la seguridad absoluta de quien se sabe protegido.
No hacían falta palabras. En ese andar acompasado, en ese juego de vestirse igual para enfrentar el día, se resumía el misterio más lindo de los lazos humanos.
El viejo le prestaba su experiencia y su templanza; el chico, sin saberlo, le devolvía la pureza y la urgencia de seguir caminando.
Al verlos perderse de vista en la niebla matinal, envueltos en sus lanas idénticas, me quedó una certeza flotando en el pecho: la vida, en sus bordes más distantes, se toca y se entiende mejor cuando hay amor de por medio para abrigarla.
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