Lo que Fratti nunca entendió
Edición Nº 1091 - Viernes 31 de julio de 2026. Lectura: 3'
Las declaraciones del ministro Alfredo Fratti sobre los grandes productores rurales reavivaron el debate sobre el papel de la inversión privada en el agro. Sus palabras reflejan una concepción ideológica que desconoce el impacto económico y social de quienes impulsan buena parte de la producción y el empleo en el país.
El ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, Alfredo Fratti, viajó a Salto para reunirse con los productores afectados por el temporal del 18 de julio. Lejos de transmitir respaldo en un momento difícil, terminó revelando una preocupante falta de criterio y de visión estratégica.
Su comentario dirigido a los grandes productores —“un besito en la frente y seguí para adelante”— fue mucho más que un exabrupto. Expuso una visión política propia de una izquierda anclada en categorías del siglo pasado, que continúa dividiendo a la sociedad entre ricos y pobres, como si el éxito económico fuera motivo de sospecha y no el resultado del esfuerzo, la inversión y el riesgo.
Lo que el ministro parece no comprender es que detrás de un gran establecimiento rural no hay solamente un propietario. Hay trabajadores, contratistas, transportistas, veterinarios, ingenieros agrónomos, proveedores de insumos, comercios del interior y miles de familias que dependen de que esas empresas continúen siendo rentables. Cuando un gran productor se ve afectado, las consecuencias alcanzan a toda esa cadena productiva, que no es solo el agro ni solo el interior del país.
En su visión ideologizada, Fratti parece incapaz de reconocer que esos productores concentran buena parte de la inversión privada del país. Son quienes incorporan tecnología, impulsan la productividad y sostienen una porción significativa de las exportaciones. Sin producción no hay crecimiento; y sin crecimiento, tampoco hay recursos para financiar el Estado de bienestar que la propia izquierda dice defender.
Todo esto ocurre, además, cuando el propio Ministerio de Economía enfrenta un escenario complejo que Fratti parece ignorar. Uruguay necesita atraer inversiones, no espantarlas. Sin embargo, desde Ganadería se transmite el mensaje contrario: se ridiculiza a quienes más invierten y más riesgo asumen.
Tampoco parece haberse detenido a pensar qué ocurriría si una parte de esos productores decidiera trasladar sus inversiones hacia países que ofrecen reglas más estables y una menor carga tributaria, como Paraguay. El capital, a diferencia de la tierra, sí puede emigrar. Y cuando lo hace, también emigran el empleo, la innovación, las exportaciones y la recaudación fiscal.
Antes de realizar declaraciones de ese tenor, el ministro debería reflexionar sobre las responsabilidades de su cargo y sobre los resultados de su propia gestión. Episodios como la adquisición de la estancia María Dolores, por más de 32 millones de dólares para beneficiar a un reducido número de colonos, hacen difícil sostener que el ministerio tenga claras sus prioridades.
La cuestión trasciende una frase desafortunada. Lo realmente preocupante es la concepción del país que esa frase deja entrever. Un país donde quien produce más merece menos consideración, donde el éxito económico despierta recelo y donde la ideología pesa más que los incentivos para invertir.
Uruguay necesita exactamente lo contrario: un gobierno que entienda que la riqueza primero debe generarse antes de poder distribuirse y que comprenda que el productor grande no es el adversario del pequeño. En buena parte del interior, es el motor económico que mantiene vivas regiones enteras.
Gobernar exige comprender cómo se crea la riqueza antes de decidir cómo distribuirla. Esa parece ser una lección que Fratti aún no ha aprendido.
Las palabras de un ministro nunca son casuales. Reflejan una manera de pensar y anticipan una manera de gobernar. Por eso, más preocupante que el exabrupto fue comprobar que Alfredo Fratti sigue sin comprender hasta qué punto las decisiones de su ministerio inciden sobre la economía nacional.
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