Edición Nº 1093 - Viernes 14 de agosto de 2026

Libertad para ser libres

Viernes 14 de agosto de 2026. Lectura: 9'

Por Eduardo Irigoyen

Hay frases que sobreviven a los hombres que las pronunciaron. Algunas se convierten en una especie de contraseña moral que atraviesa generaciones.

En 1920, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) había enviado una delegación a la Unión Soviética. El objetivo era evaluar sobre el terreno el régimen soviético y decidir si el partido debía adherirse formalmente a las directrices de la Tercera Internacional.

La Revolución bolchevique todavía estaba en sus primeros años y, en Europa, muchos miraban hacia Rusia como quien contempla el nacimiento de un mundo nuevo.

La delegación estuvo integrada por Daniel Anguiano, representante de la facción más favorable al bolchevismo, y Fernando de los Ríos, quien había sido formado intelectualmente en la tradición de Francisco Giner de los Ríos y de la Institución Libre de Enseñanza, profundamente influida por el krausismo.

Recordemos que esa corriente colocaba en el centro del debate cuestiones como la educación, la conciencia individual, la libertad de pensamiento, la dignidad humana y la formación integral de las personas.

No era una filosofía de barricada. Pero, en cierto sentido, era mucho más peligrosa para los dogmatismos: enseñaba a pensar.

Giner de los Ríos entendía que la regeneración de España no vendría simplemente de cambiar un gobierno por otro, sino de transformar las conciencias mediante la educación.

En esa oportunidad, Fernando de los Ríos logró mantener una audiencia privada con Lenin.

Durante la entrevista, el dirigente español expresó su preocupación por las severas restricciones a las libertades individuales, la represión de los opositores políticos y la falta de libertad de prensa que observaba bajo el régimen bolchevique.

Corresponde señalar que De los Ríos llegó al socialismo conservando una profunda raíz democrática, republicana y humanista. Quizás por eso no le tembló la voz cuando le preguntó formalmente a Lenin cuándo se restaurarían aquellos derechos y libertades.

Lenin respondió, según el relato de De los Ríos, con una pregunta brutal:

—¿Libertad para qué?

Para el líder bolchevique, la libertad burguesa y los derechos formales de las democracias liberales no eran más que instrumentos o ilusiones al servicio de los intereses de la clase dominante y, por lo tanto, debían subordinarse por completo a los objetivos de su “esclarecida vanguardia”.

Fernando de los Ríos replicó con una frase que quedaría para la historia:

Libertad para ser libres.

Quizás, en ese instante, detrás de sus lentes, De los Ríos miró a Lenin durante unos segundos más de lo necesario.

No sabemos qué pensó. La historia no puede registrar los pensamientos que cruzan una cabeza en una fracción de segundo. Pero podemos imaginarlo.

Quizás vio, detrás de aquella revolución que hablaba en nombre de los oprimidos, a su querida España, la que llevaba consigo. La del Quijote y sus molinos. La de Fuenteovejuna. La de los poetas que todavía no sabían que algunos de ellos morirían en una guerra que llegaría años después. La de los mineros asturianos. La de los aceituneros de Jaén. La de los jornaleros, los maestros, los obreros y los campesinos. La de aquellas primeras mujeres que comenzaban a reclamar, también ellas, el derecho elemental a decidir sobre sus propias vidas.

Quizás pensó en una España pobre, desigual, analfabeta en buena parte, pero llena de una obstinada esperanza de cambiar.

Quizás recordó aquella tradición intelectual de la que provenía: la Institución Libre de Enseñanza, la educación como herramienta para formar personas libres.

Y entonces pudo haber comprendido, de golpe, el peligro.
Porque el sueño de un mundo con pan y rosas puede convertirse en una pesadilla cuando alguien decide que, para construirlo, primero hay que quitarle las rosas a la libertad.

Una revolución puede comenzar hablando en nombre de los humillados y terminar humillando al individuo.

Puede prometer emancipar al hombre y terminar diciéndole qué debe pensar.

Puede abolir privilegios y crear otros nuevos.

Puede proclamar que el pueblo es soberano y, al mismo tiempo, negarle el derecho a disentir.

De los Ríos era socialista. No había viajado a Moscú para defender el viejo orden. Había ido precisamente porque quería conocer aquel experimento que pretendía construir una sociedad nueva.

Pero regresó convencido de que ningún paraíso social justificaba convertir la libertad en una concesión del poder.

Pertenecía a una izquierda que todavía podía decir algo que hoy parece casi revolucionario: que la libertad no era un lujo burgués ni una etapa provisoria de la historia. Era el punto de partida y también el límite que ninguna revolución debía cruzar.

Después de su viaje escribió Mi viaje a la Rusia sovietista y defendió que el PSOE no ingresara en la Tercera Internacional. El Congreso socialista rechazó finalmente esa incorporación. Los sectores favorables al bolchevismo se separaron y terminaron fundando el Partido Comunista de España.

Pero aquella discusión no terminó en Moscú.

En cierto modo, recién comenzaba.

Noventa años después

Este año se cumplen noventa años del comienzo de la Guerra Civil Española.

En julio de 1936, España se partió en dos. La República quedó enfrentada a la sublevación militar encabezada por Franco y a una guerra que rápidamente dejó de ser solamente española.

Llegaron italianos, alemanes, soviéticos, mexicanos, argentinos. Llegaron voluntarios de todas partes.

Y llegaron también uruguayos.

Porque para una parte importante del Uruguay de entonces aquello no era una guerra lejana: era la defensa de la República contra el fascismo.

Y entre quienes sintieron que aquella batalla también era suya estuvieron los batllistas.

No es un detalle menor que la Centuria n.º 65 de voluntarios internacionales llevara el nombre de Julio César Grauert.

Sus integrantes llevaron consigo, además de las armas, una memoria: la de aquel idealista que intentó unir el batllismo con la utopía socialista y que murió bajo las balas de la dictadura de Terra.

La centuria desfiló por Barcelona y marchó después hacia el frente de Aragón.

Era una forma de decirles a los españoles: nosotros sabemos lo que significa perder la República.

Y, al mismo tiempo, era una forma de decirnos a nosotros mismos quiénes éramos.

Había una línea que unía Montevideo con Madrid.

Grauert con la República española.

El batllismo con la democracia.

La lucha contra Terra con la lucha contra Franco.

Perdimos contra Terra.

España perdió con Franco.

Pero pasaron los años y, finalmente, en Uruguay primero y cuatro décadas después en España, la democracia volvió a imponerse, con esfuerzo y sin sangre.

La otra dictadura

Llegó la Guerra Fría y ya se dibujaba una convicción bastante clara: no se combate una dictadura para terminar arrodillándose ante otra.

Cuando el mundo quedó partido entre Washington y Moscú, muchos batllistas mantuvieron una posición que hoy puede resultar incómoda para algunos relatos simplificados de la historia.

Si no se aceptó el fascismo, tampoco se aceptó que la defensa de la democracia obligara a mirar con simpatía hacia el régimen totalitario encabezado por la Unión Soviética.

La libertad no tenía dueño.

Ni comité central.

Los que quisieron ir

Hay algo que pertenece más a la memoria íntima que a los archivos, pero que merece ser contado.

Alguna vez escuché, en la Casa del Partido Colorado, durante los años de la dictadura, historias de jóvenes batllistas que quisieron enrolarse —algunos hasta falseando la edad— para ir a combatir en España junto al bando republicano. Finalmente, no pudieron hacerlo.

Mi padre, que por aquellos años vivía y trabajaba en Buenos Aires, también quiso anotarse para marchar a España y tampoco pudo.

Quizás hoy nos resulte difícil imaginar lo que significaba, en plena juventud y rebosante de vida, decidir que uno quería cruzar el océano para pelear en una guerra que no era la propia.

No había redes sociales.

No había televisión transmitiendo en directo.

No había ejércitos de comentaristas explicando desde el living de sus casas cómo debían comportarse los demás.

Había diarios, radios, fotografías, cartas.

Y había ideales.

A veces demasiado idealismo y un exceso de romanticismo, seguramente.

Pero también había algo que hemos perdido: la convicción de que las ideas podían exigir sacrificios personales.

La vieja pregunta

Noventa años después, la Guerra Civil Española puede y debe ser mirada con todos sus matices.

Fue una historia trágica. Hubo crímenes, fanatismos y atrocidades. Pero la barbarie no fue equivalente en ambos bandos y la violencia ejercida por el bando franquista tuvo una dimensión represiva, sistemática y prolongada que no puede diluirse en la cómoda y falsa frase de “todos cometieron excesos”.

Hay que decirlo con todas las letras.

También hay que decir que no todos quienes defendieron a la República defendían necesariamente la libertad. Había dentro de ella comunistas, anarquistas, socialistas, republicanos, trotskistas, liberales, demócratas y otros grupos con proyectos profundamente diferentes y, en ocasiones, enfrentados entre sí.

Y tanto ayer como hoy resuena, amenazante, aquella pregunta de Lenin:

¿Libertad para qué?

Hoy no es Lenin.

Son los líderes mesiánicos, iliberales, autoritarios, populistas e insultadores profesionales que amenazan nuestras frágiles democracias, enfermos de vanidad y egolatría.

Son los que prometen salvarnos de nosotros mismos.

Los que necesitan enemigos.

Los que desconfían de la libertad cuando la libertad no les da la razón.

Los que creen que el pueblo es soberano solamente cuando vota lo que ellos quieren.

Hoy, la respuesta de Fernando de los Ríos sigue siendo mucho más profunda que cualquier consigna revolucionaria:

Libertad para ser libres.

Quizás esa sea una de las mejores definiciones posibles de lo que somos los batllistas.

Algo que, por ejemplo, nunca entenderá un ruralista, un comunista o un herrerista de hace un siglo.

Ni un tecnofeudalista.

Ni un terrorista.

Ni un fanático integrista religioso.

Porque el batllismo nunca debería confundirse con la obediencia a un partido, a un gobierno o a una ideología.

Su mejor tradición fue precisamente otra: la de una sociedad donde el Estado protege al individuo sin ahogarlo, donde la educación libera, donde la democracia limita al poder y donde ninguna causa —por noble que se proclame— puede convertir al ser humano en una pieza descartable de la historia.

Por eso los jóvenes que quisieron ir a España.

Por eso Grauert.

Por eso también quienes, años después, rechazaron tanto al fascismo como al totalitarismo comunista.

Y por eso esta historia todavía nos pertenece.

Porque hay preguntas que envejecen.

Y hay otras que no.

¿Libertad para qué?

Para pensar.

Para disentir.

Para equivocarse.

Para elegir.

Para no tener que pedirle permiso a nadie para ser uno mismo.

En definitiva: para ser libres.



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