Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

Líbano busca liberarse de Hezbolla y vivir en paz

Viernes 13 de marzo de 2026. Lectura: 5'

Por Eduardo Zalovich

En medio de una devastadora crisis económica, el Líbano intenta afirmar la autoridad del Estado frente al poder armado de Hezbolla, una milicia que responde a Irán y que mantiene al país al borde permanente de la guerra.

El enojo del presidente libanés Josef Aoun con Hezbolla refleja una tensión profunda dentro del sistema político. El poder autónomo del grupo terrorista y su obediencia a Irán generan un choque cada vez más serio con el gobierno nacional. Aoun, que proviene del ejército y tiene una visión moderna del poder, declaró su frustración por el hecho de que exista una estructura armada paralela. “Ningún sector dentro del país —declaró— puede tener una fuerza militar independiente del Estado, capaz de decidir por sí sola cuándo iniciar un conflicto regional, con base en intereses extranjeros y sin importarle el Líbano ni la vida de su pueblo”.

La tensión explotó por los ataques a Israel. Cada vez que Hezbolla lanza misiles, el Estado queda expuesto a represalias militares, sin querer entrar en guerra. Esta situación coloca al gobierno en una posición incómoda frente a la comunidad internacional, que apoya la estabilidad libanesa pero exige que el monopolio de la fuerza esté en manos únicamente de Beirut. La ira popular se debe también a la crisis económica. Líbano sufre desde 2019 uno de los colapsos financieros más graves del mundo, y los partidos políticos consideran que la confrontación permanente con Israel hunde al país. Mantenerse —sin causa— al borde de un conflicto permanente agrava la pobreza, acelera la emigración y debilita las instituciones.

Por su parte, Hezbolla sostiene que su arsenal y estructura militar son “indispensables para proteger el Líbano”. Sin embargo, el pueblo entiende que “ese cuento ridículo provoca la ruina del país”. La cuestión clave es si Líbano podrá convertirse en un Estado soberano, que controle su política exterior, o seguirá manejado por una milicia criminal a las órdenes de Teherán.

El Líbano, con sus 10.500 km², está situado en la costa oriental del Mediterráneo, entre Israel y Siria. Es uno de los Estados más pequeños de la región, aunque su complejidad política y religiosa es la más intrincada del mundo árabe. A pesar de su tamaño, el país ocupa una posición estratégica que lo ha convertido en un escenario central de rivalidades regionales. La estructura política se basa en un delicado equilibrio entre comunidades religiosas. Desde la independencia en 1943, el sistema institucional se organiza mediante un reparto religioso del poder: el presidente debe ser cristiano maronita, el primer ministro musulmán suní y el presidente del Parlamento musulmán chií. El sistema está diseñado para evitar la dominación de una comunidad sobre otra.

La sociedad libanesa está formada por un mosaico de comunidades. Los chiíes representan un tercio de la población y se concentran principalmente en el sur, el valle de Bekaa y los suburbios de Beirut. Los suníes predominan en ciudades como Trípoli y Sidón. Entre los cristianos, se destacan los maronitas, pero también hay católicos, ortodoxos griegos y armenios. Existen también comunidades drusas, una minoría religiosa con fuerte influencia en las regiones montañosas. Este pluralismo religioso, aunque históricamente enriquecedor, también ha sido fuente de conflictos, especialmente durante la guerra civil entre 1975 y 1990.

En este entramado emergió con fuerza decisiva Hezbolla, movimiento político y militar chií fundado en 1982 con apoyo directo de Irán. Desde sus orígenes se definió como una organización de “resistencia” contra Israel, pero con el paso del tiempo se convirtió en un poder paralelo al Estado. Hezbolla posee un partido político, integra el Parlamento y también mantiene la mencionada milicia armada.

Las Fuerzas Armadas del Líbano cuentan con 80.000 efectivos y una estructura convencional compuesta por ejército, marina y fuerza aérea. Sin embargo, su equipamiento es limitado y depende de la ayuda occidental, especialmente de EE. UU. y Europa. Hezbolla, por el contrario, dispone de combatientes mejor entrenados, fanáticos, y una extensa red de misiles y drones. Los analistas estiman que su arsenal supera los 80.000 cohetes, siendo una de las fuerzas no estatales más poderosas del mundo. Sin embargo, su armamento y principales comandantes fueron eliminados en gran medida por Israel en los dos últimos años.

Esta dualidad de poder constituye el núcleo de la crisis política libanesa. El Estado oficialmente aspira a monopolizar el uso de la fuerza, pero en la práctica Hezbolla mantiene una autonomía militar total. Intentos oficiales de monopolizar las armas —como planes recientes para desarmar milicias— han enfrentado resistencia interna y el temor a otra guerra civil. Teherán financia, entrena y arma a Hezbolla, como elemento clave del “eje de resistencia” frente a Jerusalén y Washington. Esta realidad convirtió al Líbano en una extensión del conflicto entre Irán e Israel. Cuando las tensiones entre ellos aumentan, el territorio libanés se transforma en un frente activo, mal que le pese al pueblo que sufre las consecuencias.

Los acontecimientos recientes ilustran ese fenómeno. Tras el inicio de la guerra entre EE. UU., Israel e Irán en 2026, Hezbollah lanzó ataques contra Israel desde el sur del Líbano, lo que provocó bombardeos israelíes sobre posiciones de la organización y zonas chiíes en Beirut. Las operaciones han causado muertos y cientos de miles de desplazados internos, agravando la ya catastrófica crisis económica.

Frente a esta situación, Beirut intenta mantener una posición extremadamente delicada. Por un lado, busca evitar que el país sea arrastrado a una guerra total con Israel. Por otro, carece de la fuerza necesaria para imponer su autoridad sobre Hezbolla. Algunos dirigentes han expresado su disposición a negociar y estabilizar la frontera, mientras Israel insiste en que la única solución duradera es el desarme completo de la milicia terrorista. Cabe destacar que no hay diferencias fronterizas entre ambos países, que incluso han acordado los límites marítimos.

Mientras Washington respalda al ejército libanés y apoya las instituciones legales, Teherán utiliza al país como peón de su influencia regional, sin importarle su futuro. El resultado es un país atrapado entre múltiples fuerzas y una milicia indiferente al interés nacional. El presidente busca estabilidad y paz, pero su capacidad real para controlar el territorio es limitada. En este equilibrio precario se juega el futuro del Líbano, un Estado pequeño pero central en la política del Medio Oriente.



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