Las universidades norteamericanas: ¿la nueva cloaca moral de occidente?

Por Jonás Bergstein

A esta altura los hechos resultan más que conocidos. Pasados los primeros días de la guerra desatada por Hamás contra Israel, los campus de varias universidades norteamericanas de primera línea se vieron sacudidos por una ola de protestas contra Israel y contra los judíos. Los carteles y las consignas -hasta entonces episódicas- llamando a la destrucción de Israel -"from the river to the sea"- y denigrando a sus habitantes y a los judíos en general, pasaron a ser moneda corriente en varias de esas casas de estudios. De hecho continúan siéndolo al día de hoy, a pesar de la bataola que desde entonces el tema ha generado dentro y fuera de esas universidades.

El asunto dio lugar a una investigación en el seno del Congreso estadounidense, en cuyo marco fueron convocadas a dar su testimonio las Rectoras de Harvard, MIT y Pensilvania, tres de las universidades más encumbradas a nivel mundial. Las Rectoras fueron interrogadas una y otra vez, a saber: si la convocatoria al genocidio de judíos en el seno de la universidad violaba o no los códigos de conducta de esas universidades. Una y otra vez, la respuesta fue invariablemente la misma: "depende del contexto". Aunque las respuestas debieron de haber sido por demás elementales -bastaba con apelar al sentido común-, las tres Rectoras, cuidadosa y previamente asesoradas (y aleccionadas) por calificados abogados, no lograron apartarse ni un milímetro del libreto que aquellos les habían prescripto.

Las críticas llovieron de todos lados: ¿cómo era posible que las Rectoras de universidades tan reconocidas, no pudieran discernir los límites entre libertad de expresión e incitación al odio? ¿cómo era posible que las Rectoras no hubieran ejercido todo el peso de su autoridad para prevenir que desde sus respectivas universidades se convocara a expulsar a los judíos de Israel, sin que ello aparejara sanción alguna? En fin, ¿cómo era posible que el antisemitismo hubiera llegado tan lejos en esos verdaderos santuarios del saber, sin que las Sras. Rectoras se dieran por aludidas? El tema no terminó ahí. La Rectora de Pensilvania (Liz Magill) renunció a los pocos días. La de Harvard (Claudine Gay) lo hizo semanas más tarde, en los primeros días de Enero, en el medio de acusaciones por presunto plagio. Y la de MIT (Sally Kornbluth), aún sigue ahí, en la cuerda floja. Donantes importantes al erario de esas universidades, anunciaron la suspensión de sus contribuciones filantrópicas. El verdadero impacto de todo ese aquelarre sobre el futuro de esas universidades aún está por verse, y eso es también parte del objeto de esta reseña. Baste señalar que el Rectorado de esas Universidades, otrora uno de los máximos honores a los cuales cualquier académico podía aspirar, hoy es un hierro caliente que nadie quiere tomar (De momento Harvard tiene un Rector interino, Alex Garber; su antecesora renunciante duró solamente cuatro meses en el cargo).

Los hechos hasta aquí narrados dieron la vuelta al mundo. También lo sorprendieron. Sin embargo, en modo alguno pueden verse como hechos aislados: bien por el contrario, ellos no fueron más que la punta de un iceberg, la expresión de una serie de tendencias que venían echando raíces y reconfigurando el establishment de las Ivy League desde hace por lo menos dos o tres décadas, y que hoy han cambiado por completo el paisaje y el clima que se respira en esos claustros.

Cuando quien esto escribe tuvo el privilegio de estudiar en Harvard hace más de 35 años (merced a una beca de la OEA para la cual fuera postulado por el entonces Presidente de la República, Dr. Julio María Sanguinetti - mi gratitud es y será eterna), el conflicto entre Israel y los países árabes no estaba en la agenda pública de nadie en esa universidad. De hecho, siendo judío uno corría con viento a favor: en la Escuela de Leyes, en aquel tiempo se calculaba que entre un 40 y un 50% de los profesores eran judíos. En la propia Facultad de Derecho, durante las festividades judías -marcadas en el calendario oficial de la Universidad-, cada cual podía optar por el servicio religioso de su preferencia. Recuerdo que en aquel año figuras de la talla de Shimon Peres o Teddy Kollek (por entonces Alcalde de Jersualem), habían disertado en los estrados de Harvard (También lo habían hecho figuras más controvertidas, como Calero, el líder de los contras en Nicaragua). Hoy dudo que todo eso sea posible: el totalitarismo progresista que hoy caracteriza varios centros de estudio, hoy lo impediría.

¿Qué pasó en ese ínterin? ¿Cómo pudieron los vientos haber cambiado tanto?

Como suele suceder con todo fenómeno humano de cierta complejidad, la causa rara vez resulta ser única y completamente clara; en general los orígenes del fenómeno deben rastrearse al juego de factores múltiples (Y no dejan de ser materia de discusión).

Ante todo, la politización de la universidad, la identificación partidaria de docentes y alumnos por igual. En mi época, poco sabíamos del color político de los docentes; aquello tampoco importaba demasiado. Y allí donde lo sabíamos, a nadie le cambiaba el metabolismo, y en nada afectaba la relación entre profesores y estudiantes.

Hoy todo eso ha cambiado (y para mal): la laicidad de la enseñanza dejó de ser un axioma, una disciplina practicada día tras día, para transformarse en un concepto puramente abstracto, casi teórico. Todo pareciera indicar que profesores y estudiantes tienen poco empacho a la hora de dejar traslucir en clase sus concepciones políticas: por momentos hasta pareciera algo natural. De muestra un botón, de tan sólo un par de días atrás: el pasado 13 de Marzo, la edición digital del Harvard Gazette, periódico oficial de la Universidad sobre temas de actualidad, publicó -bajo la firma de uno de sus redactores (Harvard Staff Writer)- un artículo que lleva un título bastante sugestivo: "Larger lesson about tariffs in a move that helped Trump, but not the country" (En una traducción libre diría: "Una amplia lección sobre tarifas de importación, al cabo de una iniciativa que ayudó a Trump, pero no al país"). No importa si el enfoque del artículo es acertado o no: lo que importa es que desde la propia Universidad se está tomando partido en un tema que divide a los Estados Unidos, para adoptar una visión claramente identificada con un partido político y con un candidato presidencial. Lo que importa es que eso es algo que no se debe hacer; lisa y llanamente porque está mal, porque atenta contra la razón de ser de toda universidad, que es la búsqueda de la verdad -veritas- cualquiera sea su color o su autoría. He aquí lo más dramático de todo esto: el deterioro ético que padecen esas grandes universidades, incapaces de distinguir entre el bien y el mal. Eso es grave.

Esas vertientes han desembocado en la marginación de los docentes perfil conservador. Según un estudio llevado por la UCLA (recogido por The Economist), en 1990 el porcentaje de profesores universitarios identificados con "la izquierda", representaba un 40% de aquellos; en el 2017, eran un 60%. Más aun en las universidades de elite: según el periódico harvardiano The Crimson, un 75% de los docentes se identifican hoy día como liberales, mientras que sólo un 3% se auto-califican conservadores. Las consecuencias son las de siempre: una y otra vez escuchamos una sola campana y escuchamos únicamente las opiniones con las cuales comulgamos; cuando alguien sostiene lo contrario, aquello nos parece una herejía.

De la mano de la politización y el corrimiento de los docentes universitarios a lo que habitualmente se llama la izquierda -nosotros entendemos que es la derecha, pero ésa es otra historia-, en los campus norteamericanos se ha instalado un movimiento inexistente en el pasado: la demonización de Israel. He aquí otro fenómeno no menos complejo pero no por ello menos real: en líneas generales -porque toda regla tiene excepciones y poner a todos en una misma bolsa podría resultar por demás injusto-, a partir de cierto momento (difícil precisar cómo, cuándo y dónde) la izquierda occidental se volvió esencialmente anti-israelí, y, posteriormente, lisa y llanamente antisemita. Esta puede parecer una afirmación por demás simplista o radical, acaso excesiva: no toda la izquierda occidental es antisemita ni la izquierda (whatever that means) es exactamente la misma en todas partes. (De hecho tengo amigos de izquierda y me costaría mucho creer que todos ellos son antisemitas). Pero ciertamente el antisemitismo es la tónica dominante de la moderna izquierda occidental, la doctrina oficial no escrita explícitamente (pero aceptada por todos): es muy (muy) raro que una voz de izquierda salga públicamente a defender la causa de Israel. No porque no lo deseen, sino más bien porque pocos se atreven a hacerlo: saben que si lo hacen de inmediato serían escrachados, vilipendiados y exiliados. Y si tienen alguna duda, pregunten a nuestros compatriotas, los judíos uruguayos de izquierda: tienen que hacer malabarismos para congeniar ambas calidades, su condición judía y la izquierda con la cual se identifican. Ciertamente no los envidio.

Ahí se suma otro fenómeno, sobre el cual en tiempos recientes insistiera Alan Dershowitz, el gran penalista norteamericano: el poder de la burocracia y la proliferación de las cátedras de "inclusión y diversidad", las cátedras de derechos humanos, las cátedras de género, de promoción de las comunidades LGBT y afines. Como sucede con tantas otras cosas -en Uruguay nos anticipamos en el tiempo: lo aprendimos desde hace años con el tema de los desaparecidos-, el hecho concreto es que causas muy nobles, con el tiempo se politizan, y, por lo mismo, se desvirtúan. Es decir: la causa en sí misma es muy noble; pero en los hechos termina siendo acaparada y monopolizada por un determinado sector político -en éste caso: la izquierda-, que hace del tema un instrumento de su campaña política (de su propiedad exclusiva y excluyente), para denostar a quienes profesan otros credos. He aquí un ingrediente adicional en todo este puzzle: esas cátedras y esas burocracias -que reciben abundantes fondos del mundo árabe-, son esencialmente anti-israelíes y antisemitas (si alguna diferencia cupiera). Ellas se han convertido en uno de los motores más potentes del antisemitismo actual, dentro y fuera de los campus universitarios en los Estados Unidos. Son una fábrica de propaganda antijudía; precisamente porque son funcionarios full-time al servicio de la causa anti-israelí. Con un agravante: sus docentes -según Dershowitz: académicos de tercera- no se integran en los cuadros docentes estables de las universidades, sino que tienen su agenda propia y usualmente circulan de una universidad a otra, amparados en el beneficio de tal o cual beca (muchas veces financiada por el mundo árabe).

Con esto ingresamos en el factor económico del asunto, rara vez ausente cuando de fenómenos sociales se trata: se cree que las fuentes de financiación de algunas universidades de vanguardia, también tiene algo que ver con todo esto. Hay al menos ocho universidades de gran prestigio que reciben fondos millonarios de países como Qatar. Se presume que estas donaciones buscan promover los intereses de los países donantes, para incidir en el posicionamiento de esas universidades ante el conflicto entre Israel y algunos de sus vecinos. De hecho, todo pareciera sugerir que algunas de esas universidades han aceptado fondos de gobiernos extranjeros para crear "centros académicos" expresamente diseñados para la difusión de propaganda. No menos llamativo: tiempo atrás, el Departamento de Educación de EEUU había abierto una investigación a seis universidades de ese país por omitir cumplir su obligación de reportar públicamente la financiación extranjera recibida (Estamos hablando de cientos -si no miles- de millones de dólares). Comentario al margen: en Uruguay eso sería inviable: porque ningún banco aceptaría acreditar en una cuenta de plaza siquiera un dólar procedente de esos países.

Por fin, eso tan peligroso que es la moda, lo políticamente correcto. Hoy día es "cool" levantar la voz contra Israel. Al hacerlo, pocas críticas se van a alzar, sino todo lo contrario: las redes sociales -esas grandes cajas de resonancia del resentimiento social- con seguridad van a estallar, exultantes a la hora de hacer sentir su adhesión invariable a cuanta causa nefasta haya en la vuelta. Como dijera Umberto Eco, el micrófono de los idiotas. Nadie se va alarmar demasiado: a fin de cuentas, es el padrón dominante, lo políticamente correcto. Hoy hace falta tener coraje para defender a Israel y a los judíos. Y si alguna duda cabe, pregúntenle a Pilar Rahola, que ha hecho de la defensa de Israel una verdadera cruzada.

Esto último resulta sobremanera preocupante. Porque lo políticamente correcto nos habla de una tendencia totalitaria: la tendencia a imponer una verdad revelada y absoluta, a proscribir el disenso, a excluir toda forma de análisis y discusión en serio. Eso se traduce en la no promoción de quienes piensan distinto, en la confección de listas negras de académicos en función de su origen o credo político, en la proscripción de ciertos nombres de los claustros universitarios (ya sea a través de piquetes que impiden sus disertaciones, ya sea a través del retiro humillante de invitaciones a exponer previamente formuladas). En definitiva, la antítesis de lo que debe ser la universidad, entendida ésta -como escribiera Norberto Bobbio- como aquel espacio que encarna el espíritu crítico que no se conforma con doctrinas preconstituidas, como el espacio sembrador de dudas, el hereje por vocación, el irreductible alimentador del disenso.

Lo expuesto hasta aquí resulta por demás peligroso, por no decir alarmante. A los hechos nos remitimos, dentro y fuera de los campus estadounidenses.

La analogía con la universidad de la Alemania nazi, resulta inevitable. (Dicho sea de paso: nada de malo hay en la analogía con la Alemania nazi, cuando de extraer lecciones se trata y cuando no se abusa de ella para legitimar fines o causas espurias). Porque las universidades alemanas fueron uno de los grandes cómplices del Tercer Reich. A los pocos meses del ascenso del nazismo al poder, las universidades alemanas habían purgado a sus docentes judíos, así como también aquellos que profesaban credos políticos liberales u opositores. Hoy sabemos -con un nivel de certeza bastante razonable- que los docentes universitarios alemanes jugaron un rol más que importante en el ascenso del nazismo al poder: fueron uno de sus pilares. Habiendo asistido al deterioro de su status social y económico en el período de la entre-guerra, esos intelectuales fueron de los primeros a la hora de avalar con su prestigio todo lo que el nazismo conllevaba. En su discurso ante el Parlamento alemán en 1998, el historiador Yehuda Bauer dijo: "el rápido crecimiento de la identificación de los intelectuales con el régimen, hizo posible presentar fácilmente el genocidio como un paso inevitable para lograr un futuro utópico. Cuando Herr Doktor y Herr Professor se convirtieron en colaboradores del genocidio, cuando -conducidos por la figura semi-mitológica del dictador- el consenso evolucionó, resultó fácil convencer a las masas de la necesidad de los asesinatos y de la necesidad de reclutarlas para llevarlas a cabo". Bauer remató su alocución con una pregunta premonitoria: "¿no será que en nuestras universidades aún continuamos produciendo bárbaros técnicamente competentes?"

Desafortunadamente la cosa va mucho más allá de los judíos. Porque en la universidad yace aquello que no se puede destruir, las ideas que van marcando la opinión dominante en una sociedad. Es el pegamento del tejido social. Los uruguayos algo sabemos de esto: el día en que la política permeó los estamentos universitarios, fue suficiente un gusano para pudrir todo el árbol, como escribiera magistralmente Lincoln Maiztegui. A juicio de quien esto escribe, hay una correlación bastante directa entre la calidad democrática de un país y la calidad de su debate universitario. Y es natural que así sea: porque la universidad es uno de los bastiones de la democracia, un baluarte en la preservación del pensamiento libre, en la defensa de la razón sobre las pasiones.

El día en que la universidad ceda ante los ataques totalitarios -del signo que sean-, la democracia estará en peligro y, con ella, el derecho, la justicia y la paz, sin la cual, como dijera Couture, no hay derecho ni justicia ni nada.




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