Las mascotas y los reglamentos
Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 2'
Por Susana Toricez
La autora cuestiona la intolerancia de algunos consorcios de edificios hacia las mascotas y denuncia la persistencia de reglamentos que desconocen el lugar que los animales ocupan en la vida afectiva de las personas. Reclama una convivencia más respetuosa, acorde con la sensibilidad de nuestro tiempo.
Hay discusiones que en Uruguay parecen haberse quedado congeladas en el tiempo, aferradas a un rigor que choca de frente con la sensibilidad del mundo actual.
Mientras en las principales capitales europeas se entiende —y se legisla— con la certeza de que las mascotas no son cosas, sino seres sintientes que integran la vida cotidiana de las personas, de este lado del Atlántico seguimos empantanados en querellas menores.
Allá se les reconocen derechos, buscan sobrevivientes en los terremotos, entran a hospitales a llevar alivio, suben a cabinas de aviones y pasean por centros comerciales mientras que acá, la llegada de un perro al ascensor de un edificio sigue desatando tempestades entre los vecinos.
Se ha demostrado hasta el cansancio el impacto positivo que los animales tienen en la salud física y emocional de todos nosotros.
La protección de los más vulnerables (que con justicia aplicamos a niños y ancianos) debe extenderse, por coherencia moral, a esos seres inocentes que sólo dependen de nuestro cuidado.
Sin embargo, persiste en buena parte de nuestra sociedad una resistencia sorda, un rechazo casi ideológico a cualquier signo de apertura hacia la convivencia respetuosa con los animales.
Resulta desolador ver cómo se imponen prohibiciones absurdas por el sólo placer de ser intransigentes, desconociendo además que seguramente a su lado camina un ciudadano responsable.
Es una aberración cotidiana que alguien pueda recorrer el mundo junto a su perro y que, al regresar a su propio edificio, se le impida atravesar un jardín o se hostigue a una persona mayor cuya única compañía e ilusión es un pequeño animal.
Esas tiranías de algunos consorcios uruguayos, alimentadas por la intolerancia de unos pocos, no son más que atropellos amparados en reglamentos obsoletos, de espaldas al mundo de hoy.
Ha llegado el momento de plantarse con firmeza frente a esa visión estrecha.
La convivencia urbana no se construye a fuerza de proscribir la afectividad, sino de ampararla.
Aceptar que todo ser vivo tiene derecho a habitar un espacio digno, junto a quien lo protege, no es una moda pasajera ni una concesión caprichosa: es, sencillamente, una muestra de civilidad que ya no admite más postergaciones.
Para unos pocos, el perro sigue siendo un “bicho”, pero para muchos es el ser vivo más leal que existe sobre la Tierra.
Y es por eso que debemos valorarlo, protegerlo y, por sobre todas las cosas, respetarlo.
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