Edición Nº 1104 - Viernes 30 de octubre de 2026

Las elecciones y el laberinto político israelí

Viernes 30 de octubre de 2026. Lectura: 4'

Por Eduardo Zalovich

Con una participación del 77,7%, una cifra récord en décadas, las elecciones israelíes dejaron un Parlamento sin mayorías claras. Netanyahu ganó la disputa por el partido más votado, pero ni él ni Eisenkot tienen asegurados los 61 escaños necesarios para formar Gobierno. El país enfrenta una compleja negociación política cuyo desenlace permanece abierto.

Las elecciones israelíes del último martes sorprendieron al país. Con la mayoría de la prensa en su contra, demandas por una investigación seria sobre los fallos defensivos del 7 de octubre de 2023 y demasiadas promesas incumplidas —pese a los posteriores éxitos militares— el Likud de Netanyahu fue el partido más votado. Las encuestas daban ventaja a Yashar, dirigido por el General (R) Gadi Eisenkot, y una diferencia de tres bancas a favor del bloque opositor.

Hasta las dos de la madrugada del miércoles, las encuestas a boca de urna eran similares a las predicciones. A partir de ahí cambió la tendencia en favor del oficialismo. Con el 85,6% de los votos escrutados, Netanyahu y sus aliados suman 53 bancas, el Bloque del Cambio 48 y los partidos árabes 19. Siguen pendientes los llamados «sobres dobles», que incluyen los votos de militares, diplomáticos, reclusos y otros ciudadanos habilitados para sufragar fuera de su circuito habitual. El resultado marca un futuro incierto, pues ninguno de los bloques alcanzó la mayoría de 61 legisladores, y salvo un pacto atípico se deberá convocar a nuevas elecciones. Algo que los israelíes, con tres años de guerra, quieren evitar.

El retiro de Netanyahu —una «acción patriótica», según analistas— habilitaría un gobierno de unidad, pues él mismo es el factor político más divisivo. Su ausencia abriría las puertas a un acuerdo amplio. Pero este hecho, dada la ambición del premier, es muy improbable.

La batalla decisiva

Netanyahu conserva una base electoral sólida y aliados fieles en temas religiosos, nacionales y de seguridad. Sin embargo, sus socios habituales no alcanzan para lograr el apoyo de la Knéset (Parlamento). Eisenkot representa la demanda de renovación de gran parte del electorado, pero quedó lejos de convertir su respaldo en una mayoría capaz de gobernar. Los sectores centristas y las demás fuerzas contrarias a Netanyahu comparten el objetivo de cambiar el liderazgo, aunque mantienen diferencias sobre cómo definir las fronteras de Israel, el tema palestino y la relación religión-estado.

Los partidos árabes —con una representación récord— pueden desempeñar un papel decisivo. Su representación parlamentaria les otorga capacidad para inclinar la balanza, pero su participación en una mayoría opositora plantea problemas políticos. Algunos dirigentes se muestran reticentes a depender de su apoyo, y Netanyahu ha descartado un Gobierno sostenido por ellos.

Otro tema complejo son los partidos jaredim (ultraortodoxos). El servicio militar obligatorio y la exención de éste para estudiantes de yeshivot (centros religiosos) son los principales puntos de fricción. Eisenkot ha defendido una distribución equitativa de las obligaciones militares. Esta posición podría convertirse en una prueba para cualquier coalición, especialmente si sus socios mantienen intereses opuestos.

Si ningún candidato consigue reunir 61 escaños, Israel puede afrontar semanas de negociaciones, un Ejecutivo en funciones y una nueva elección. La experiencia política israelí demuestra que ganar no basta. Hay que superar las diferencias entre quienes pretenden gobernar juntos, para alcanzar la mayoría.

Seguridad, imagen y relaciones exteriores

La incertidumbre interna coincide con un escenario regional complejo. Israel necesita mantener una estrategia frente a la tiranía iraní, gestionar las consecuencias de la guerra en Gaza y mantener la superioridad militar.

Un Gobierno frágil tendría menos margen para adoptar decisiones estratégicas y sostener una política exterior coherente. No supondría una paralización de las instituciones militares y diplomáticas, pero podría dificultar las decisiones que precisan respaldo político prolongado.

La relación con Estados Unidos es otro factor central. Netanyahu ha defendido su estrecha cooperación con Washington y una política de presión sobre Irán. Una eventual administración de Eisenkot tendría que definir qué elementos de esa estrategia mantendrá y cuáles modificará. La cooperación militar y de inteligencia seguirá siendo un componente esencial.

La economía también refleja la preocupación por el desenlace político. Ynet informó de caídas en la Bolsa de Tel Aviv y de una baja del shéquel por la incertidumbre sobre la formación de Gobierno. Estos movimientos muestran la atención de los inversores a la estabilidad institucional, el gasto público y los riesgos regionales.

La imagen internacional de Israel constituye otro desafío. El Estado deberá gestionar las críticas por la guerra —existe una campaña de desinformación financiada por Qatar, también en Uruguay—, preservar sus vínculos con Washington y mejorarlos con América Latina y Europa. Un cambio de liderazgo puede modificar el tono diplomático y las relaciones políticas.

Las urnas han abierto una disputa cuyo desenlace dependerá de las alianzas. Israel necesita un Gobierno capaz de garantizar la seguridad, afrontar los problemas económicos y reducir la tensión interna. Para lograrlo, sus dirigentes deberán superar los intereses partidarios que hasta ahora han impedido los acuerdos.

La elección ha demostrado que existe una competencia muy dura por el poder, pero todavía no se ha definido quién podrá ejercerlo. La respuesta depende de las negociaciones posteriores. En la política israelí, la victoria electoral es apenas el comienzo; la principal prueba consiste en construir una mayoría parlamentaria y mantenerla.



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