La visita de León XIV: historia, presente y futuro del Uruguay laico
Edición Nº 1105 - Viernes 6 de noviembre de 2026. Lectura: 6'
Por Alvaro Valverde Urrutia
La llegada del pontífice invita a reflexionar sobre la laicidad uruguaya, su significado en nuestra tradición republicana y los desafíos de mantenerla vigente. Desde el pensamiento de Batlle y Ordóñez hasta la decisión de Sanguinetti sobre la cruz de Tres Cruces, una mirada sobre la libertad, la tolerancia y la convivencia.
La visita del papa León XIV a nuestro país, los próximos 6, 7 y 8 de noviembre, constituye una ocasión propicia para reflexionar sobre un aspecto que forma parte de nuestra identidad republicana y que conserva plena vigencia: la laicidad del Estado uruguayo. No sólo por la relevancia internacional de quien hoy encabeza la Iglesia católica, sino porque su presencia nos invita a pensar qué significado tiene hoy aquella concepción de país que supo construir una convivencia basada en la libertad de conciencia y el respeto a las distintas creencias.
A veces parece que la laicidad es una cuestión definitivamente resuelta por nuestra historia, una conquista que simplemente debemos recordar. Sin embargo, entendemos que su vigencia requiere algo más que el reconocimiento de una disposición constitucional. Exige comprender su verdadero alcance y evitar interpretaciones que terminen desvirtuando el espíritu con el que fue concebida.
En ese sentido, el pensamiento y la acción de José Batlle y Ordóñez tuvieron una influencia decisiva. El batllismo impulsó una concepción del Estado independiente de toda confesión religiosa, pero comprometido con la libertad de sus habitantes. No se trataba de establecer una sociedad enfrentada a la religión, sino de construir instituciones que no estuvieran subordinadas a ninguna autoridad confesional y que garantizaran iguales derechos a todos los ciudadanos.
La Constitución aprobada en 1917, que entró en vigencia en 1919, consagró ese principio en su artículo 5.º, al establecer la libertad de todos los cultos y disponer que el Estado no sostiene religión alguna. Fue un paso fundamental en nuestra organización republicana. Por eso entendemos que un Estado verdaderamente laico no necesita combatir la religión. Su obligación es garantizar que ninguna creencia tenga privilegios institucionales sobre las demás y que todos los ciudadanos puedan ejercer libremente sus convicciones.
Esta concepción permite comprender por qué la laicidad uruguaya no debe confundirse con la indiferencia o el rechazo hacia las manifestaciones religiosas. Es, precisamente, el marco que hace posible su convivencia en condiciones de libertad e igualdad.
Hay un antecedente de nuestra historia reciente que merece especial consideración. Nos referimos a las dos visitas que realizó Juan Pablo II al Uruguay: la primera, entre el 31 de marzo y el 1.º de abril de 1987, y la segunda entre el 7 y el 9 de mayo de 1988, durante la presidencia de Julio María Sanguinetti.
Aquellas visitas tuvieron una enorme repercusión pública y convocaron a miles de uruguayos. Pero la primera dejó, además, una imagen que permanece hasta hoy en Montevideo: la cruz instalada para la celebración multitudinaria que el pontífice encabezó en la zona de Tres Cruces.
Finalizada aquella celebración, el entonces presidente Julio María Sanguinetti fue un firme impulsor de que la cruz permaneciera en el lugar. Su posición generó una discusión importante, que trascendió el ámbito estrictamente religioso y llegó a las instituciones políticas. La propuesta no prosperó inicialmente en la Junta Departamental de Montevideo y posteriormente el asunto llegó al Parlamento, donde el senador nacionalista Gonzalo Aguirre impulsó la solución legislativa que permitió conservarla como monumento conmemorativo de aquella visita papal.
Entendemos que la posición de Sanguinetti merece una consideración particular. No fue una decisión menor ni una posición circunstancial. Expresaba una concepción de la laicidad fundada en la apertura y la tolerancia: un Estado independiente de las religiones, pero no por ello enfrentado a ellas; capaz de respetar las manifestaciones de fe sin renunciar a su carácter laico.
A nuestro juicio, aquella posición reflejó con claridad sus convicciones y su pensamiento liberal. No consideraba que la presencia de un símbolo religioso, en aquellas circunstancias y con un carácter conmemorativo, fuera incompatible con la condición laica del Estado. Por el contrario, entendía que una sociedad plural también debía ser capaz de reconocer y respetar las expresiones religiosas de una parte de sus ciudadanos.
El episodio tiene, por consiguiente, un valor que va más allá de la permanencia de un monumento. Demuestra que la defensa de la laicidad no tiene por qué traducirse en una actitud restrictiva frente a la religión. También pone de manifiesto que estos asuntos pueden generar distintas interpretaciones y que corresponde a las instituciones democráticas procesarlas, sin convertir las diferencias en enfrentamientos.
Hay también una consideración personal que considero oportuno expresar. Me siento profundamente identificado con el pensamiento batllista y, al mismo tiempo, profeso la fe católica. No encuentro contradicción alguna entre ambas condiciones. Por el contrario, considero que la separación entre el Estado y la Iglesia fue una conquista republicana que hizo bien al Uruguay y que también benefició a la propia Iglesia, al permitir distinguir con claridad las responsabilidades y la misión de la Iglesia de las funciones que corresponden al poder político.
Ser batllista no significa renunciar a las creencias religiosas, como profesar la fe católica no supone dejar de defender la laicidad. En definitiva, la libertad de conciencia es un derecho que debemos preservar para todos, comenzando por respetar la libertad de cada uno de pensar y creer de acuerdo con sus convicciones.
Hoy, casi cuatro décadas después de aquellas visitas, recibimos a otro pontífice. El Uruguay es diferente; la sociedad ha cambiado y las expresiones religiosas conviven con nuevas formas de pensamiento y con una diversidad de convicciones cada vez más visible. Sin embargo, aquella definición republicana conserva su importancia.
La visita de León XIV debe ser recibida con la hospitalidad y el respeto que corresponden a una figura de su relevancia internacional. El relacionamiento institucional con el jefe de la Iglesia católica no compromete la independencia del Estado, del mismo modo que el respeto a las demás confesiones y a quienes no profesan religión alguna no exige desconocer la importancia de este acontecimiento.
Es aquí donde aparece una cuestión que merece nuestra atención: qué hacemos hoy con aquella herencia y cómo la proyectamos hacia adelante. No alcanza con reivindicar a Batlle y Ordóñez ni con recordar las decisiones adoptadas hace décadas. Las nuevas generaciones deben comprender por qué se construyó un Estado laico y qué garantías representa para una sociedad en la que conviven distintas maneras de pensar, creer y vivir.
En suma, la visita de León XIV nos permite vincular nuestra historia con el presente y, sobre todo, con el futuro. No se trata de reabrir antiguas controversias ni de transformar un acontecimiento religioso en una discusión partidaria. Se trata de reconocer el valor de una construcción institucional que contribuyó a definir al Uruguay y que sigue siendo necesaria para su convivencia democrática.
Entendemos que allí reside una de las enseñanzas más importantes de nuestra tradición batllista: la libertad no se defiende imponiendo una determinada manera de pensar, sino garantizando que cada persona pueda ejercer sus convicciones sin privilegios ni exclusiones.
La llegada del papa León XIV será, por tanto, una buena ocasión para recordar de dónde venimos y reflexionar sobre el país que queremos seguir construyendo. Porque la laicidad uruguaya no es solamente una conquista de nuestro pasado; es una responsabilidad del presente y una garantía que debemos preservar para las generaciones futuras.
|
|
 |
Un ministerio innecesario y peligroso
|
Un Papa y un Presidente
|
Gonzalo Moratorio, una vida al servicio de los demás
|
La Semana
|
La economía vuelve a encender las alarmas
|
Homenaje a Jorge Sapelli
|
La estabilidad no alcanza
|
El costo de la inacción
|
Conaprole: US$ 400 millones anuales de costos y el peso de la conflictividad laboral
|
El que las hace, las paga Luis Hierro López
|
Una vergüenza para la democracia uruguaya Santiago Torres
|
Nacionalidad completa, sin ciudadanos de segunda Elena Grauert
|
¿Será que llegó la reivindicación del glifosato? Tomás Laguna
|
Garantizar el suministro eléctrico también exige pensar el precio Fitzgerald Cantero Piali
|
La intolerancia disfrazada de virtud Juan Carlos Nogueira
|
Israel debe definir sus fronteras antes que otros lo hagan Eduardo Zalovich
|
La salud que llega antes que la enfermedad Angelina Rios
|
Oscar Larroca, peleador callejero de la cultura Eduardo Irigoyen García
|
Faltan veredas Alicia Quagliata Rienzi
|
La visita de León XIV: historia, presente y futuro del Uruguay laico Alvaro Valverde Urrutia
|
Fui, soy y seré Susana Toricez
|
Paraguay: cayó Peña, pero la ANR conserva el poder
|
La factura de las urnas
|
Corea del Norte y el mayor robo de la historia
|
Lula ganó la Presidencia, pero no el poder
|
Frases Célebres 1105
|
Así si, Así no
|
ENTRE DICHOS
|
|