La violencia que miran nuestros niños
Viernes 28 de noviembre de 2025. Lectura: 3'
Por Angelina Rios
La primera víctima invisible de la violencia en el hogar es siempre un niño que observa.
Desde enero a octubre de este año, según datos dados a conocer por el Ministerio del Interior, nuestro país registró en ese período una cifra que vuelve a incomodarnos: 35.443 denuncias por violencia doméstica y delitos asociados, es decir, una denuncia cada 12 minutos. Amenazas, lesiones y episodios que, aunque registrados por separado, responden a una misma matriz de abuso y fragilidad. Pero el dato verdaderamente devastador es otro: el 56% de esos episodios ocurrió frente a niños, niñas y adolescentes.
No es solo un número. Es una herida que se abre en el lugar donde deberían existir refugio y cuidado.
Y no es un fenómeno aislado. En Sudamérica, según CEPAL, UNICEF y ONU Mujeres, más de la mitad de los episodios de violencia en los hogares también ocurren con menores presentes, y casi 32 millones de niños y adolescentes viven expuestos a algún tipo de violencia dentro de su propio entorno familiar. Es decir, Uruguay no está fuera del mapa regional: Uruguay está dentro del problema.
Durante años, la violencia doméstica fue tratada como un asunto privado. Pero cuando un país registra decenas de miles de denuncias al año y más de la mitad ocurren frente a menores, estamos ante un desafío público, institucional y generacional.
Un niño no entiende el contexto, pero sí siente el impacto.
Cuando escucha un grito, un portazo o un golpe, su cuerpo reacciona como si estuviera en peligro. La violencia se vuelve un idioma que aprende demasiado pronto, y ese aprendizaje modifica su forma de relacionarse, de confiar, de construir futuro, como si fuera parte del paisaje natural y cotidiano de sus vidas.
Tenemos leyes, programas, fiscalías especializadas, tobilleras y redes de atención. Y aun así, el daño llega antes que el Estado. La intervención ocurre cuando la violencia ya ha explotado.
Faltan mecanismos de prevención temprana, coordinación interinstitucional real, seguimiento continuo en territorio, y la convicción política de que esta problemática necesita continuidad presupuestal que trascienda el gobierno de turno. Porque no estamos enfrentando un problema episódico, estamos enfrentando un patrón cultural que se hereda.
Los números regionales no dejan margen para la duda. En Sudamérica, 1 de cada 2 niños vive o ha vivido en hogares donde la violencia es habitual; entre el 55% y el 65% de los episodios domésticos se produce con menores presentes en países como Argentina, Brasil, Perú y Uruguay, y 7 de cada 10 niños expuestos desarrollan ansiedad, trastornos del sueño o dificultades escolares.
La violencia atraviesa fronteras y se multiplica en los hogares de toda la región. Y esa es, en estos tiempos, una realidad compartida que nos interpela a todos por igual.
Este 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en Uruguay hubo concentraciones, mensajes y compromisos renovados. Todos necesarios. Todos valiosos.
Pero detrás del ritual hay una verdad que no se puede maquillar. La violencia no espera al 25 de noviembre para mostrarse. El miedo tampoco.
Y mientras miles de niños sigan aprendiendo a convivir con ella dentro de sus casas, las campañas serán apenas un recordatorio de lo que aún no logramos cambiar.
La infancia no debería necesitar valentía para vivir en su hogar.
La violencia que ven nuestros niños es la violencia que mañana recordará todo el país. Y si no frenamos este ciclo ahora, lo que heredarán no será un Uruguay más seguro, sino un Uruguay más herido.
En un continente donde millones de niños crecen con miedo, la pregunta es simple y urgente: ¿Qué estamos dispuestos a hacer para que la próxima generación pueda dormir sin escuchar la violencia al otro lado de la puerta?
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