Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

La tiranía permanente

Viernes 24 de julio de 2026. Lectura: 3'

Por Julio María Sanguinetti

El expresidente Sanguinetti sostiene que la declaración de Daniel Ortega de que en Nicaragua no volverá a haber elecciones marca un punto de inflexión: el paso de una dictadura a una tiranía que ya ni siquiera intenta preservar una fachada democrática. A partir de ese hecho, plantea que América Latina y la comunidad internacional tienen la obligación de abandonar toda ambigüedad frente a un régimen que proclama abiertamente su vocación de perpetuarse en el poder.

El presidente de Nicaragua Daniel Ortega acaba de declarar que “aquí no volverá a haber elecciones”.

Así de claro. Ya no hay elecciones fraguadas, ni maquillajes cosméticos. La tiranía se declara permanente y eterna.

Ni siquiera hay una arquitectura institucional como en Cuba. Totalitaria, sin duda, pero con algunos códigos que permiten elecciones cosméticas del partido único y la prédica de la prensa única.

No podemos hablar siquiera de dictadura, porque esta supone por definición una situación excepcional.

Estamos ante una tiranía personal, que ha barrido la prensa, los partidos, todo atisbo de oposición y hasta ha cercado a la Iglesia y las instituciones religiosas.

Las figuras intelectuales más importantes del país no solo han perdido sus libertades. Se les ha quitado la nacionalidad y confiscado sus bienes. Hablamos de figuras tan relevantes como el Premio Cervantes Sergio Ramírez, la escritora Gioconda Belli y el periodista Carlos Federico Chamorro, hijo de doña Violeta, que fuera presidenta constitucional luego de la revolución sandinista.

La tiranía la ejerce el matrimonio. Formalmente actúan los dos: Ortega y Rosario Murillo. Tengo el dudoso honor de conocerlos desde hace años. Daniel estuvo en nuestra toma de posesión en 1985 como líder de la Revolución Sandinista. Ejerció el poder hasta 1990, en que ganó las elecciones doña Violeta Chamorro. Se sucedieron luego tres gobiernos hasta que volvió al poder en la elección de 2006 y desde entonces impuso un fuerte autoritarismo con el fraude electoral como norma.

Cuando visitaron al Uruguay, hace casi cuarenta años, ella todavía era una joven delicada, bonita, muy llena de remilgos hasta en la comida, que actuaba como una “niña bien” de la aristocracia criolla. Él todavía estaba envuelto en la aureola del guerrillero que había volteado una dinastía autoritaria de la familia Somoza, de más de cuarenta años.

La situación pone por delante un fuerte desafío a toda la comunidad internacional. Los países de América Latina no podemos mirar con indiferencia esta situación prácticamente inédita porque no hay siquiera alguna concesión a una fachada. Esto es rotundo: olvídense de las elecciones.

La propia China tiene allí un problema. Ha obtenido de Nicaragua importantes concesiones, pero no le queda bien seguir avalando a un régimen de estas características.

Nuestro gobierno tendrá que hablar claro y sin vueltas. No hay margen para explicaciones o matices porque Ortega renuncia a ellos. Simplemente anuncia la abolición de toda perspectiva electoral y que ahí seguirá mientras las bayonetas lo sostengan.

Es muy triste ver así a la patria de Rubén Darío y César Augusto Sandino. Estamos ante el retorno del somocismo en una versión grotesca, rodeada de inmoralidades personales y excesos de todo tipo.

Esperemos que esta comunidad desfalleciente, que no puede parar sus guerras, por lo menos ponga en vereda a este matrimonio criminal.



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