La sorpresa brasileña
Edición Nº 1101 - Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 5'
Por Julio María Sanguinetti
Que la elección final en Brasil era pareja resultaba bastante notorio. Y que en la primera vuelta Lula predominaba resultaba un valor entendido para todas las encuestas. Datafolha y Quaest, las dos más importantes, le atribuían un 4% de ventaja al Presidente y esa mayoría venía largamente precedida de una machacona reiteración que le daba poco menos que la nota de lo indiscutible. No fue así, sin embargo, y dos millones largos dieron ventaja a Flávio Bolsonaro. “Sorprendente”, dijo Lula y la misma palabra se ha usado en el mundo entero.
Todo está servido para que el Senador derrote al Presidente. Ha obtenido más votos que su padre, la diferencia en el Sur es abrumadora, ganar en Minas Gerais es la prenda de la corona (porque nadie ha ganado perdiendo allí) y en definitiva —algo que me parece relevante— la imagen de Flávio Bolsonaro sale razonablemente bien en lo personal. Luce discreto, leal a su padre, pero de talante claramente más moderado. No brilló, pero no desentonó en la difícil posición de candidato vicario de un padre preso. Su desafío ahora es no cometer errores de campaña, que suelen ser más importantes que los eventuales aciertos.
El primer obstáculo será si acepta o no un debate mano a mano con Lula. Puede rehuirlo amparándose en el precedente de su rival, o aceptarlo y correr el riesgo de enfrentar a un viejo lobo de mar que, si bien no es el de antes, mantiene todavía su brío personal. Quizás lo que más le juegue en contra a Lula sea su estilo más agresivo, un malhumor que antes no aparecía, la pérdida de la gracia pícara que le definió. En todo caso, aceptar o no aceptar, debatir o no debatir, tendrá su peso no bien se muevan las primeras piezas de este complejo ajedrez.
Aun asumiendo el riesgo de adelantarnos, un aspecto muy importante es que la centroderecha brasileña marca la posibilidad de un futuro. Flávio Bolsonaro es una continuidad válida de su padre y Tarcísio, el gran triunfador de San Pablo, ya es una figura presidencial. A la inversa, en la izquierda, de perder, es el ocaso final de Lula y de su delfín, Haddad, vapuleado en la elección paulista.
La elección parlamentaria, por otra parte, ha sido relevante. Si gana Bolsonaro tendrá una cuasimayoría en Diputados y una posición muy favorable en el Senado, en un Parlamento donde el famoso “centrĂ£o” ha sido el fiel de la balanza. El tal “centrĂ£o” es un espacio informal, ubicado en el centro mismo, en general muy vinculado a los Gobernadores, que se caracteriza por su permanente negociación en función de los intereses de sus Estados.
Otra comprobación inequívoca es que Brasil profundiza su diferenciación territorial. El Norte con la izquierda, el Sur con la centroderecha. Ese mapa electoral hoy se define más sociológica que ideológicamente. El Sur es el Brasil de la industria, la agricultura, el comercio, la ganadería. El Norte es el Brasil más folklórico, más turístico, más simpáticamente musical, pero muy dependiente del Estado y sus beneficios sociales.
Esta división se ha ido consolidando. En algún momento se hablaba de Belindia, una combinación de Bélgica e India, visiones muy dispares ante el mundo del trabajo y la visión del Estado.
El Estado de San Pablo, por ejemplo, es un Estado adentro del Estado. Cuando Bolsonaro Padre desalentaba la vacunación, San Pablo no sólo vacunaba sino que producía sus vacunas. Es decir, posee una enorme autonomía. Tiene 46 millones de habitantes, el 22% de la población de Brasil, pero un tercio del PBI brasileño, que es más que el de Argentina. Es natural, entonces, que vote con una lógica muy propia.
Las hipótesis que se ofrecen para explicar el “sorprendente” resultado son muchas. Está claro que aumentar la Bolsa Familia a última hora de nada le sirvió a Lula, porque tenía un aroma de oportunista compra de voto que no parece haber alterado el ánimo de nadie. Las historias de corrupción y la notoria parcialidad de el Supremo Tribunal Federal y su juez Alexandre de Moraes, en cambio, hicieron mella en las mayoritarias clases urbanas de las ciudades del Sur. Con Bolsonaro y sus internaciones hospitalarias se ofrecía un espectáculo de verdadera persecución personal.
En los Estados más desarrollados pesa también la fortísima tributación estatal y el altísimo nivel de los intereses, que poco se mencionan, pero hacen mella en un Sur que siente que con su trabajo debe sostener al resto. Lo mismo con el tema de la seguridad, que en las grandes ciudades es muy determinante.
También da la impresión de que este Lula enojado, de aire vengativo, ha fatigado a la ciudadanía y que ya no llega a la generalidad como antes, en que hacía un corte transversal en la sociedad brasileña. A lo que se añade la cuestión religiosa, con un activismo evangélico de incuestionable peso y que no es afín al PT.
Para Uruguay no hay cambios dramáticos. La relación del gobierno de Lacalle Pou con el de Lula fue excelente. Por eso ha sido disparatada la militancia frentista en favor de Lula, como si al Uruguay le fuera la vida, cuando sólo parece írsela a una izquierda uruguaya que se siente asfixiada por un síndrome de aislamiento. Un mapa latinoamericano a la derecha deja al Uruguay como una mancha solitaria. No nos hiere particularmente, pero nos obliga a ser muy prudentes. El mismo Frente Amplio debería asumir que es un partido de gobierno y no una banda de excitados militantes como luce ahora. Todo es una sensación, porque un gobierno brasileño de derecha no cambiará su actitud, salvo que el izquierdismo “infantil” de que hablara Lenin nos llevara a una situación ríspida. Y esto compromete al país todo, especialmente en el comercio.
Es cada día más claro que para compensar la ortodoxia económica el Frente cae en la variable de ajuste de la política exterior. Levanta el perfil político de la Embajada ante la Autoridad Palestina, no condena al terrorismo de Hamás, habla del publicitario “bloqueo” de Cuba en los EE. UU.… Y con eso va calmando a sus iracundos. Pero también desnuda ante la ciudadanía la contradicción en la que vive, porque si es de izquierda no es dictadura…
El Frente Amplio está desolado. Se ve venir una derrota del “gran hermano” en que se refugiaba. Pero también comienza a vislumbrar, a través de Brasil, su propia caída.
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