La sociedad israelí quiere a los "jaredím" fuera del próximo gobierno
Viernes 22 de mayo de 2026. Lectura: 6'
Por Edu Zamo
Durante décadas, los jaredím fueron un actor marginal dentro de Israel. Hoy, convertidos en una fuerza demográfica y política decisiva, están en el centro de una discusión cada vez más áspera sobre identidad nacional, servicio militar, educación y relación entre religión y Estado. El desafío ya no es su crecimiento, sino cómo convivirá con el mismo la sociedad israelí.
La comunidad ultraortodoxa judía, conocida en hebreo como jaredím, es uno de los actores sociales y políticos más fuertes de Israel. Y el que mayor rechazo despierta. Durante décadas fue vista como un sector pequeño, concentrado en barrios religiosos y centrado en el estudio de la Torá (Biblia), pero el crecimiento demográfico, su disciplina política y la importancia de sus partidos en las coaliciones de gobierno los transformaron en una fuerza central. Hoy representan el 14% de la población, son 1,4 millones y las proyecciones indican que podrían superar el 16% en 2030. Israel no puede ser un Estado totalmente laico, al estilo uruguayo, porque su historia está entrelazada con la del pueblo hebreo. Hay plena libertad de culto, pero la identidad nacional no es religiosamente neutra; las fiestas del país son las religiosas. En parte, similar al Vaticano.
Los ultraortodoxos no forman un bloque homogéneo. Existen profundas diferencias culturales, religiosas y étnicas entre los ashkenazíes, originarios de Europa oriental y central, y los sefaradíes, provenientes de España y el mundo árabe. Sefarad es el nombre hebreo de España. También existen rivalidades entre corrientes, pero, a pesar de esto, comparten principios básicos: la prioridad total del estudio religioso, una visión conservadora de la sociedad, el deseo de preservar su identidad tradicional frente a la modernidad secular y la defensa de la autonomía educativa.
Las principales concentraciones de jaredim se encuentran en Jerusalén, Bnei Brak, Beit Shemesh, Modiin Illit y Elad. Jerusalén tiene barrios emblemáticos como Mea Shearim, donde predominan grupos muy cerrados. Bnei Brak, cerca de Tel Aviv, es considerada la capital social y espiritual del mundo jaredí. Modiin y Beitar crecieron rápido en los últimos años gracias a la elevada natalidad y el menor costo de vida.
¿Quién los representa?
En el plano político, los dos partidos políticos que representan al mundo ultraortodoxo son Shas y Yahadut Hatorá (Judaísmo Bíblico). Shas representa a los sefaradíes. Fue fundado en los años ochenta bajo el liderazgo espiritual del rabino Ovadia Yosef, figura clave del judaísmo contemporáneo. El partido combina defensa religiosa con reivindicaciones sociales de los judíos orientales, históricamente rezagados. Su líder actual es Arie Deri.
Por otro lado, YT agrupa a las corrientes ultraortodoxas ashkenazíes, en dos ramas: Degel HaTorá y Agudat Israel. Dentro de este espacio existen tensiones entre rabinos lituanos y grupos jasídicos. Aunque se presentan unidos electoralmente, las rivalidades internas son constantes. Los líderes religiosos tienen enorme influencia sobre las decisiones políticas, y los dirigentes parlamentarios de sus partidos les hacen caso.
La relación de los jaredim con el Estado de Israel es compleja. Una parte importante de ellos aceptó pragmáticamente la existencia del Estado y participa activamente en sus instituciones, pero sin adoptar necesariamente el sionismo clásico. Para muchos rabinos ultraortodoxos tradicionales, el verdadero reino judío solo debe surgir con la llegada del Mesías. Esa visión explica que algunos grupos, como Neturei Karta, rechacen símbolos estatales israelíes. Sin embargo, la mayoría de los dirigentes actuales participa plenamente en la política israelí y negocia presupuestos, leyes y ministerios con pragmatismo.
La gran diferencia con el sionismo religioso nacionalista es que los jaredim tradicionales consideran que el estudio de la Biblia protege espiritualmente al pueblo judío tanto como el ejército lo hace físicamente. Esa idea está en el centro del conflicto permanente sobre el servicio militar. Desde 1948, miles de estudiantes de yeshivot (centros de estudio religiosos) recibieron exenciones militares para dedicarse al estudio. Lo que comenzó como una concesión limitada para algunos cientos terminó abarcando a decenas de miles de jóvenes. Actualmente, el debate sobre el reclutamiento jaredí es uno de los temas más explosivos de la política israelí, genera fuertes choques y causa rechazo hacia ellos.
Se acerca la igualdad
La guerra de Gaza y la prolongación de las operaciones militares aumentaron la presión de sectores seculares y nacionalistas que exigen igualdad de obligaciones. Los israelíes ven injusto que jóvenes laicos y religiosos sionistas sirvan durante años mientras miles de ultraortodoxos están exentos. Las protestas crecieron y el Tribunal Supremo israelí cuestionó la legalidad de las exenciones automáticas. En respuesta, los partidos jaredim amenazaron varias veces con derribar al gobierno si se imponía el reclutamiento obligatorio. En 2026, la tensión estalló y provocó el adelanto electoral para setiembre próximo.
La cuestión económica también genera debates. Muchas familias jaredim viven con ingresos bajos debido a que muchos hombres dedican su vida adulta al estudio religioso y participan menos del mercado laboral. El Estado financia parcialmente escuelas religiosas, subsidios familiares y programas comunitarios. Los críticos sostienen que el modelo es insostenible y depende excesivamente de fondos públicos. Sectores liberales y seculares denuncian que el sistema educativo ultraortodoxo dedica pocas horas a matemáticas, ciencias o inglés, complicando la inserción laboral.
Los dirigentes responden que la comunidad preserva la continuidad espiritual judía y que la sociedad israelí necesita tanto fortaleza militar como identidad religiosa. También señalan que cada vez más ultraortodoxos trabajan en tecnología, servicios financieros y administración pública, aunque el cambio sigue siendo gradual. En los últimos años surgieron programas específicos para integrar hombres y mujeres en sectores de alta tecnología, manteniendo marcos religiosos estrictos.
Dentro del universo ultraortodoxo hay importantes diferencias culturales. Los sefaradíes son más flexibles socialmente y mantienen vínculos más amplios con judíos no ortodoxos. En términos políticos, Shas desarrolló una identidad más popular y social, mientras que YT mantiene una orientación más comunitaria. También existen diferencias generacionales. Parte de la juventud comienza a buscar mayor integración económica y tecnológica. Algunos abandonan completamente la vida jaredí, fenómeno minoritario pero creciente. Organizaciones israelíes ayudan a quienes dejan comunidades cerradas y deben adaptarse al mundo secular.
Desde la perspectiva de la sociedad secular israelí, los ultraortodoxos poseen una influencia política exagerada debido al sistema parlamentario y la necesidad constante de coaliciones. Tanto gobiernos de derecha como de centro negociaron históricamente con Shas e YT para lograr mayorías. A cambio, los partidos jaredim obtuvieron presupuestos, autonomía educativa y protección de intereses religiosos. La relación con la derecha nacionalista se fortaleció especialmente bajo Netanyahu, aunque los ultraortodoxos no valoran mucho temas territoriales o diplomáticos. Su prioridad es la defensa de su modo de vida.
En el mundo judío estadounidense también existen miradas diversas. Medios ortodoxos valoran la vitalidad demográfica y religiosa jaredí, viendo en ella una respuesta al secularismo y la asimilación. Otros sectores —liberales— observan con preocupación su peso creciente, las tensiones sobre derechos civiles y el conflicto entre religión y Estado.
El futuro depende de varios factores: demografía, integración laboral, educación y servicio militar. El crecimiento ultraortodoxo continuará siendo uno de los fenómenos centrales de Israel. La gran incógnita es si esa expansión derivará en una integración gradual al Estado moderno o en una profundización de la separación. Algunos analistas creen que las necesidades económicas terminarán empujando a más jaredim hacia el trabajo y una integración social más amplia. Otros creen que el fortalecimiento demográfico hará que Israel adopte rasgos más religiosos en el futuro.
Lo cierto es que la comunidad jaredí ya no puede ser considerada un actor periférico. Su peso electoral, su crecimiento poblacional y su influencia sobre cuestiones clave —educación, presupuesto, identidad judía, ejército y relación entre religión y Estado— la colocan en el centro mismo del debate sobre el futuro de Israel.
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