La sequía no alcanza para explicar el freno
Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026. Lectura: 4'
El PIB uruguayo retrocedió 0,8% en el segundo trimestre y cayó 0,5% frente al mismo período de 2025. La sequía explica el golpe inmediato, pero no la prolongada debilidad de una economía que invierte poco, pierde competitividad y vuelve a crecer menos de lo anunciado por el gobierno.
La economía uruguaya volvió a dar una señal preocupante. El Producto Interno Bruto se contrajo 0,8% entre abril y junio respecto del trimestre anterior, una vez eliminados los efectos estacionales, y cayó 0,5% frente al mismo período de 2025. El retroceso interrumpió la recuperación de 0,7% registrada durante los primeros tres meses del año. No alcanza para hablar técnicamente de recesión —se necesitarían dos trimestres consecutivos de contracción—, pero confirma que el país permanece peligrosamente cerca del estancamiento.
El impacto más severo provino del sector Agropecuario, Pesca y Minería, cuya actividad se desplomó 22,2% en términos interanuales y restó 1,7 puntos porcentuales al PIB. La sequía redujo drásticamente el rendimiento de la soja, mientras la menor faena también perjudicó la actividad pecuaria. La producción de la oleaginosa habría sido aproximadamente 50% inferior a la de la temporada anterior y sus exportaciones acumulaban una caída de 46% en lo que iba del año.
La economista Gabriela Mordecki, profesora de la Universidad de la República, recordó una verdad elemental: “A la falta de lluvia, no hay política que la pueda revertir”. Es razonable, por tanto, esperar que una normalización climática permita recuperar parte de lo perdido durante los próximos trimestres.
Pero limitar la explicación a la sequía sería demasiado cómodo. Antes de conocerse estos números, Javier de Haedo ya advertía que el nivel de actividad se encontraba “planchado” desde comienzos de 2025. La agricultura explica la magnitud de la caída del segundo trimestre; no explica por sí sola que Uruguay lleve demasiado tiempo creciendo poco, por debajo de sus posibilidades y de las propias previsiones oficiales.
Los restantes componentes del PIB ofrecen una fotografía menos sombría, aunque insuficiente para disipar las dudas. La construcción creció 4,2%, impulsada principalmente por el centro de datos de Google y por obras energéticas; el comercio, el alojamiento y la gastronomía avanzaron 2,8%; y la industria manufacturera aumentó 1,9%, favorecida por una mayor producción de celulosa. También se incrementó 2,6% el consumo de los hogares.
La noticia más auspiciosa fue la inversión, que aumentó 9,5% respecto del mismo período del año anterior y dejó atrás cuatro trimestres consecutivos de retroceso. Sin embargo, Marcelo Sibille, de KPMG, señaló que la tasa de inversión continúa cercana al 16% del PIB, un nivel demasiado bajo para sostener una expansión vigorosa. Su diagnóstico general fue todavía más inquietante: la actividad permanece en una “situación de cuidado intensivo”.
También existe una composición que obliga a moderar el optimismo. Parte importante del aumento de la inversión responde a algunas obras de gran porte y no necesariamente a una recuperación generalizada de las decisiones empresariales. A su vez, el crecimiento del consumo se concentró especialmente en bienes importados, como vehículos y prendas de vestir. Mientras tanto, las exportaciones de bienes y servicios cayeron 3,9%, afectadas por las menores ventas de soja, carne y automóviles.
El gobierno insiste en que la economía sigue “en movimiento” y confía en un repunte durante el segundo semestre. El ministro Gabriel Oddone había anticipado correctamente que el resultado de abril a junio sería negativo debido a la sequía. Sin embargo, el Ministerio de Economía mantiene para 2026 una proyección de crecimiento de 1,6%, bastante más elevada que el 1% previsto por la mediana de los analistas privados.
José Antonio Licandro calculó que, para alcanzar la meta oficial, el PIB debería crecer 3,2% durante el conjunto de los dos trimestres restantes. Calificó esa posibilidad como “inverosímil”. Aldo Lema también advirtió que tanto el gobierno como el consenso privado sobreestimaron el crecimiento de corto plazo. Exante evalúa revisar a la baja su previsión de 1%, mientras el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) proyecta una expansión de apenas 0,9% este año y de 1,5% en 2027.
El problema trasciende, entonces, una mala cosecha. Uruguay mantiene estabilidad institucional, inflación controlada y acceso al crédito, pero arrastra costos elevados, baja productividad, escasa apertura comercial, dificultades regulatorias y una tasa de inversión incompatible con un salto sostenido del crecimiento. Para Agustín Iturralde, director ejecutivo del CED, el país “requiere un shock de competitividad”.
La sequía pasará y parte de la producción agropecuaria probablemente se recuperará. Lo que no desaparecerá con la próxima lluvia es la debilidad estructural de una economía que se ha acostumbrado a crecer poco y a celebrar cada gran inversión como una excepción. El dato del segundo trimestre no justifica el alarmismo, pero tampoco admite complacencia. Más que buscar explicaciones transitorias, el gobierno debería reconocer que su meta de crecimiento difícilmente se cumpla y acelerar las reformas capaces de ampliar la inversión, la productividad y la inserción internacional.
La economía está en movimiento, sí. La pregunta relevante es hacia dónde y a qué velocidad.
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