Edición Nº 1092 - Viernes 7 de agosto de 2026

La riqueza que América Latina todavía no sabe medir

Viernes 31 de julio de 2026. Lectura: 4'

Por Fitzgerald Cantero Piali

El autor plantea que América Latina enfrenta un problema estratégico que aún no ha logrado dimensionar: la inversión que realiza en formar profesionales altamente calificados cuyo mayor aporte económico termina beneficiando a otras regiones. A partir de esa constatación, propone comenzar a medir ese fenómeno mediante un nuevo enfoque, el Balance Estratégico de Talento (BET), como herramienta para orientar las políticas de desarrollo de largo plazo.

Cada mañana, los ministerios de Economía y los bancos centrales de América Latina reciben información sobre el tipo de cambio, las reservas internacionales, la inflación, el déficit fiscal, la deuda pública y la inversión extranjera.

Todas son variables indispensables para comprender la salud de una economía.

Sin embargo, ninguna de ellas responde una pregunta que podría ser determinante para el desarrollo de largo plazo: ¿cuánto invierte América Latina en formar el talento cuyo mayor aporte económico termina generándose fuera de la región?

Sorprendentemente, no tenemos una respuesta.

No me refiero a cuántos estudiantes ingresan a la universidad ni a cuántos profesionales se gradúan cada año. Esos datos existen y son ampliamente conocidos.

Me refiero a algo diferente: la capacidad de estimar el valor de la inversión que nuestras sociedades realizan en la formación de capital humano altamente calificado cuando el rendimiento de esa inversión se materializa, principalmente, en otras economías.

Durante décadas hemos estudiado el fenómeno conocido como brain drain o fuga de cerebros. Sabemos cuáles son sus principales causas, conocemos los principales destinos de nuestros profesionales y entendemos, en términos generales, por qué muchos de ellos deciden desarrollar sus carreras en el exterior.

Sin embargo, seguimos sin medir una dimensión esencial del fenómeno.

No sabemos cuál es la magnitud económica de la inversión en capital humano cuyo retorno termina siendo capturado, al menos parcialmente, por otros países.

Y aquello que no se mide rara vez ocupa un lugar central en las decisiones de política pública.

Cada profesional que se forma en una universidad latinoamericana representa una inversión acumulada de las familias, de las instituciones educativas y, en muchos casos, de toda la sociedad a través del financiamiento público.

Cuando ese profesional desarrolla la etapa más productiva de su carrera en otra economía, no solo se traslada una persona. También se desplaza parte del rendimiento de esa inversión.

No se trata de cuestionar la movilidad internacional, que constituye una característica natural de un mundo cada vez más integrado. Tampoco de sugerir que las personas deban permanecer donde nacieron.

La circulación del conocimiento puede generar beneficios para los países de origen, de destino y para los propios profesionales.

El verdadero desafío consiste en comprender la dimensión estratégica del fenómeno.

Mientras numerosas economías desarrolladas implementan políticas cada vez más sofisticadas para atraer talento altamente calificado, América Latina continúa observando esta dinámica, principalmente, desde una perspectiva migratoria o social.

Quizás haya llegado el momento de incorporar también una mirada económica.

Esta discusión trasciende el fenómeno migratorio. En un contexto en el que la inteligencia artificial, la transición energética, la biotecnología y la digitalización están redefiniendo las ventajas competitivas de las naciones, la capacidad de formar, atraer y retener talento comienza a ser tan estratégica como la disponibilidad de energía, infraestructura o financiamiento.

Lo que está en juego no es únicamente dónde viven los profesionales.

Lo que está en juego es dónde se genera el conocimiento, dónde se desarrollan las innovaciones y dónde se captura el mayor valor agregado.

Si aceptamos que el capital humano constituye uno de los principales motores de la productividad, la innovación y el crecimiento, resulta razonable preguntarnos por qué seguimos careciendo de una herramienta que permita estimar cuánto invertimos en su formación y dónde termina generándose el retorno de esa inversión.

Esa reflexión me ha llevado a formular una hipótesis de trabajo que comenzaré a desarrollar en las próximas semanas: el Balance Estratégico de Talento (BET).

No se trata de un índice sobre migración, ni de un juicio de valor acerca de quienes deciden construir su futuro en otra región.

Se trata de una propuesta metodológica para comenzar a medir una dimensión que hoy permanece prácticamente invisible en los indicadores tradicionales del desarrollo.

Así como los países elaboran cuentas específicas para analizar sectores estratégicos de sus economías, quizás haya llegado el momento de construir una herramienta que permita observar el comportamiento del capital humano, con la misma rigurosidad con la que analizamos el capital financiero, la inversión o el comercio internacional.
Todavía no tengo todas las respuestas.

Pero sí una convicción.

Durante décadas aprendimos a medir el capital financiero, el capital físico y los flujos comerciales.

Tal vez haya llegado el momento de medir con la misma rigurosidad el capital humano.
Porque, en la economía del conocimiento, la verdadera riqueza de las naciones ya no reside únicamente en los recursos que poseen, sino en su capacidad para desarrollar, retener y potenciar el talento de su gente.

Y aquello que no aprendamos a medir, difícilmente lograremos convertirlo en una prioridad de política pública.

Nota: En las próximas semanas compartiré un mayor desarrollo de esta propuesta conceptual y metodológica, con el objetivo de construir una primera aproximación al Balance Estratégico de Talento (BET) para América Latina y el Caribe. Quedo abierto también a que, si alguien quiere sumarse, podamos construirlo juntos.



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