Edición Nº 1100 - Viernes 2 de octubre de 2026

La revancha del loquito conspiranoico

Viernes 2 de octubre de 2026. Lectura: 10'

Por Eduardo Irigoyen García

El autor reflexiona sobre el renacimiento de las teorías conspirativas, amplificadas por las redes sociales y aprovechadas, en algunos casos, por dirigentes políticos que encuentran en el miedo y la sospecha una herramienta de movilización.

Todos conocimos uno.

El loquito conspiranoico del barrio, ese personaje infaltable en la charla familiar, en el boliche y, en mi generación, también en el liceo.

Era el que la tenía clarísima.

Mientras nosotros vivíamos alegremente en la ignorancia, él había descubierto la verdad que nadie quería que conociéramos. Sabía quién manejaba los hilos, quién estaba detrás de cada acontecimiento y quiénes eran los verdaderos responsables de todo lo que ocurría en el mundo.

Naturalmente, nosotros éramos una manga de pelotudos por no haber accedido al conocimiento secreto que él manejaba.

En mi adolescencia todavía no existía internet y la palabra conspiranoico ni siquiera formaba parte del vocabulario cotidiano. Pero el personaje ya estaba perfectamente inventado.

Uno escuchaba:

—Ustedes no se dan cuenta, giles. Atrás de todo esto están los judíos, los masones y los comunistas.

A veces aparecían los capitalistas. Dependiendo del día, podían estar todos juntos. No importaba demasiado la contradicción. La conspiración tenía una ventaja extraordinaria: podía explicarlo todo. Era una especie de Cambalache político-intelectual donde judíos, masones, comunistas, capitalistas, banqueros, gobiernos secretos y extraterrestres entraban todos en la misma bolsa.

Con los años aprendimos el mecanismo y dejamos de darle pelota.

El problema es que el conspiranoico no desapareció. Simplemente consiguió internet. Y ahora tiene Facebook, YouTube, TikTok, grupos de WhatsApp, podcasts y algoritmos que le muestran permanentemente contenidos que confirman lo que ya cree.

Y en algunos casos, políticos dispuestos a repetir sus disparates desde una tribuna.

El viejo conspiranoico del barrio volvió. Pero ahora tiene audiencia. Y algunos tienen cargos públicos.

La conspiración se modernizó, los culpables no tanto

El repertorio actual es bastante conocido. Antes eran los judíos, los masones, los comunistas y los capitalistas. Ahora se agregaron la ONU, el Foro de Davos, la Agenda 2030, las vacunas, el cambio climático, las «élites globalistas», las ciudades de 15 minutos, la ideología de género y cualquier otra cosa que pueda convertirse en una amenaza misteriosa para «nuestra libertad».

Hay versiones para todos los gustos. La teoría del Nuevo Orden Mundial, por ejemplo, sostiene que la Agenda 2030 sería una especie de plan secreto para acabar con la soberanía de los Estados y establecer un gobierno mundial. El pequeño detalle es que la propia Agenda 2030 dice exactamente lo contrario: reafirma la soberanía de los Estados y establece que su implementación debe respetar las políticas y prioridades nacionales. Los mecanismos de seguimiento son explícitamente voluntarios y dirigidos por cada país.

¿Puede criticarse la Agenda 2030? Por supuesto. Se pueden discutir sus objetivos, sus prioridades, sus resultados, sus costos, sus indicadores y hasta la eficacia de determinadas políticas. Eso se llama debate político. Inventar que existe un gobierno mundial clandestino que está preparando nuestra esclavización es otra cosa.

Ahora quieren que comamos insectos

Según una de las teorías que circulan por las redes, la ONU pretende prohibir la carne y obligarnos a comer insectos. No sé ustedes, pero yo todavía estoy esperando que aparezca el funcionario de Naciones Unidas que venga a sacarme el asado de la parrilla.

La realidad es bastante menos cinematográfica. Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible no establecen ninguna obligación de comer insectos ni contienen un mandato para prohibir la carne. Se puede discutir seriamente la producción ganadera, el impacto ambiental de determinadas formas de alimentación o el desarrollo de nuevas fuentes de proteínas. Pero de ahí a imaginar un comando de inspectores de la ONU entrando en nuestras casas para confiscar las milanesas hay una distancia considerable.

Las ciudades de 15 minutos tampoco son campos de concentración

Otra conspiración sostiene que las famosas «ciudades de 15 minutos» son una trampa para encerrarnos en barrios, controlar nuestros desplazamientos y convertir nuestras ciudades en gigantescos campos de confinamiento.

En realidad, el concepto de ciudad de 15 minutos es una propuesta de planificación urbana orientada a que las personas tengan servicios básicos, comercios, espacios públicos y equipamientos relativamente cerca de sus hogares. Se puede estar a favor de ella o en contra. Se pueden discutir sus efectos sobre el tránsito, el comercio, la movilidad, la planificación urbana o la libertad individual. Lo que resulta bastante más difícil de sostener es que comprar el pan a diez minutos de casa forme parte de un plan mundial para impedirnos escapar.

La gran conspiración demográfica

Después está la supuesta operación secreta para despoblar el planeta mediante la llamada «ideología de género». Según esa teoría, hablar de la igualdad entre hombres y mujeres, los derechos reproductivos o la diversidad tendría como finalidad destruir la familia, homosexualizar a nuestros hijos, fomentar el aborto como un anticonceptivo y reducir deliberadamente la población mundial.

Basta leer qué dice realmente el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 5. Habla de eliminar la discriminación y la violencia contra mujeres y niñas, combatir prácticas como el matrimonio infantil y la mutilación genital femenina, promover la participación de las mujeres y garantizar el acceso a la salud y los derechos sexuales y reproductivos.

Uno puede discrepar de determinadas políticas. Puede discutir qué significa exactamente «derechos reproductivos». Puede criticar la forma en que determinados gobiernos implementan políticas de igualdad. Pero atribuirle a todo eso un plan secreto para exterminar a la humanidad exige algo más que una opinión: exige pruebas. Y las pruebas, curiosamente, suelen desaparecer justo cuando uno las pide.

El chip debajo de la piel

Y llegamos al chip. Según otra versión, la Agenda 2030 escondería un plan para implantarnos dispositivos subcutáneos obligatorios mediante los cuales la ONU podría controlar nuestros movimientos, nuestras compras, nuestra identidad y, posiblemente, hasta nuestras ganas de tomar mate.

La cuestión real del Objetivo 16.9 es mucho menos emocionante: propone proporcionar identidad jurídica para todos, incluido el registro de los nacimientos. Es decir, que un niño que nace no quede jurídicamente convertido en un fantasma porque nadie registró su nacimiento.

Podemos discutir la protección de datos. Debemos discutir la privacidad. Debemos vigilar cualquier intento de vigilancia masiva. Pero una cosa es discutir seriamente los riesgos de la digitalización y otra muy distinta es inventar un chip imaginario para después denunciar su existencia.

La ONU no es perfecta

Acá conviene hacer una pausa, porque defender a la ONU frente a las teorías conspirativas no significa convertirla en una institución sagrada e intocable.

La ONU merece críticas. Muchas. Es una organización enorme, burocrática, imperfecta y atravesada por los intereses de los propios Estados que la integran. El Consejo de Seguridad tiene un sistema de veto que puede paralizar decisiones fundamentales. Hay fracasos evidentes de la comunidad internacional. Hay resoluciones que quedan en el papel. Hay organismos que funcionan mal y programas cuya eficacia puede y debe ser discutida.

La ONU no es un gobierno mundial. Precisamente por eso tampoco puede ser responsable de todo lo que ocurre en el mundo.

Ahí está la paradoja del conspiranoico. Por un lado, sostiene que la ONU es una organización todopoderosa capaz de controlar gobiernos, ciudades, alimentos, familias, identidades y hasta nuestros cuerpos. Por otro, basta mirar la realidad internacional para comprobar que la ONU muchas veces no consigue siquiera que los Estados se pongan de acuerdo sobre cuestiones fundamentales.

Si la ONU fuera realmente ese monstruoso gobierno mundial omnipotente que algunos describen, habría que reconocerle una capacidad de organización verdaderamente extraordinaria. La realidad, por suerte o por desgracia, es bastante más caótica.

Criticar no es conspirar

Hay una diferencia fundamental que parece haberse perdido. Criticar una institución no es conspirar contra ella. Se puede criticar a la ONU. Decir que necesita reformas. Cuestionar determinadas resoluciones. Discutir la eficacia de la Agenda 2030. Señalar contradicciones de sus Estados miembros. Reclamar más transparencia. Incluso sostener que determinadas políticas internacionales son equivocadas. Todo eso forma parte de la libertad de pensamiento.

Lo que no se puede hacer intelectualmente es inventar una conspiración y después exigir que los demás demuestren que no existe. Porque entonces entramos en el maravilloso mundo del razonamiento circular:

—¿Sabés que hay un gobierno mundial secreto?

—¿Dónde está la prueba?

—Que no encuentres la prueba demuestra lo bien que funciona el secreto. Gil.

Y asunto terminado. Es imposible perder una discusión cuando la ausencia de pruebas se convierte en prueba de la conspiración.

El problema no es solamente el conspiranoico

Y acá aparece una cuestión bastante más seria. El problema no es solamente el individuo que comparte en Facebook que la ONU quiere encerrarnos, vacunarnos, encajarnos, emputecer a nuestros hijos y alimentarnos con cucarachas.

El problema aparece cuando los políticos descubren que ese miedo da votos. Porque el conspiranoico puede ser pintoresco. El político que sabe que una afirmación es falsa y la repite deliberadamente para explotar el miedo de la gente ya está jugando en otra liga. Y ahí la responsabilidad es mucho mayor.

Hay políticos que no creen necesariamente en las teorías conspirativas, pero descubrieron que es rentable fingir que creen en ellas. No necesitan demostrar nada. Les alcanza con insinuar.

«Yo no digo que sea cierto, pero...».

«Algo raro hay».

«Pregunten quién se beneficia».

«Yo solamente hago preguntas».

«Atrás de esto están los de siempre».

Y después de sembrar la sospecha, se retiran tranquilamente mientras las redes hacen el resto.

La conspiración se convierte entonces en una herramienta política. Ya no importa si la historia es verdadera. Importa que produzca miedo. Y el miedo moviliza.

Lo más grave es la complicidad silenciosa. Esos políticos hacen gala de teorías conspirativas y delirios que antes daban vergüenza y que otrora habrían obligado a un candidato a desdecirse o a guardar silencio. Hoy los exhiben sin pudor en el Parlamento. La vergüenza pública desapareció. La impunidad discursiva se instaló. Y mientras algunos se ríen del loquito conspiranoico del barrio, el loquito conspiranoico con banca parlamentaria legisla, opina, acusa y cosecha votos.

La democracia necesita ciudadanos desconfiados

Hay algo que conviene recuperar. Desconfiar del poder es saludable. Preguntar quién toma las decisiones. Preguntar quién se beneficia. Investigar conflictos de intereses. Exigir transparencia. Controlar a los gobiernos. Criticar a las grandes empresas. Cuestionar a la ONU. Cuestionar a la Iglesia. Cuestionar a los partidos. Cuestionar a los medios. Cuestionarnos a nosotros mismos.

Eso no es conspiracionismo.

Eso es ciudadanía.

La diferencia está en que el ciudadano crítico busca pruebas aunque contradigan lo que piensa. El conspiranoico busca pruebas que confirmen lo que ya decidió creer.

Uno dice:

«Demostrame que es cierto».

El otro dice:

«Demostrame que es mentira».

Y si no podés demostrarlo, para él la conspiración queda automáticamente confirmada.

El loquito consiguió internet

Tal vez esa sea la verdadera revancha. El loquito conspiranoico de mi adolescencia era, en definitiva, un personaje bastante inofensivo. Hablaba en la mesa familiar de los domingos, nosotros lo escuchábamos cinco minutos, alguien pedía otro plato de ravioles y la vida continuaba.

Hoy puede tener cien mil seguidores. Puede convertirse en influencer. Puede encontrar miles de personas dispuestas a confirmar sus sospechas. Y, peor todavía, puede encontrar políticos dispuestos a transformarlas en votos.

Por eso no alcanza con reírse del conspiranoico. Hay que discutirle. Hay que pedirle pruebas. Hay que desmontar las falsedades. Y hay que exigirle responsabilidad a quien, desde una banca parlamentaria, una intendencia, un ministerio o un gobierno, utiliza deliberadamente esas falsedades para fabricar enemigos y cosechar miedo.

Porque la democracia no se defiende creyendo ciegamente en la ONU. Se defiende con la verdad comprobable, la libertad de pensamiento, el Estado de derecho, las instituciones multilaterales y el derecho de cada ciudadano a preguntar sin que le vendan una fantasía como si fuera información.

La ONU puede y debe ser criticada. Pero entre criticar a la ONU y convertirla en el malo de la película conspirativa hay un abismo. Y si algún político quiere cruzarlo para juntar votos, que por lo menos tenga la honestidad de decirlo.

Porque el viejo conspiranoico del barrio ya no está solo. Ahora tiene micrófono, cámara, algoritmo y candidatos que le hacen coro. Y eso sí es bastante más peligroso que cualquier teoría de la conspiración.



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