La próxima crisis mundial no será financiera
Viernes 10 de julio de 2026. Lectura: 3'
Por Fitzgerald Cantero Piali
Mientras el mundo mira los mercados y los conflictos bélicos, una amenaza más profunda comienza a tomar forma: una crisis energética capaz de paralizar la economía global. El verdadero riesgo ya no está solamente en las finanzas, señala el autor, sino en la fragilidad de la infraestructura que sostiene la vida moderna.
Desde hace algunas semanas vengo reflexionando sobre una posibilidad incómoda.
¿Y si la próxima gran crisis global no comienza en Wall Street, sino en la energía?
¿Y si sus primeros síntomas ya los estamos viendo con el conflicto en Medio Oriente?
Hace unos días, un informe de JPMorgan, difundido por distintas cadenas internacionales, volvió a poner sobre la mesa un escenario que hasta hace poco parecía extremo: un eventual colapso energético y económico global si el conflicto en Medio Oriente termina afectando de forma prolongada al Estrecho de Ormuz.
Puede sonar lejano, y la relativa paz que tuvimos —interrumpida esta semana— puede alejar esa hipótesis, pero por ese pequeño corredor marítimo pasa el 20% del petróleo que consume el mundo. Uno de cada cinco barriles.
También circula gas y fertilizantes fundamentales para economías que sostienen buena parte de la producción mundial.
Cerrar Ormuz no sería solamente un problema para los países productores.
Sería un shock global. Porque el mundo moderno todavía funciona sobre una verdad incómoda: sin energía abundante y estable, todo empieza a fallar.
Primero sube el petróleo. Después el transporte. Luego los alimentos. La inflación. La logística. La electricidad. La producción industrial. Y finalmente aparece algo todavía más peligroso: la incertidumbre.
Una incertidumbre que se profundiza porque cada día el escenario cambia drásticamente respecto al día anterior.
Algunos analistas incluso sostienen que, si esta hipótesis se materializara, el impacto podría superar al de la crisis del COVID-19.
Durante décadas creímos que las grandes crisis globales nacían exclusivamente en el sistema financiero. La crisis de 2008 reforzó esa idea.
Pero estos tiempos empiezan a mostrar otra realidad: las próximas tensiones globales podrían venir de la energía, los minerales críticos, el agua o las cadenas de suministro.
No porque el dinero haya dejado de importar. Sino porque la economía real depende de algo mucho más básico: la capacidad física de mover al mundo.
Y mover al mundo requiere energía. A veces olvidamos hasta qué punto nuestra vida cotidiana depende de ella. Un hospital funcionando. Internet. Los supermercados abastecidos. Los centros de datos. La inteligencia artificial. La industria. El transporte. La estabilidad social.
Todo eso necesita energía constante, segura y accesible.
Por eso la energía nunca fue solamente un asunto técnico. Es poder. Es seguridad. Es geopolítica. Es desarrollo. Y cada vez más, será estabilidad democrática.
Quizás por eso las grandes potencias están actuando como actúan. China asegurando minerales estratégicos. Estados Unidos protegiendo su liderazgo energético y tecnológico. Europa intentando reducir dependencias después de Ucrania. Los países del Golfo expandiendo influencia global.
Todos parecen haber entendido algo: la energía ya no es solamente una industria. Es el sistema nervioso de la civilización moderna.
Y cada vez demandaremos más.
Y mientras el mundo discute inteligencia artificial, muchas veces evita hacerse la pregunta más importante: ¿de dónde saldrá la energía para sostener todo lo que queremos construir?
Tal vez la próxima gran crisis global no empiece con la caída de un banco.
Tal vez empiece cuando descubramos que dimos por garantizado algo que nunca lo fue: la energía.
Y no se trata de una reflexión apocalíptica.
Se trata de entender lo que podría ocurrir y actuar antes de que sea demasiado tarde.
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