La posición equivocada
Edición Nº 1078 - Viernes 24 de abril de 2026. Lectura: 3'
Por Luis Hierro López
La orientación del gobierno en materia de política exterior y las actitudes tanto del presidente como de la Cancillería van en sentido contrario a la responsabilidad y el pragmatismo que un país como Uruguay debe demostrar.
Mi reciente experiencia en Perú, durante más de cuatro años, me permitió conocer muy de cerca los códigos de Torre Tagle (uno de los primeros presidentes peruanos, José Bernardo de Tagle, construyó la casa que hoy ocupa el Ministerio de Relaciones Exteriores), que es una de las Cancillerías más prestigiosas y eficaces de América Latina, muy cercana y apenas por detrás de Itamaratí y de México. Torre Tagle ha ganado un lugar quizás más influyente que el que corresponde al Perú. Es decir, la Cancillería brilla y vale por sí misma.
A esa fortaleza, Perú agrega el funcionamiento de un exitoso Ministerio de Comercio, alejado de los vaivenes políticos y con logros envidiables, al punto que sus negociadores han consagrado ya 22 tratados de libre comercio, incluyendo uno con Estados Unidos y otro con China. Ahora están preparando un acuerdo de esa índole con India. Las exportaciones peruanas llegan a los 90 mil millones de dólares.
Esa inserción se ha elaborado desde hace décadas con una política exterior pragmática, cautelosa a veces, agresiva en otras, pero distante de los pronunciamientos ideológicos contundentes. Perú le concedió un puerto de aguas profundas —20 metros de calado natural— a una empresa china, pero a la vez negocia con la NASA la instalación de una base espacial en los Andes. Se alinea con Estados Unidos en las cuestiones principales, pero no comete los excesos de un Javier Milei ni admite que se le limiten sus negociaciones con China.
Pragmatismo, independencia de criterio, bajo perfil, búsqueda permanente de mercados y el preferencial cuidado de los intereses peruanos más que de las afinidades ideológicas han sido las bases de esa política exterior exitosa.
Perú hace lo que hay que hacer y Uruguay ha tomado el camino contrario. Desde que en 2006 el entonces canciller Gargano trabó un acuerdo con Estados Unidos, desautorizando incluso al propio presidente Tabaré Vázquez, la política exterior ha estado dominada por la impregnación ideológica de izquierda, profundizando los lazos con los líderes mundiales de ese signo y poniendo distancia —deliberadamente o no— con los jefes de Estado y las cancillerías de otra orientación. Es como pegarse un tiro en el pie, porque un país como el nuestro no puede distanciarse de Estados Unidos. Eso no quiere decir que Uruguay se convierta en un país súbdito, como no lo es Perú.
En ese marco es que se inscribe la participación del presidente Yamandú Orsi en la reciente Cumbre en Defensa de la Democracia en Barcelona, a la que asistieron el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, Luiz Inácio Lula da Silva y la mexicana Claudia Sheinbaum, entre otros. Orsi declinó asistir a una reunión paralela de claro sentido militante, pero igual no quedó claro cuál ha sido la utilidad, en términos del interés nacional, de esta cumbre claramente política. Uruguay no ha logrado nada concreto en ese encuentro, pero la foto ha quedado registrada: Orsi otra vez con Lula, con Pedro Sánchez y con Sheinbaum; los amigos y socios se juntan y celebran su identidad. España, Brasil y México son gigantes y tienen un gran margen de maniobra, pero Uruguay no está en condiciones de hacer jugarretas.
Es necesario que el gobierno reformule su posicionamiento para retomar la ecuanimidad tradicional en materia internacional que nos ha caracterizado en el pasado. El gobierno debe dedicarse solo a cuidar los intereses del país, abandonando las cuestiones de comité.
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