Edición Nº 1067 - Viernes 6 de febrero de 2026

La política de la distracción

Viernes 4 de julio de 2025. Lectura: 2'

Llevan ya cuatro meses en el poder y todavía no se sabe bien qué están haciendo con la seguridad pública. Lo único claro es que el ministro Negro se ha dedicado a opinar mucho y a hacer poco. Entre conferencias, viajes al exterior, diagnósticos y frases solemnes sobre la injusticia social, los delitos siguen creciendo mientras el ministerio parece confundido entre la denuncia social y la gestión real.

A esta altura, cualquiera se pregunta si el Frente Amplio se tomó en serio su promesa de “devolver tranquilidad a los uruguayos”. Porque mientras el ministro da lecciones sobre el “pensamiento punitivo mágico” y se muestra más cómodo en el rol de crítico del sistema que en el de responsable de aplicarlo, la criminalidad no se toma vacaciones.

Hace apenas unos días, volvió a hablar de que las cárceles están llenas de pobres, como si eso fuera un descubrimiento personal, y no un problema estructural que precisamente está allí para que lo gestione. La respuesta de la oposición no tardó: si su propuesta es no meter presos a los que deberían estar presos, y encima anunciar planes de desarme voluntario como si los delincuentes fueran a hacer fila para entregar las pistolas, entonces estamos ante un experimento ideológico, no ante un plan de seguridad.

Mientras tanto, los homicidios, los robos violentos y las fugas carcelarias siguen a la orden del día. Y la sensación de impunidad crece. Porque no alcanza con decir que el sistema penal es desigual. La tarea del ministro no es filosofar sino ejecutar políticas que protejan a los ciudadanos, algo que por ahora no se ve.

El discurso del ministro Negro suena a excusa anticipada. Como si preparara el terreno para explicar por qué no va a hacer nada distinto a lo que intentó (sin éxito) durante quince años seguido su partido. Pero hay una diferencia entre reconocer las carencias del sistema y utilizar esas carencias como pretexto para no tomar decisiones.

Hoy, mientras la calle se llena de violencia y las cárceles siguen desbordadas, el Ministerio del Interior se distrae con diagnósticos, presentaciones de power point y declaraciones grandilocuentes. El tiempo pasa y la inseguridad no espera. Y a medida que crece la percepción de que al gobierno no le importa —o no sabe— enfrentar a la delincuencia, también crece el escepticismo de la gente.

Tal vez sea hora de que el ministro deje de actuar como comentarista y empiece a hacer su trabajo. Porque la paciencia ciudadana no es infinita. Y la inseguridad, como todos sabemos, no se combate con discursos.



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