La pesada herencia de Lula
Edición Nº 1101 - Viernes 9 de octubre de 2026. Lectura: 3'
Por Luis Hierro López
El Foro de San Pablo, fundado en 1990 por Lula y Fidel Castro, llega a su previsible ocaso tras haber amparado a las peores dictaduras de América Latina
El Foro de San Pablo se fundó tras la caída del Muro de Berlín para reunir a los partidos y movimientos de izquierda de América Latina y el Caribe, supuestamente para afianzar el “progresismo”, levantar una alternativa al modelo neoliberal y servir de paraguas para grupos de centroizquierda y movimientos revolucionarios y violentistas. Dictadores como Hugo Chávez, el nicaragüense Ortega y Raúl Castro encontraron en el Foro de San Pablo una armadura protectora y eficiente.
Con su cinismo habitual, sus portavoces hablaban de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, cuando estaban construyendo una organización supranacional para imponer en todos ellos políticas de copamiento de la Justicia, la prensa y las Fuerzas Armadas. Hay varios documentos emanados del Foro de San Pablo con instrucciones precisas sobre las operaciones que sus dirigentes debían llevar a cabo en sus países para someter a los poderes constituidos. La “caja” venezolana permitió además financiar, sin control, varias de esas maniobras, sosteniendo a partidos y a grupos afines.
Pero la pesada carga del Foro no sólo tiene que ver con el apoyo a los dictadores, haciéndose el distraído con los presos políticos y las persecuciones, sino con la inmoralidad de la corrupción, signo distintivo de todos los gobiernos “izquierdistas” de la época, desde los Kirchner a Venezuela. La supuesta superioridad moral de la izquierda ha sufrido un traspié vergonzoso. No hay uno que se salve: todos los integrantes del Foro de San Pablo han protagonizado, inexorablemente, procesos de corrupción.
Para Uruguay, el Foro de San Pablo no ha significado nada ventajoso, ni siquiera por la supuesta solidaridad de Lula para con los gobiernos del Frente Amplio. Brasil y Lula se olvidaron de nosotros cuando sufrimos la prepotencia de los Kirchner a propósito de las fábricas de celulosa, y durante todo este tiempo las fronteras brasileñas impusieron a nuestras exportaciones todas las trabas imaginables, con pretextos bromatológicos o de otra índole, pero a la orden del día para trabar nuestros pequeños negocios.
A eso, nuestra Cancillería respondió casi siempre con indolencia, sumándose a la perniciosa tendencia oficialista de subirnos al estribo de Brasil, como si ello fuera útil. Resultó ser indigno e inútil.
Tampoco es alentadora la respuesta de una derecha cerril que también intenta llevarse todo por delante. Ni Trump con sus agresiones ni Milei con sus extravagancias son las respuestas adecuadas. No es posible imaginar a toda América Latina del mismo color político —así la pintan las novelerías en boga, toda roja o toda azul—, pisoteando su diversidad y su riqueza, que es precisamente una de sus potencialidades.
América Latina necesita otra cosa que esta burda división entre izquierdas anacrónicas y derechas reaccionarias. Hace décadas que venimos entreverados entre la violencia política, los golpes de Estado, los populismos, los relatos ideológicos y el dogmatismo. Y hemos perdido el tiempo con la retórica de la integración regional, pero evitando los mecanismos concretos de liberación y cooperación comercial y económica. La región necesita partidos políticos democráticos, dispuestos a cumplir las normas y a manejarse con transparencia, sometiéndose con normalidad a la alternancia que es la mejor garantía republicana. Estamos en una revolución del conocimiento y de la inteligencia artificial, y deberíamos ingresar a ese tiempo con equipaje más liviano que el que nos ofrecen los dogmas ideológicos y las alianzas partidarias continentales, que han traído intervenciones indebidas y negociados turbios como los que promovió la brasileña Odebrecht con patrocinio oficial. Es tiempo de superar esa época.
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