Edición Nº 1090 - Viernes 24 de julio de 2026

La perniciosa pulsión del Frente Amplio

Viernes 24 de julio de 2026. Lectura: 3'

La realización en Montevideo de una cumbre concebida para articular una estrategia política frente a la administración Trump, con participación de jerarcas del gobierno uruguayo, vuelve a exponer una vieja pulsión del Frente Amplio: convertir la confrontación con Estados Unidos en un rasgo identitario. En un escenario internacional donde Washington ha endurecido su política comercial y diplomática, Uruguay haría mejor en ejercer la prudencia y defender sus intereses nacionales antes que ofrecerse, innecesariamente, como parte de una disputa ideológica hemisférica.

Hay una constante que atraviesa la historia del Frente Amplio: la necesidad casi compulsiva de definirse por oposición a Estados Unidos. No se trata simplemente de una postura de política exterior ni de una preferencia ideológica. Es una pulsión identitaria. Y esa pulsión suele conducir a otro rasgo igualmente persistente: la búsqueda de las peores compañías posibles para expresar ese posicionamiento.

La próxima realización en Montevideo del Tercer Congreso Panamericano vuelve a poner ese reflejo en evidencia. El encuentro no disimula su propósito de articular una estrategia regional frente a la administración de Donald Trump y a la política exterior estadounidense. Sus propios organizadores plantean la necesidad de coordinar respuestas frente a las presiones comerciales, políticas y estratégicas provenientes de Washington y de construir una agenda hemisférica alternativa.

Hasta allí podría decirse que se trata de una actividad partidaria, legítima dentro del debate democrático. El problema comienza cuando deja de ser exclusivamente una iniciativa del Frente Amplio y pasa a involucrar a altas autoridades del Estado uruguayo.

Según la convocatoria, participarán el secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, la vicepresidenta Carolina Cosse y otros legisladores oficialistas, junto con dirigentes extranjeros que llegan expresamente para organizar una respuesta política continental frente a Estados Unidos.

Ese detalle no es menor. Una cosa es que una fuerza política mantenga vínculos internacionales con organizaciones afines. Otra muy distinta es que integrantes del gobierno uruguayo aparezcan asociados a una cumbre cuyo eje central consiste en confrontar con la principal potencia económica del planeta, precisamente en un momento en que la administración Trump ha demostrado estar dispuesta a utilizar con intensidad instrumentos de presión comercial y diplomática contra quienes considera adversarios.

Uruguay no tiene dimensión, peso económico ni capacidad geopolítica para convertirse en protagonista de una disputa hemisférica entre bloques ideológicos. Nuestra fortaleza histórica ha sido exactamente la contraria: cultivar relaciones pragmáticas con todos, evitar alineamientos innecesarios y preservar márgenes de maniobra.

La prudencia diplomática nunca ha significado renunciar a principios. Significa comprender que los países pequeños sobreviven administrando cuidadosamente sus intereses nacionales, no satisfaciendo impulsos ideológicos.

En ese contexto, lo inteligente sería pasar bajo el radar. Evitar gestos gratuitos. No ofrecer pretextos para quedar identificados con iniciativas concebidas explícitamente como una resistencia organizada frente a Washington. Mucho menos cuando Uruguay necesita ampliar mercados, consolidar inversiones y mantener abiertas todas las puertas posibles en un escenario internacional cada vez más incierto.

Sin embargo, el Frente Amplio parece incapaz de resistir la tentación. Cada cierto tiempo reaparece la necesidad de enviar señales políticas que tranquilicen a su propia base ideológica, aun cuando esas señales puedan resultar inconvenientes para el país.

La política exterior de un Estado debería construirse sobre intereses permanentes, no sobre reflejos partidarios. Porque las consecuencias de una imprudencia diplomática no las paga un partido político: las termina pagando todo el Uruguay.



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