Edición Nº 1089 - Viernes 17 de julio de 2026

La pedagogía del odio: tres décadas de antisemitismo institucional en los libros escolares de la Autoridad Palestina

Viernes 28 de noviembre de 2025. Lectura: 4'

Lecciones destinadas a alimentar el conflicto, no la paz. Y las promesas de reforma terminan invariablemente igual: la perpetuación de las lecciones de odio.

Desde mediados de los años noventa, la Autoridad Palestina (AP) ha sostenido ante organismos internacionales, gobiernos donantes y agencias multilaterales su compromiso de promover una educación basada en la tolerancia, la coexistencia y la preparación para la paz. Sin embargo, casi tres décadas después del inicio del proceso de paz de Oslo, la evidencia disponible muestra un patrón sistemático: los materiales escolares oficiales siguen conteniendo mensajes antisemitas, la negación explícita de Israel, la glorificación de la violencia y la normalización del martirio como ideal colectivo.

La brecha entre el discurso público y la práctica curricular no es reciente. Desde la creación del primer currículo palestino unificado (1994–1998), investigadores y organizaciones de supervisión educativa comenzaron a advertir que los libros aprobados por la AP omitían reconocer a Israel, presentaban a los judíos en formas históricamente distorsionadas y exaltaban episodios violentos como actos de liberación. A inicios de los 2000, la Unión Europea, principal financiador del sistema educativo palestino, impulsó revisiones para eliminar contenidos considerados problemáticos. Sin embargo, las modificaciones fueron mínimas: referencias explícitas se reemplazaron por alusiones indirectas, pero el marco conceptual —la narrativa de lucha violenta, el martirio y la deshumanización del otro— permaneció intacto.

Cada ciclo de reformas ha seguido una lógica similar: la AP anuncia cambios, se compromete con donantes a revisar libros, y promete adecuar el currículo a estándares internacionales. Pero los nuevos manuales reproducen, con variaciones superficiales, el mismo núcleo ideológico. Informes recientes confirman que esta continuidad no es accidental: forma parte de un diseño educativo coherente.

En los manuales de lengua árabe, ya en los primeros grados, se introducen conceptos como “shaheed” (mártir) mediante ejercicios de lectura destinados a niños de seis o siete años. La idea del sacrificio violento aparece naturalizada, sin distancia crítica ni contextualización histórica. En libros de historia y educación cívica, la desaparición sistemática del Estado de Israel de los mapas escolares no es solo un error cartográfico: es una instrucción simbólica que enseña a las nuevas generaciones que su vecino no existe —y, por extensión, que no debe existir.

En los niveles avanzados, manuales de educación islámica presentan a los judíos como enemigos religiosos y engañosos retomando estereotipos tradicionales que han alimentado persecuciones durante siglos. La violencia contra civiles se menciona, en algunos casos, como actos heroicos vinculados a figuras emblemáticas, y la lucha armada se describe como deber nacional y religioso. Incluso en materias ajenas al conflicto —como matemáticas o ciencias— se incluyen problemas y ejemplos basados en imágenes militarizadas, reforzando una visión épica del combate.

La persistencia de estos contenidos no puede explicarse como “descuido”. Es una política educativa con consecuencias profundas. Las generaciones que hoy transitan el sistema escolar palestino —y lo han hecho desde los años noventa— son socializadas en una matriz pedagógica que reproduce la lógica del enfrentamiento perpetuo. Eso no solo aleja cualquier horizonte de reconciliación: consolida una cultura política confrontativa, donde la coexistencia es percibida como traición y donde la violencia adquiere un aura moral.

En la última década, la presión internacional ha aumentado. Informes parlamentarios europeos, auditorías independientes y condiciones explícitas en la cooperación educativa han exigido cambios reales, verificables. En 2024, la AP firmó una nueva carta de intenciones con la Unión Europea comprometiéndose a revisar contenidos antisemitas y eliminar la incitación a la violencia. Sin embargo, los manuales recientemente publicados muestran que los compromisos siguen sin traducirse en transformaciones sustantivas.

La enseñanza del odio no es un fenómeno espontáneo: requiere infraestructura, diseño pedagógico, selección de textos, formación docente y validación política. Por eso, revertirlo también exige medidas institucionales sólidas. No basta con declaraciones o promesas de reforma. Se requiere supervisión internacional efectiva, mecanismos de verificación independientes y la disposición —política e institucional— de modificar el sistema educativo desde sus fundamentos.

La educación puede ser una herramienta para perpetuar el conflicto o para construir un puente hacia la convivencia. Hoy, el material escolar que la Autoridad Palestina coloca en manos de millones de niños opta por la primera vía. Y mientras esa estructura permanezca intacta, cualquier discurso oficial sobre la paz será solo una fachada: la realidad educativa seguirá enseñando que la violencia es legítima, que el adversario es inhumano y que la coexistencia es indeseable.

El desafío, entonces, es doble. Para la comunidad internacional, implica exigir coherencia entre compromisos y prácticas. Para la sociedad palestina, supone repensar qué futuro quiere transmitir a sus hijos: uno definido por la continuidad del odio, o uno donde el reconocimiento del otro —su existencia, su dignidad y su historia— sea el punto de partida para imaginar algo distinto.



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