La nueva brecha digital
Viernes 2 de octubre de 2026. Lectura: 3'
Por Fitzgerald Cantero Piali
En esta segunda entrega, el autor analiza la nueva brecha digital: ya no alcanza con acceder a la tecnología, sino que es necesario aprender a utilizarla con criterio, resolver problemas y evaluar críticamente las respuestas de la inteligencia artificial.
La semana pasada planteé que los resultados de PISA también hablan de la capacidad de América Latina para transformar sus recursos energéticos en conocimiento y desarrollo. Esta segunda parte se concentra en una dimensión que conecta la educación con esa tarea: resolver problemas mediante herramientas computacionales.
De los dispositivos a la resolución de problemas
PISA 2025 incorporó por primera vez una evaluación específica de resolución computacional de problemas. Sus ejercicios pedían modelar, programar, realizar experimentos, analizar datos y construir o corregir soluciones digitales. Chile (466 puntos) y Uruguay (462) obtuvieron los resultados más altos entre los países latinoamericanos participantes, aunque ambos quedaron por debajo del promedio de la OCDE, de 500 puntos.
La brecha no se limita al acceso a dispositivos: comprende también las oportunidades para aprender a utilizarlos con autonomía: probar ideas, interpretar resultados y corregir el rumbo cuando una solución falla.
La inteligencia artificial requiere criterio
Esa diferencia cobra relevancia cuando la inteligencia artificial entra en las aulas. La OCDE encontró que los chatbots ya se utilizan para tareas escolares en la mayoría de los países participantes. En promedio, el 14% de los estudiantes dijo no haberlos utilizado nunca o casi nunca con ninguno de los fines consultados; cerca de uno de cada cinco los usaba casi a diario para sus tareas. «Ayudarme a aprender» fue el propósito más frecuente.
El vínculo entre frecuencia de uso y resultados es complejo. Una vez considerado el nivel socioeconómico, quienes usaban la IA semanalmente como ayuda para aprender obtenían resultados en ciencias similares a los de quienes no la usaban; el uso casi diario o muy esporádico se asociaba con puntajes más bajos. Cuando las escuelas además ofrecían oportunidades para evaluar la calidad de la información generada por IA, quienes utilizaban la IA semanalmente o con mayor frecuencia tendían a obtener resultados algo mejores. La OCDE aclara que se trata de asociaciones: los datos no demuestran que el uso de IA cause esos resultados.
El aporte de la inteligencia artificial al aprendizaje dependerá del criterio con que se utilice. Comprender el problema, formular preguntas y revisar las respuestas permite ampliar las posibilidades de uso de la herramienta. Sin esas capacidades, aumenta el riesgo de depender de resultados que no se pueden evaluar adecuadamente. Ese criterio no es innato: se forma y se ejercita.
Una agenda de largo plazo
En el sector energético, la inteligencia artificial puede ayudar a pronosticar la demanda, integrar fuentes renovables, anticipar fallas, reducir pérdidas y planificar redes. Para aprovechar esas aplicaciones en América Latina hacen falta profesionales capaces de comprender los sistemas físicos y digitales, adaptar soluciones a las condiciones locales y evaluar sus resultados.
PISA es una fotografía, no una condena. Sus resultados están influidos por las condiciones socioeconómicas, las desigualdades entre centros y las oportunidades de aprendizaje; los promedios nacionales ocultan diferencias importantes. También hay señales de avance: entre 2022 y 2025 mejoraron los resultados en ciencias de Costa Rica, El Salvador y Uruguay.
La respuesta requiere más que incorporar dispositivos. También exige fortalecer los aprendizajes básicos, respaldar a los docentes, enseñar a evaluar críticamente la información generada por IA, vincular la formación técnica con los sectores productivos y sostener políticas educativas durante más de un ciclo de gobierno.
La transición energética se apoyará cada vez más en datos y herramientas digitales. Para que América Latina participe en esa transformación, sus estudiantes necesitan aprender a comprenderlas, probar sus resultados y decidir cuándo utilizarlas. Esa formación también es parte de la política energética.
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